Revista Ecclesia » Discurso del Papa Francisco Encuentro con los Obispos de los Estados Unidos de América en la Catedral de San Mateo, en Washington, DC
papa-obispos-americanos

Discurso del Papa Francisco Encuentro con los Obispos de los Estados Unidos de América en la Catedral de San Mateo, en Washington, DC

Saber abajarse para alimentar de Cristo a la familia de Dios

Discurso del Papa Francisco a los obispos de los Estados Unidos en la catedral de San Mateo de Washington (23-9-2015)

Amadísimos hermanos en el episcopado:

Ante todo, quisiera enviar un saludo a la comunidad judía, a nuestros hermanos judíos, que hoy celebran la fiesta de Yom Kipur. Que el Señor los bendiga con la paz y les permita progresar en el camino de la santidad, conforme a lo que hoy hemos escuchado en su Palabra: «Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19, 2).

Me alegra reunirme con vosotros en este momento de la misión apostólica que me ha traído a vuestro país. Agradezco vivamente al cardenal Wuerl y al arzobispo Kurtz las amables palabras que me han dirigido también en nombre de todos vosotros. Recibid, por favor, mi gratitud por vuestra acogida y por la generosa disponibilidad con que mi estancia ha sido programada y organizada.
Al abrazar con la mirada y con el corazón vuestros rostros de pastores, quisiera abrazar también a las Iglesias que amorosamente lleváis sobre vuestros hombros; y os ruego que les aseguréis que mi cercanía humana y espiritual alcanza, por mediación vuestra, a todo el Pueblo de Dios diseminado por esta amplia tierra.
El corazón del Papa se dilata para incluir a todos. Ensanchar el corazón para testimoniar que Dios es grande en su amor constituye la sustancia de la misión del Sucesor de Pedro, Vicario de Aquel que en la cruz abrazó a toda la humanidad. ¡Que ningún miembro del Cuerpo de Cristo de la nación estadounidense se sienta excluido del abrazo del Papa! Doquiera que aflore a los labios el nombre de Jesús, resuene allí también la voz del Papa para asegurar: «¡Es el Salvador!». Desde vuestras grandes metrópolis de la costa oriental hasta las llanuras del Midwest; desde el profundo sur hasta el inmenso oeste, doquiera que vuestra gente se reúna en la asamblea eucarística, que el Papa no sea un mero nombre pronunciado de forma habitual, sino una compañía tangible encaminada a sostener la voz que se eleva desde el corazón de la Esposa: «¡Ven, Señor!».
Cuando una mano se tiende para hacer el bien o para llevar al hermano la caridad de Cristo; para enjugar una lágrima o para acompañar una soledad; para indicar el camino a un extraviado o para volver a levantar un corazón ya quebrado; para inclinarse sobre el caído  o para enseñar al que anda sediento de verdad; para ofrecer el perdón o para guiar a un nuevo inicio en Dios… sabed que el Papa os acompaña, que el Papa os sostiene; que él también apoya en vuestra mano la vuestra —ya vieja y arrugada, pero, gracias a Dios, todavía capaz de respaldar y de alentar—.
Mi primera palabra es de acción de gracias a Dios por el dinamismo del Evangelio que ha posibilitado el notable crecimiento de la Iglesia de Cristo en estas tierras y ha permitido la generosa contribución que esta ha aportado y sigue aportando a la sociedad estadounidense y al mundo. Aprecio vivamente y agradezco emocionado vuestra generosidad y solidaridad con la Sede Apostólica y  con la evangelización en tantas regiones dolientes del mundo. Me infunde alegría el compromiso indómito de vuestra Iglesia con la causa de la vida y de la familia, motivo principal de esta visita mía. Sigo con atención el ingente esfuerzo de acogida y de integración de los inmigrantes, que siguen mirando a los Estados Unidos con la mirada de aquellos peregrinos que aquí arribaron en busca de sus prometedores recursos de libertad y prosperidad. Admiro la entrega con la que lleváis adelante la misión educativa en vuestras escuelas de todos los niveles y la labor caritativa en vuestras numerosas instituciones. Se trata de actividades frecuentemente llevadas a cabo sin que se comprenda su valor y sin apoyo, y, en cualquier caso, mantenidas heroicamente con el óbolo de los pobres, pues tales iniciativas surgen de un mandato sobrenatural al que no es lícito desobedecer. Soy consciente de la valentía con la que habéis afrontado momentos oscuros de vuestro camino eclesial sin temer autocríticas y sin sustraeros a humillaciones y a sacrificios, sin ceder al miedo a despojaros de lo secundario con tal de recobrar la autoridad moral y la confianza exigidas a los ministros de Cristo, tal como desea el alma de vuestro pueblo. Sé cuánto ha pesado en vosotros la herida de estos últimos años, y he acompañado vuestro compromiso generoso de curar a las víctimas —consciente de que, al curar, también somos curados— y de seguir trabajando para que semejantes crímenes no se repitan nunca más.
Os hablo como Obispo de Roma, llamado por Dios, ya en su vejez, de una tierra americana, al igual que la vuestra, para custodiar la unidad de la Iglesia universal y para alentar en la caridad el camino de todas las Iglesias particulares para que progresen en el conocimiento, en la fe y en el amor a Cristo. Al leer vuestros nombres y apellidos, al observar vuestros rostros, conociendo la elevada medida de vuestra toma de conciencia eclesial y sabedor de la devoción que siempre habéis reservado al Sucesor de Pedro, he de deciros que entre vosotros no me siento un forastero. Y es que vengo de una tierra amplia también, inmensa y, en no pocos casos, informe, la cual, al igual que la vuestra, recibió la fe a través del bagaje de los misioneros. Conozco bien el reto que supone sembrar el Evangelio en el corazón de hombres procedentes de mundos distintos, endurecidos a menudo por el áspero camino recorrido antes de arribar. No me es ajena la historia de la fatiga que entraña implantar la Iglesia entre llanuras, montañas, ciudades y suburbios de un territorio a menudo inhóspito, en el que las fronteras siempre son provisionales, las respuestas obvias no son duraderas y la clave de acceso requiere saber conjugar el esfuerzo épico de los pioneros exploradores con la prosaica sabiduría y resistencia de los sedentarios que controlan el espacio alcanzado. Como cantó un poeta vuestro, «alas fuertes e incansables», pero junto con la sabiduría propia de quien «conoce las montañas» (*).
No os hablo yo solo. Mi voz se sitúa en continuidad con lo que mis antecesores os entregaron. En efecto, desde los albores de la «nación americana» —cuando, a raíz de la Revolución, se erigió la primera diócesis en Baltimore—, la Iglesia de Roma ha estado siempre a vuestro lado, y nunca os han faltado su asistencia constante y su aliento. Durante estos últimos decenios, tres de mis venerados antecesores os han visitado, entregándoos un notable patrimonio de enseñanzas que sigue siendo actual, y que habéis aprovechado plenamente para orientar los previsores planes pastorales con los que guiar a esta amada Iglesia.
No es mi intención trazar un programa o delinear una estrategia. No he venido a juzgaros ni a impartiros lecciones. Confío plenamente en la voz de Aquel que «lo enseña todo» (cf. Jn 14, 26). Permitidme tan solo que, con la libertad propia del amor, os hable como un hermano entre hermanos. No pretendo deciros qué habéis de hacer, porque todos sabemos lo que nos pide el Señor. Prefiero, en cambio, tratar una vez más de la fatiga —antigua y siempre nueva— de interrogarse acerca de los caminos a recorrer, sobre los sentimientos que uno ha de albergar mientras actúa, sobre el espíritu con el que hay que obrar. Sin la pretensión de ser exhaustivo, compartiré con vosotros algunas reflexiones que considero oportunas para nuestra misión.
Somos obispos de la Iglesia, pastores constituidos por Dios para apacentar su rebaño. Nuestra mayor alegría estriba en ser pastores, nada más que pastores, de corazón indiviso y con una entrega irreversible de sí. Hay que custodiar esta alegría sin dejárnosla robar. El maligno ruge cual león intentando devorarla, arruinando así lo que estamos llamados a ser no para nosotros mismos, sino, mediante nuestra entrega, al servicio del «Pastor y Guardián de nuestras almas» (1 Pe 2, 25).
La exigencia de nuestra identidad hemos de buscarla en la oración asidua, en la predicación (cf. Hch 6, 4) y en el apacentamiento (cf. Jn 21, 15-17; Hch 20, 28-31).
No se trata de una oración cualquiera, sino de la unión familiar con Cristo, en la que hemos de cruzar diariamente su mirada para sentir dirigida a nosotros su pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» (Mc 3, 32). Y para poder contestarle serenamente: «Señor: ¡He ahí a tu madre, he ahí a tus hermanos! Te los entrego: son los que tú me encomendaste». De semejante confianza con Cristo se alimenta la vida del pastor.
No se trata de una predicación de complejas doctrinas, sino del anuncio gozoso de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Que el estilo de nuestra misión suscite en cuantos nos escuchan la experiencia del «para nosotros» de este anuncio: que la Palabra dé sentido y plenitud a todo fragmento de su vida; que los sacramentos los nutran con ese alimento que no pueden procurarse; que la cercanía del pastor despierte en ellos la nostalgia del abrazo del Padre. Velad por que el rebaño encuentre siempre, en el corazón del pastor, esa reserva de eternidad que en vano se busca con afán entre las cosas del mundo. Que hallen siempre en vuestros labios el aprecio de su capacidad de hacer y de construir, en la libertad y en la justicia, la prosperidad en la que tan generosa es esta tierra. Que no falte, con todo, el sereno valor de confesar que hay que procurarse «no […] el alimento que perece, sino […] el […] que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27).
No apacentarse a sí mismo, sino saber retroceder, abajarse, descentrarse, para alimentar de Cristo a la familia de Dios. Velar sin pausa, irguiéndose alto para abarcar con la mirada de Dios el rebaño que solo a este le pertenece. Elevarse a la altura de la cruz de su Hijo, único punto de vista que abre al pastor el corazón de su grey.
No mirar hacia abajo, en dirección de la propia autorreferencialidad, sino siempre hacia los horizontes de Dios, que superan cuanto nosotros somos capaces de prever o de planificar. Velar también sobre nosotros mismos, para sustraernos a la tentación del narcisismo, que ciega los ojos del pastor y torna su voz irreconocible y su gesto estéril. Al recorrer los numerosos caminos que se abren ante vuestro desvelo pastoral, acordaos de mantener indeleble el núcleo que unifica todas las cosas: «Conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 31-45).
Desde luego, le resulta útil al obispo poseer la prudencia propia de un líder y la astucia de un administrador, pero decaemos irremediablemente cuando confundimos el poder de la fuerza con la fuerza de la impotencia, fuerza mediante la cual Dios nos redimió. Al obispo le es necesaria una percepción lúcida de la batalla entre la luz y las tinieblas que se combate en este mundo. Pero ¡ay de nosotros, si hacemos de la cruz un estandarte de luchas mundanas, olvidando que la condición para una victoria duradera es dejarse traspasar y despojarse de sí mismo! (cf. Flp 2, 1-11).
No nos resulta ajena la angustia de los primeros Once, encerrados entre sus paredes, asediados y abatidos, habitados por el espanto propio de las ovejas dispersas porque su Pastor había sido abatido. Pero sabemos que se nos ha dado un espíritu de valentía, y no de timidez. Por lo tanto, no nos es lícito dejar que el miedo nos paralice.
Sé bien cuán numerosos son vuestros desafíos; que, a menudo, el campo en el que sembráis se revela hostil; y que no son pocas las tentaciones de encerrarse en el recinto de los temores a lamerse las heridas, añorando tiempos que no han de volver y preparando respuestas duras a las ya ásperas resistencias.
Pese a ello, somos promotores de la cultura del encuentro. Somos sacramentos vivos del abrazo entre la riqueza divina y nuestra pobreza. Somos testigos del abajamiento y de la condescendencia de Dios, que precede en el amor incluso nuestra respuesta primigenia.
El diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia, sino por fidelidad a Aquel que no se cansa jamás de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta el atardecer para proponer su invitación de amor (Mt 20, 1-16).
El camino a seguir es, pues, el del diálogo: diálogo entre vosotros, diálogo en vuestros presbiterios, diálogo con los laicos, diálogo con las familias, diálogo con la sociedad. No me cansaría de animaros a dialogar sin miedo. Cuanto más rico sea el patrimonio que tenéis que compartir con parresía, más elocuente ha de ser la humildad con que debéis ofrecerlo. No temáis realizar el éxodo necesario en todo auténtico diálogo. De lo contrario, no es posible comprender las razones del otro ni comprender en profundidad que el hermano al que hay que alcanzar y rescatar, con la fuerza y la proximidad del amor, importa más que las posiciones que juzgamos alejadas de nuestras certezas, sin perjuicio de la autenticidad de estas. El lenguaje áspero y belicoso de la división no es propio de los labios de un pastor, no tiene carta de naturaleza en su corazón, y, aunque de momento parezca asegurar una hegemonía aparente, solo la fascinación duradera de la bondad y del amor resulta verdaderamente convincente.
Hay que dejar que resuene perennemente en nuestro corazón la palabra del Señor: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29). El yugo de Jesús es yugo de amor y, por tanto, garantía de descanso. A veces nos pesa la soledad de nuestras fatigas, y estamos tan cargados del yugo que ya no nos acordamos de haberlo recibido del Señor. Nos parece solamente nuestro, y, por lo tanto, nos arrastramos como bueyes cansados por un campo árido, abrumados por la sensación de haber trabajado en vano, olvidando la plenitud del descanso vinculado indisolublemente a Aquel que hizo la promesa.
Aprender de Jesús; mejor aún, aprender a ser como Jesús, manso y humilde; entrar en su mansedumbre y su humildad mediante la contemplación de su obrar. Poner nuestras Iglesias y nuestros pueblos, a menudo aplastados por la dura pretensión del rendimiento, bajo el suave yugo del Señor. Recordar que la identidad de la Iglesia de Jesús no está garantizada por el «fuego del cielo que consume» (cf. Lc 9, 54), sino por el secreto calor del Espíritu que «sana lo que sangra, dobla lo que es rígido, endereza lo que está torcido».
La gran misión que el Señor nos confía la llevamos a cabo en comunión, de modo colegial. ¡Está ya tan desgarrado y dividido el mundo! La fragmentación es ya habitual en todas partes. Por eso la Iglesia, «túnica inconsútil del Señor», no puede dejarse dividir, fragmentar o enfrentarse.
Nuestra misión episcopal consiste en primer lugar en cimentar la unidad, cuyo contenido está determinado por la Palabra de Dios y por el único Pan del Cielo, con el que cada una de las Iglesias que se nos ha confiado permanece católica, porque está abierta y en comunión con todas las Iglesias particulares y con la de Roma, que «preside en la caridad». Es imperativo, por consiguiente, cuidar dicha unidad, custodiarla, favorecerla, testimoniarla como signo e instrumento que, más allá de cualquier barrera, une naciones, razas, clases, generaciones.
Que el inminente Año Santo de la Misericordia, al introducirnos en las profundidades inagotables del corazón divino, en el que no hay división alguna, sea para todos una ocasión privilegiada para reforzar la comunión, perfeccionar la unidad, reconciliar las diferencias, perdonarnos unos a otros y superar toda división, de modo que alumbre vuestra luz como «la ciudad puesta en lo alto de un monte» (Mt 5, 14).
Este servicio a la unidad es particularmente importante para vuestra amada nación, cuyos vastísimos recursos materiales y espirituales, culturales y políticos, históricos y humanos, científicos y tecnológicos, requieren considerables responsabilidades morales en un mundo abrumado y que busca con afán nuevos equilibrios de paz, prosperidad e integración. Por lo tanto, una parte esencial de vuestra misión estriba en ofrecer a los Estados Unidos de América la levadura humilde y poderosa de la comunión. Que la humanidad sepa que contar con el «sacramento de unidad» (Lumen gentium, 1) es garantía de que su destino no es el abandono y la disgregación.
Y este testimonio es un faro que no se puede apagar. En efecto, en la densa oscuridad de la vida, los hombres necesitan dejarse guiar por su luz, para tener la certidumbre del puerto al que acudir, seguros de que sus barcas no se estrellarán en los escollos ni quedarán a merced de las olas. Por eso, hermanos, os animo a hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo. En el fondo de cada uno de ellos está siempre la vida como don y responsabilidad. El futuro de la libertad y de la dignidad de nuestra sociedad depende del modo en que sepamos responder a estos desafíos.
Las víctimas inocentes del aborto, los niños que mueren de hambre o bajo las bombas, los inmigrantes que se ahogan en busca de un mañana, los ancianos y  los enfermos de los que se quiere prescindir; las víctimas del terrorismo, de las guerras, de la violencia y del tráfico de drogas; el medio ambiente devastado por una relación predatoria del hombre con la naturaleza: en todo esto está siempre en juego el don de Dios, del que somos administradores nobles, pero no amos. No es lícito por tanto eludir dichas cuestiones o silenciarlas. No menos importante es el anuncio del Evangelio de la familia que, en el próximo Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, tendré ocasión de proclamar con fuerza junto con vosotros y con toda la Iglesia.
Estos aspectos irrenunciables de la misión de la Iglesia pertenecen al núcleo de lo que nos ha sido transmitido por el Señor. Por eso tenemos el deber de custodiarlos y de comunicarlos, aun cuando la mentalidad del tiempo se vuelve impermeable y hostil a este mensaje (Evangelii gaudium, nn. 34-39: ecclesia  3.704-05 [2013/II], págs. 1822-1823). Os animo a ofrecer este testimonio con los medios y la creatividad del amor y con la humildad de la verdad. Esto no solo requiere proclamas y anuncios externos, sino también conquistar espacio en el corazón de los hombres y en la conciencia de la sociedad.
Para ello, es muy importante que la Iglesia en los Estados Unidos sea también un hogar humilde que atraiga a los hombres por el encanto de la luz y el calor del amor. Como pastores, conocemos bien la oscuridad y el frío que todavía hay en este mundo, la soledad y el abandono de muchos— incluso donde abundan los recursos comunicativos y la riqueza material—; conocemos también el miedo ante la vida, la desesperación y las numerosas fugas.
Por eso, solamente una Iglesia que sepa reunir en torno al «fuego» es capaz de atraer. Ciertamente, no un fuego cualquiera, sino el que se encendió en la mañana de Pascua. El Señor resucitado es el que sigue interpelando a los pastores de la Iglesia a través de la voz tímida de tantos hermanos: «¿Tenéis algo de comer?». Se trata de reconocer su voz, como lo hicieron los Apóstoles a orillas del mar de Tiberíades (cf. Jn 21, 4-12). Y es todavía más decisivo conservar la certeza de que las brasas de su presencia, encendidas en el fuego de la pasión, nos preceden y no se apagarán nunca. Si falta esta certeza, corremos el peligro de convertirnos en guardianes de cenizas y no en custodios y dispensadores de la verdadera luz y de ese calor que es capaz de hacer arder el corazón (cf. Lc 24, 32).
Antes de concluir, permitidme haceros aún dos recomendaciones que considero importantes. La primera se refiere a vuestra paternidad episcopal. Sed  pastores cercanos a la gente, pastores próximos y servidores. Esta cercanía ha de expresarse de modo especial con vuestros sacerdotes. Acompañadlos para que sirvan a Cristo con un corazón indiviso, porque solo la plenitud llena a los ministros de Cristo. Os ruego, por lo tanto, que no dejéis que se contenten de medias tintas. Cuidad sus fuentes espirituales para que no caigan en la tentación de convertirse en notarios y burócratas, sino que sean expresión de la maternidad de la Iglesia que engendra y hace crecer a sus hijos. Velad por que no se cansen de levantarse para responder a quien llama de noche, aun cuando ya crean tener derecho al descanso (cf. Lc 11, 5-8). Preparadlos para que estén dispuestos a detenerse, a abajarse, a derramar bálsamo, a hacerse cargo y a gastarse en favor de quien, «por casualidad», se ha visto despojado de todo lo que creía poseer (cf. Lc 10, 29-37).
Mi segunda recomendación se refiere a los inmigrantes. Pido disculpas si hablo en cierto modo casi «in causa propria». La Iglesia que está en los Estados Unidos conoce como nadie las esperanzas del corazón de los inmigrantes. Desde siempre habéis aprendido su idioma, apoyado su causa, integrado sus aportaciones, defendido sus derechos, promovido su búsqueda de prosperidad, mantenido encendida la llama de su fe. Incluso en la actualidad, ninguna institución estadounidense hace más por los inmigrantes que vuestras comunidades cristianas. Ahora tenéis esta larga oleada de inmigración latina en muchas de vuestras diócesis. No sólo como Obispo de Roma, sino también como  pastor venido del sur, siento la necesidad de daros las gracias y de animaros. Tal vez no os resulte fácil leer su alma; quizás os veáis puestos a prueba por su diversidad. En todo caso, sabed que también tienen recursos que compartir. Acogedlos, pues, sin miedo. Ofrecedles el calor del amor de Cristo y descifraréis el misterio de su corazón. Estoy seguro de que, una vez más, estas personas enriquecerán a los Estados Unidos y a su Iglesia.
¡Que Dios os bendiga y que la Virgen os cuide! ¡Gracias!

(*) «En la juventud, / yo tenía alas fuertes e incansables, / pero no conocía las montañas. / Con la edad, / conocí las montañas, / pero mis alas cansadas no podían seguir mi visión. / El genio es sabiduría y juventud» (Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River).

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Cada semana, en tu casa