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Discurso de inauguración Asamblea Plenaria noviembre 2014

Señores obispos de la Conferencia Episcopal Española, señor nuncio de Su Santidad en España. Señores obispos invitados, reciban un saludo fraternal en el Señor, que nos ha confiado el ministerio episcopal. Expreso mi gratitud a los presbíteros, consagrados y seglares que trabajan en los diversos servicios de la Conferencia Episcopal. Manifiesto mi afecto a cuantos cubren la información de esta Asamblea a través de los diferentes medios de comunicación social.

En las últimas semanas han tenido lugar cambios de obispos en diversas diócesis. El día 4 de octubre tomó posesión como arzobispo de la Archidiócesis de Valencia el cardenal Antonio Cañizares. El día 25 del mismo mes comenzó el ministerio pastoral como arzobispo de Madrid Mons. Carlos Osoro, sucediendo al cardenal Antonio María Rouco Varela, a quien el papa aceptó la renuncia presentada hace tres años, según la legislación canónica. En la sesión del Comité Ejecutivo celebrada el pasado día 23 tuvimos la oportunidad de expresarle nuestra gratitud por su dilatado y eficaz servicio episcopal; hoy reitero públicamente mi agradecimiento en nombre de la Conferencia Episcopal. El día 15 de noviembre, anteayer, se incorporó a la archidiócesis de Mérida-Badajoz como arzobispo coadjutor Mons. Celso Morga, que participa por primera vez en esta Asamblea. ¡Bienvenido!

Nuestra enhorabuena también a Mons. César Augusto Franco Martínez por su nombramiento el pasado día 12 como obispo de Segovia, y nuestro agradecimiento a Mons. Ángel Rubio, quien ha presidido esta sede episcopal.

Expresamos también nuestra gratitud a Mons. Manuel Ureña, hasta ahora arzobispo de Zaragoza, que por razones de salud presentó la renuncia según el Código de Derecho Canónico, que ha sido aceptada por el papa.

A todos felicitamos cordialmente y pedimos a Dios que continúe acompañándolos con su protección y confianza.

 

1.- Memoria de la primera Asamblea sinodal sobre la familia y preparación de la segunda

a) Ritmo intenso y rápido

En poco tiempo hemos recorrido un camino largo en el tratamiento de los desafíos planteados a la familia en el marco de la evangelización. Aunque en la exhortación apostólica Familiaris consortio, dada en Roma el 22 de noviembre de 1981, afirmó el papa san Juan Pablo II que la familia en los tiempos modernos había sufrido, quizá como ninguna otra institución, el impacto de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura, debemos constatar que los cambios no se habían detenido; hipótesis, entonces insospechadas, se han abierto camino. Por esto, era oportuno un nuevo tratamiento en la Asamblea del Sínodo de los Obispos, ya que se habían levantado recios vientos que la amenazaban. Ha sido acertada y hasta providencial la nueva convocatoria sinodal sobre la familia en la situación presente, ya que la familia es decisiva para el matrimonio, los hijos, la humanidad y la Iglesia. Tanto la trascendencia de la familia —es uno de los bienes más preciosos de la humanidad— como la situación de la misma solicitaban de la responsabilidad de la Iglesia una detenida y amplia reflexión en orden a adoptar las adecuadas respuestas pastorales. Los riesgos que corren el matrimonio y la familia, y la esperanza que debemos mantener en estas realidades básicas, reclamaban un esfuerzo renovado e intenso.

Como yo he participado en la Asamblea del Sínodo en nombre de la Conferencia Episcopal, cumplo gustosamente con el deber de informarles a ustedes.

El día 23 de agosto de 2013 manifestó el papa su intención de convocar la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la familia. Poco más tarde, los días 7 y 8 de octubre, fijó definitivamente el tema:«Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización». En esos días se diseñó el procedimiento para elaborar el Documento preparatorio de la Asamblea. Los Lineamenta, que incluían un cuestionario amplio, fueron presentados oficialmente el día 5 de noviembre de 2013. El cuestionario, distribuido capilarmente en la Iglesia, suscitó un inusitado interés, tanto por el tema como por la insistencia en responder. Las respuestas de las diócesis, conferencias episcopales, parroquias, consejos diocesanos, asociaciones y grupos de la Iglesia, y personas particulares, fueron estudiadas los días 24 y 25 de febrero por la Secretaría General del Sínodo y por el Consejo Ordinario constituido al final de la Asamblea anterior. Cuando se invita a participar desde el principio se propicia la atención al recorrido posterior.

El papa estableció un itinerario de trabajo en dos etapas: la primera es la Asamblea General Extraordinaria del 2014, celebrada hace pocas semanas en Roma, desde el día 5 al 19 de octubre. La segunda, la Asamblea General Ordinaria, tendrá lugar en octubre 2015, con el título «Vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo».En la Asamblea, recientemente concluida, se ha delineado el “status quaestionis”, se han recogido testimonios y propuestas para anunciar y vivir el evangelio de la familia; y en la segunda se determinarán las líneas operativas para la pastoral de la familia.

El Instrumentum laboris, que fue firmado el día 24 de junio de 2014, ha canalizado con orden y fluidez las intervenciones de los padres sinodales al hilo de los diversos apartados. El ritmo de trabajo de la Secretaría del Sínodo ha sido intenso y rápido, y a todos nos ha introducido en ese dinamismo.

La llamada Relatio Synodi es el escrito más importante de la Asamblea del Sínodo, que a su vez constituye el Documento preparatorio, los Lineamenta, para la Asamblea próxima. Se desenfocaría su significado si no se considera la Relatio Synodi en la perspectiva de la próxima Asamblea, aunque haya sido publicada e incluso refrendada por los 191 padres sinodales, de los cuales 114 son presidentes de conferencias episcopales, 25 prefectos o presidentes de dicasterios romanos, 13 presidentes de Sínodos de la Iglesia oriental católica, y otros designados directamente por el papa. La Relación Sinodal no es un documento cerrado, sino abierto al estudio y a la reflexión, como muestra claramente su estilo.

Probablemente serán constituidas Comisiones para estudiar cuestiones teológicas, canónicas, pastorales, históricas y ecuménicas a las que remitía frecuentemente el diálogo en los Círculos Menores”. Por ejemplo, agilización de los procesos judiciales de declaración de nulidad y otras posibles vías administrativas; la relación entre fe cristiana y sacramento del matrimonio; la indisolubilidad del sacramento del matrimonio y el posible acceso a la penitencia y la comunión sacramental en determinados casos y con criterios claros de los divorciados vueltos a casar. Un sínodo no es un congreso de Teología, sino una asamblea de obispos a quienes se confía el cuidado pastoral en la Iglesia, pero que necesitan obviamente de la colaboración de maestros y testigos. ¿No sería conveniente que en Comisiones de la Conferencia Episcopal y en las diócesis, en Facultades de Teología y Derecho Canónico, fueran tratadas estas cuestiones? Convertir la Relación Sinodal en tema de reflexión en las diócesis y otros organismos es signo de que nos incorporamos al dinamismo de sinodalidad en que el papa viene insistiendo.

La Iglesia es esencialmente comunión: comunión con Dios en Jesucristo y su Espíritu, y consiguientemente comunión entre los cristianos; y, por ello, fermento de unidad en medio de la humanidad. La colegialidad es la comunión y la fraternidad de todos los obispos “cum Petro” y “sub Petro”. La sinodalidad es el dinamismo de la vida y de la misión de la Iglesia comunidad.

b) La Asamblea sinodal como ejercicio de colegialidad y sinodalidad

El papa Francisco, desde el principio de su ministerio como obispo de Roma y sucesor de Pedro, y siempre que ha intervenido en el Sínodo o en las celebraciones de apertura y clausura, ha hablado de sinodalidad y colegialidad; particularmente ha subrayado la dimensión moral y espiritual del ejercicio solidario de los participantes.

En la entrevista que concedió al P. Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica, a mediados de agosto de 2013, afirmó con intención programática: «Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del Sínodo, porque la actual me parece estática. Eso podrá llegar a tener valor ecuménico, especialmente con los hermanos ortodoxos. De ellos podemos aprender mucho sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de sinodalidad».

En la exhortación apostólica Evangelii gaudium, el papa, invitando a una nueva etapa evangelizadora e indicando caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años, escribió: «El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia misionera» (n. 31). Y a propósito de las conferencias episcopales recordó que el Concilio enseñó que pueden desarrollar una obra múltiple a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta. Este deseo no se ha realizado plenamente. Papado, conferencias episcopales, Sínodo de los Obispos, diócesis, necesitamos escuchar la llamada a una conversión pastoral (n. 32). En estos lugares el papa nos indica una perspectiva de avance en el sentido de la participación eclesial.

En la solemne celebración eucarística del día 19, en que se hizo coincidir intencionadamente la beatificación de Pablo VI, a quien debe su origen el Sínodo de los Obispos erigido pocos días antes de comenzar el último periodo conciliar, y la clausura de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, dijo el papa: “sínodo” significa “caminar juntos”. Lo hemos visto estos días. «Pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús. Ha sido una gran experiencia, en la que hemos vivido la sinodalidad y la colegialidad, y hemos sentido la fuerza del Espíritu Santo que guía y renueva incesantemente a la Iglesia, llamada sin demora a hacerse cargo de las heridas que sangran y a encender de nuevo la esperanza a tantas personas sin esperanza». Efectivamente, la Asamblea sinodal se ha acercado compasivamente a las llagas de las familias, que necesitan samaritanos para curarlas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cf. Lc 10, 29-37).

En la primera sesión de los trabajos sinodales exhortó el papa a la Asamblea, en unos términos que fueron agradecidos y retenidos. Con dos actitudes se ejerce la sinodalidad: «Hablar con parresía y escuchar con humildad». «Hablad sin miedo y acoged con el corazón abierto lo que dicen los hermanos». Estas palabras, pronunciadas con confianza, contribuyeron a fomentar la atmósfera participativa y sinodal. ¡Que esta sea también nuestra actitud en la presente Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal! Nos prestamos mutuamente el servicio colegial interviniendo con libertad y escuchando con atención.

Clausuró el papa los trabajos sinodales el día 18 con un discurso que fue bálsamo para todos, después de momentos de “consolación” y “desolación”, como el mismo papa Francisco dijo citando unas palabras de san Ignacio de Loyola. Mencionó el papa algunas tentaciones que han podido acechar a los miembros del Sínodo. Por ejemplo, la tentación de rigidez que se aferra a la letra de la ley y se cierra a las sorpresas de Dios; o la tentación de quien en nombre de la misericordia venda las heridas sin curarlas, y se detiene en los síntomas sin buscar las causas; o la tentación de transformar el pan en piedras para lanzarlas contra los pecadores, los débiles y los enfermos (cf. Jn 8, 3-11); o la tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándonos sus propietarios; o la tentación de descuidar la realidad utilizando un lenguaje que, por minucioso y alambicado, no dice nada. El Evangelio muestra con claridad la diferencia ente el dinamismo legalista y el dinamismo de la misericordia. Fidelidad al Evangelio y compasión con los que sufren son inseparables. Nadie en el Sínodo olvidó la misericordia ni regateó la verdad del matrimonio cristiano, la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la apertura a trasmitir la vida. Los diferentes acentos legítimos no pretendían negar la otra perspectiva. De hecho la Relación del Sínodo es bastante equilibrada; al tiempo que pide una actitud nueva más compasiva en la pastoral familiar, subraya la verdad cristiana impregnada de comprensión. Fue aceptada íntegramente por la mayor parte de los padres sinodales. Es verdad que los Círculos Menores introdujeron equilibrio en la Relación elaborada después de la discusión, que había recogido lo escuchado en las más de doscientas intervenciones. No se trataba tanto de repetir la doctrina católica sobre la familia cuanto de escuchar los desafíos pastorales que plantean determinadas situaciones de la familia. El médico procura diagnosticar acertadamente la enfermedad para curarla eficazmente. Los 62 párrafos de la Relación merecieron el sufragio positivo de los dos tercios de votantes, a excepción de tres párrafos que no alcanzaron la cota de los 123. La Relación es un documento de discusión y material de trabajo para la próxima Asamblea. Por transparencia informativa ha sido publicada también con los resultados de la votación.

El papa, estando en medio de todos y presidiendo, tiene la misión de garantizar la unidad de la Iglesia, de recordar que la autoridad en la Iglesia es servicio, y que este servicio es ejercitado en nombre de Jesucristo. El papa ha recibido el ministerio de asegurar la obediencia de la Iglesia a la voluntad de Dios y al Evangelio de Jesucristo. La Iglesia es de Jesucristo, a quienes todos los cristianos reconocemos como nuestro Señor.

c) Iniciación cristiana, sacramento del matrimonio y estabilidad

«La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad» (Evangelii gaudium, n. 66). En pocos años se ha multiplicado en nuestra sociedad el número de divorcios, con las consecuencias conocidas para los esposos, los hijos y las familias; ahora solo recuerdo este dato con la inquietud que produce; pero quiero detenerme en otro hecho de enorme trascendencia.

Ha descendido entre nosotros el número de matrimonios canónicos y de matrimonios en general. ¿Por qué ha perdido el sacramento del matrimonio la capacidad de convocatoria que ha tenido hasta ahora? ¿No se manifiesta también aquí la endeblez de la fe cristiana y de la pertenencia eclesial? ¿No están en relación la formación cristiana básica y la iniciación cristiana con la percepción del sentido sacramental del matrimonio, la familia como “iglesia doméstica” y la educación cristiana de los hijos? Es cuestión de sólidos cimientos y de personales convicciones profundas. La preparación para el sacramento del matrimonio no puede limitarse a algunos encuentros ocasionales. Es necesario ahondar en la relación entre fe cristiana y sacramento del matrimonio, como en la Relatio Synodi se pide. Los sacramentos, también el del matrimonio, son acontecimientos de fe y actuación del Espíritu Santo, de alianza fiel entre los esposos sostenida por la alianza irrevocable de Dios con su pueblo, de unión con Jesucristo entregado por amor en la cruz como servicio de la humanidad. Si la fe está mortecina y casi apagada difícilmente sobrevive en nuestra situación social y cultural. Si la identidad cristiana está oscurecida, lo estará obviamente el sacramento del matrimonio y la familia cristiana. La vocación al matrimonio cristiano se descubre en el itinerario de la vida cristiana que tiene su fundamento en la iniciación cristiana. En la situación actual debemos acentuar la grandeza de la vocación a contraer matrimonio y a constituir una familia cristiana que se funda en el bautismo, como la vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. Cuando los tiempos no son propicios, debe encarecerse el aprecio de estas vocaciones en la Iglesia y para el servicio de todos. La preparación inicial y el acompañamiento posterior de la comunidad cristiana deben sostener la perseverancia de cada vocación. Solo lo genuino personalmente asimilado tiene garantía de perduración. ¿Por qué huyen muchos jóvenes de contraer un compromiso institucional?, se preguntó el relator principal. ¿No se está produciendo una especie de “des-institucionalización” del matrimonio, como si cada persona pudiera configurarlo según juzgue oportuno? ¿No es la multiplicidad de los llamados modelos de familia, que a veces se reivindica, el reverso de la des-institucionalización? ¿No queda la persona a la intemperie o a merced de la fragilidad de sus sentimientos, fuera de los vínculos sociales que implican el matrimonio y la familia? ¿No se ponen frente a frente como incompatibles la libertad de los cónyuges y la vinculación del matrimonio? ¿No ejercita el hombre la libertad también a través de la auto-vinculación? Sería llamativo que el hombre perdiera la libertad al contraer un compromiso de por vida, y no la perdiera al romperlo.

La Relatio Synodi tiene tres partes; siguiendo los estadios anteriores del recorrido sinodal; la primera está dedicada a atender al contexto y los desafíos planteados a la familia; el Sínodo quiere escuchar el clamor de la humanidad, sabiendo que hay voces que vienen desde el fondo y son percibidas con dificultad a través de sus ecos. En la segunda parte se dirige la mirada a Jesucristo para contemplar la belleza del evangelio de la familia; el mismo Jesús nos invita a acercarnos a las familias heridas y frágiles. Del corazón del Evangelio nace una nueva dimensión de la pastoral familiar ante las situaciones dolorosas; a esta se dedica la tercera parte, que es la más amplia. Ante nuevos desafíos, actitudes renovadas.

De esta parte tres párrafos no alcanzaron los dos tercios requeridos para ser aprobados por los padres sinodales, aunque recibieran un 60% de los votos.

El párrafo 52, sobre la posibilidad de que los divorciados vueltos a casar accedan o no a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, recibió 104 votos positivos y 74 negativos. Estas son las palabras del párrafo: «Varios padres sinodales han insistido a favor de la disciplina actual, apoyándose en la relación constitutiva entre la participación en la eucaristía y la comunión con la Iglesia y su enseñanza sobre el matrimonio indisoluble. Otros se han expresado a favor de una acogida no generalizada a la mesa eucarística, en algunas situaciones particulares y en condiciones bien precisas, sobre todo cuando se trata de casos irreversibles y ligados a obligaciones morales hacia los hijos que padecerían sufrimientos injustos». El párrafo 53, sobre la relación entre comunión espiritual y sacramental, recibió 112 votos positivos y 64 contrarios. Y el párrafo 55, refrendado por 118 frente a 62, y dedicado a la atención pastoral a las personas con orientación homosexual, se ha redactado de manera muy distinta a como había aparecido anteriormente.

Nada puede suplir a una lectura atenta, reflexiva y serena. La previa información es imprescindible para una eventual discusión.

 

2.- Esperanzas e inquietudes

a) V Centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús

El día 15 de octubre tuvo lugar en Ávila la celebración de apertura del V Centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, con una eucaristía en el centro de la ciudad, a la que invitaron el Sr. obispo de Ávila, el presidente de la Conferencia Episcopal y el P. provincial de los carmelitas de Castilla. La celebración fue muy concurrida y hondamente participada; la mañana era luminosa; transcurrió con la dignidad y belleza de la liturgia y con la sobriedad del alma castellana.

Con este motivo envió el papa Francisco un precioso mensaje al Sr. obispo de Ávila, que él personalmente resumió al comenzar la celebración. Tomando pie de la frase de Teresa al morir en Alba de Tormes, «¡Ya es tiempo de caminar!», el papa nos invitó a aprender de ella a ser peregrinos. Desarrolló en el mensaje cuatro itinerarios, que sintetizan la vida de la santa andariega y que son muy elocuentes para nosotros: el camino de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo. Con santa Teresa podemos decir que «un santo triste es un triste santo». La verdadera santidad es alegre porque el Evangelio es su fuente; Teresa de Jesús es maestra de oración, como ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia. El camino de los discípulos del Señor discurre por la vía de la fraternidad. Dentro de la Madre Iglesia estamos llamados a vivir y convivir; al morir somos despedidos desde la casa materna de la Iglesia a la casa del Padre celestial. La Iglesia es casa de puertas abiertas; está en camino hacia los hombres para llevarles el gozo del Evangelio. No huyamos de los caminos por donde Dios nos vaya guiando. En todos los senderos y encrucijadas el Señor se hace encontradizo.

Recordar hoy a santa Teresa, una mujer del siglo XVI, nos enseña a aprender del pasado; si le diéramos la espalda, recortaríamos las posibilidades de nuestro presente y de nuestro futuro. Fray Luis de León reconoció que no había conocido a Teresa en vida, pero sí la conoció por sus escritos y por sus hijas; esta es también nuestra situación. Ella está viva en su obra de reforma y nos habla en sus libros; son dos espejos transparentes de su presencia.

Santa Teresa fue una monja contemplativa del siglo XVI, orante, iniciadora en la oración y maestra de oración. Teresa fue una mujer de humanidad arrolladora, de excelente pluma, de desbordante actividad, dotada de una luz singular para descubrir a Dios también «entre los pucheros»; supo adentrarse en los itinerarios más íntimos del hombre con un instinto penetrante en el análisis y certero en la valoración; recorrió caminos en carromatos y pasó malas noches en malas posadas. Pero, ante todo y sobre todo, fue una mujer de oración.

¿Qué tiene que ver la oración como síntesis de la vida de santa Teresa con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y particularmente con nosotros, cristianos? Este centenario es una preciosa oportunidad para descubrir el sentido cristiano y humanizador de la oración, guiados por una maestra excepcional. La oración y el silencio son hogar de la palabra. La oración derrama luz en el espíritu. Con la oración se nutre la esperanza y se templa la paciencia en las pruebas. De la oración nace la intrepidez y la determinación para la acción caritativa y apostólica; la oración es como un soplo que alienta la fe para hacerla más vibrante y gozosa. A través de la oración el alma se pacifica y serena. En la oración se funden las penas como se derrite la nieve ante el sol.

En la Asamblea Plenaria del mes de abril tendremos como Conferencia la oportunidad de peregrinar a Ávila. Confiamos en que el papa Francisco nos presida en la visita a la cuna de santa Teresa, en Ávila, y a su sepulcro, en Alba de Tormes. ¡Que estas efemérides nos enseñen a convertir nuestra vida en una salida para llevar el gozo del Evangelio a las periferias de los pobres, los enfermos, los descartados y los pecadores!

b) En defensa de la vida de los más débiles

Apareció claro a la opinión pública que nos había entristecido y desconcertado la noticia de la retirada por parte del Gobierno del proyecto de ley de defensa del niño concebido y no nacido, y de la ayuda a la madre que se siente angustiada ante el nacimiento de su hijo en gestación. La Nota publicada por el Comité Ejecutivo era tan honda y sentida como clara y sobria. Continuamos padeciendo el mismo desconcierto y reclamando lo prometido en el programa electoral.

En esta ocasión quiero trasmitir una vez más el mensaje y el empeño de la Iglesia de defender siempre el valor sagrado e inviolable de la vida humana desde la concepción hasta el ocaso, y en todas las situaciones y circunstancias. Con predilección queremos defender la vida de los más débiles, entre los que se encuentran los niños concebidos y no nacidos. También a estos debe llegar la defensa de los pobres y excluidos. La ciencia enseña que desde la concepción hay un tercer ser humano distinto de los padres. No es un tumor, sino un hijo. Deseo que cuanto antes sea cambiada eficazmente la legislación en el sentido de defender la vida de los niños en camino y de ayudar a las madres para llevar a término el embarazo. Hace ya muchos años que el filósofo Julián Marías, cuyo centenario del nacimiento celebramos este año, nos advirtió de que la aceptación social del aborto había sido uno de los hechos más graves de nuestro tiempo. Queremos trabajar para que esta aceptación social se convierta en un rechazo social.

A ello ayudarán, sin duda, las expresiones sociales que canalicen las convicciones de los ciudadanos que quieren construir de manera plenamente democrática una sociedad justa y libre en la que la vida humana sea protegida en todas sus etapas.

Sin abortos provocados, la sociedad será moralmente mucho más limpia. Nadie tiene el derecho a decidir a quién se deja nacer y a quién se le corta el paso. ¿Cómo es posible que el Tribunal Constitucional no haya respondido todavía al recurso que hace cuatro años le fue presentado contra la segunda ley del aborto? Los cristianos, junto con otras muchas personas, queremos que la persona nunca sea considerada como medio, sino como fin (E. Kant), que es una expresión del reconocimiento de su dignidad.

En medio del desaliento y de la preocupación con que los hechos y las noticias de los últimos meses apesadumbran a nuestra sociedad, quiero hacerme intérprete del común sentir de los obispos españoles y de su confianza en la acción de la Justicia, e invito a superar cualquier tentación de desánimo y a colaborar juntos por un futuro más sereno, más justo y más solidario. ¡Seamos trabajadores esperanzados en este empeño común!

c) Caminos de Dios en nuestro tiempo

Desde hace muchos años, y de manera intermitente, la Conferencia Episcopal Española ha hecho un alto en el camino para descubrir con detenimiento las oportunidades y los desafíos, las luces y las sombras de la Iglesia y de la sociedad, buscando los caminos de Dios en nuestro tiempo para ejercitar nuestra misión evangelizadora. Ya hemos iniciado este trabajo, que nos ocupará en los días próximos. El borrador que será presentado nos ayudará eficazmente en la reflexión compartida. En estos diálogos pastorales alcanza probablemente la Asamblea de los Obispos los momentos más intensos en el intercambio de experiencias y de búsquedas. Este ejercicio de mutua escucha nos ofrece perspectivas y orientaciones para las actividades pastorales en nuestras diócesis.

En estas reflexiones no podemos inhibirnos de la situación de la sociedad de la que formamos parte y a la que queremos servir. Es una convicción generalizada y un clamor que resuena en todos los rincones, el que necesitamos como pueblo una regeneración moral. La noticia de tantos hechos que nos abochornan, desmoralizan y entristecen debe llevarnos a detectar las causas y a cambiar el curso de las cosas. No bastan la irritación, los rechazos y la condenación que manifiestan probablemente en medio de todo la reacción de un sentido moral. Las leyes son necesarias, pero su vinculación personal debe ser fortalecida con la conciencia ética. Aunque nadie sea testigo de nuestras acciones, no podemos silenciar la llamada a evitar el mal y hacer el bien que escuchamos en el interior; aunque ni la policía, ni la Justicia, ni los medios de comunicación social nos descubrieran —algo cada día más improbable— no podemos ocultarnos de la luz de la conciencia ni zafarnos del deber de no traicionar nuestra dignidad personal. Sin conducta moral, sin honradez, sin respeto a los demás, sin servicio al bien común, sin solidaridad con los necesitados, nuestra sociedad se degrada. La calidad de una sociedad tiene que ver fundamentalmente con su calidad moral. Sin valores morales, se apodera de nosotros el malestar, al contemplar el presente, y la pesadumbre, al proyectar nuestro futuro. ¡Cuánto despiertan, vigorizan y rearman moralmente la conciencia, el reconocimiento y el respeto de Dios!

Termino con unas palabras de la Sagrada Escritura: «Principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1.7). «Cuando comprendí que no la alcanzaría si Dios no me la daba, acudí al Señor y le supliqué de todo corazón: “Dame la sabiduría asistente de tu trono para que me asista en mis trabajos”» (Sab 8, 21ss).

 

Madrid, 17 de noviembre de 2014

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