Santa Sede

Discurso del Papa Benedicto XVI en su despedida de Castel Gandolfo

Queridos hermanos y hermanas, todo pasa en este mundo! Cada cosa que empieza, también la más positiva y más bella, trae consigo, inevitablemente, la propia conclusión. Así también lo es para el tiempo sereno y tranquilo que he transcurrido aquí con ustedes, en el bello marco de Castel Gandolfo, donde, una vez más, he podido respirar un clima de familia y de viva cordialidad.

Este nuestro encuentro, convertido ya en una placentera costumbre, me da la oportunidad de agradecer a todos y a cada uno de ustedes por el generoso servicio que desarrollan en esta Residencia Pontificia. Mi especial y afectuoso saludo se dirige sobre todo al Doctor Saverio Petrillo, Director General de las Villas Pontificias, con gratitud por las corteses palabras que, también a nombre de todos ustedes aquí presentes, me ha dirigido. Un cordial saludo a todos los empleados y a sus familias. Que el Señor, rico de bondad, ¡los bendiga y custodie en su amor!

El mes de septiembre, que lentamente dejamos atrás, es siempre tiempo de un positivo relanzamiento, luego de las vacaciones de verano: para sus niños y muchachos ha reiniciado la escuela; para todos ustedes ha reiniciado el trabajo intenso y asiduo. También en la Iglesia, para muchas comunidades cristianas esparcidas por el mundo, éste que Dios Padre nos da es el tiempo de un nuevo año pastoral que inicia. Vemos cercanos, algunos eventos muy significativos: pienso a mi inminente visita a Loreto, con la cual deseo recordar el 50° aniversario de la peregrinación del Beato Juan XXIII, cumplida a aquel Santuario mariano para confiar a María el Concilio Ecuménico Vaticano II; pienso al Sínodo de los Obispos, que reflexionará sobre la nueva evangelización en la actualidad de la Iglesia y del mundo; y por ultimo -en el 50° aniversario del inicio del Concilio- a la apertura del Año de la fe, por mi convocado para ayudar a todo hombre a abrir el propio corazón y la propia vida a Jesús Señor y a la Palabra de salvación.
Por tanto queridos amigos, confío a sus oraciones estos importantes momentos eclesiales que estamos llamados a vivir. Que el Señor nos asista, para que ellos nos ayuden a cada uno de nosotros a crecer en la fe, a redescubrir a Jesús como la perla preciosa y verdadera: el tesoro de nuestra vida. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, que invocaremos con confianza en el próximo mes de octubre con el rezo cotidiano del santo Rosario, los proteja siempre y los sostenga en el realizar todos los propósitos de bien que llevan en el corazón.

Los acompañe también mi Bendición, que con afecto imparto a cada uno de ustedes, a sus familias y a todas las personas, de manera especial a los enfermos y a los que sufren.
¡Arrivederci!

Traducción del italiano: Raúl Cabrera, Radio Vaticano

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