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Discurso completo del Papa Francisco a los participantes en el Encuentro Internacional sobre el Proyecto Pastoral de la «Evangelii gaudium»

Discurso completo del Papa Francisco a los participantes en el Encuentro Internacional sobre el Proyecto Pastoral de la «Evangelii gaudium» 

Dar una respuesta sabia y generosa a los signos de los tiempos    

Discurso del Papa Francisco a los participantes en el Encuentro Internacional sobre el Proyecto Pastoral de la «Evangelii gaudium», organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización (19-9-2014)

Queridos hermanos y hermanas: Buenas tardes.

Me alegra participar en vuestros trabajos, y doy las gracias a monseñor Rino Fisichella por su introducción. Agradezco también este ambiente de «vida»: ¡esto es vida! Gracias.

Vosotros trabajáis en la pastoral en diferentes Iglesias del mundo, y os habéis reunido para reflexionar juntos sobre el proyecto pastoral de la Evangelii gaudium. En efecto, yo mismo he escrito que este documento tiene un «sentido programático y consecuencias importantes» (n. 25: ecclesia 3.704-05 [2013/II], pág. 1821). ¡Y no podría ser de otra manera, al tratarse de la misión principal de la Iglesia, o sea de evangelizar! Hay momentos, sin embargo, en que esta misión se vuelve más apremiante y nuestra responsabilidad necesita reavivarse.

Me vienen a la memoria, ante todo, las palabras del Evangelio de Mateo en las que se dice que Jesús, «al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”» (9, 36). ¡Cuántas personas, en las muchas periferias existenciales de nuestros días, están «extenuadas y abandonadas» y aguardan a la Iglesia, nos aguardan a nosotros! ¿Cómo poder alcanzarlas? ¿Como compartir con ellas la experiencia de la fe, el amor de Dios, el encuentro con Jesús? Esta es la responsabilidad de nuestras comunidades y de nuestra pastoral.

 

El Papa no tiene la función de «ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea» (Evangelii gaudium, n. 51: ecclesia, cit., pág. 1825), pero invita a toda la Iglesia a captar los signos de los tiempos que el Señor incesantemente nos ofrece. ¡Cuántos signos están presentes en nuestras comunidades y cuántas posibilidades pone el Señor ante nosotros para que reconozcamos su presencia en el mundo actual! En medio de fenómenos negativos, que, como siempre, hacen más ruido, vemos también muchos signos que infunden esperanza y dan valor. Estos signos, como dice la Gaudium et spes, han de releerse a la luz del Evangelio (cf. núms. 4 y 44): este es el «tiempo favorable» (cf. 2 Cor 6, 2), es el momento del compromiso concreto, es el contexto en el que estamos llamados a trabajar para hacer que crezca el Reino de Dios (cf. Jn 4, 35-36). Desgraciadamente, ¡cuánta pobreza y soledad vemos en el mundo actual! ¡Cuántas personas viven sumidas en un gran sufrimiento y piden a la Iglesia que sea signo de la cercanía, de la bondad, de la solidaridad y de la misericordia del Señor! Es esta una tarea que corresponde, de especial manera, a cuantos tienen la responsabilidad de la pastoral: al obispo en su diócesis, al párroco en su parroquia, a los diáconos en el servicio a la caridad, a los catequistas y a las catequistas en su ministerio de transmitir la fe… En resumidas cuentas, cuantos están comprometidos en los diferentes ámbitos de la pastoral están llamados a reconocer y a leer estos signos de los tiempos para dar una respuesta sabia y generosa. Ante tantas exigencias pastorales, ante tantas peticiones de hombres y mujeres, corremos el peligro de asustarnos y de replegarnos en nosotros mismos en actitudes de temor y de defensa. Y de ahí nace la tentación de la suficiencia y del clericalismo: ese codificar la fe en reglas e instrucciones, como lo hacían los escribas, los fariseos y los doctores de la ley de la época de Jesús. Lo tendremos todo claro, todo ordenado, pero el pueblo creyente y en búsqueda seguirá teniendo hambre y sed de Dios. También he dicho algunas veces que la Iglesia me parece un hospital de sangre; mucha gente herida que nos pide cercanía, que pide a nosotros lo que pedían a Jesús: cercanía, proximidad. Y con esta actitud de los escribas, de los doctores de la ley y de las fariseos, no daremos jamás un testimonio de cercanía.

 

Hay una segunda palabra que me hace reflexionar. Cuando Jesús habla del propietario de una viña que, necesitado de jornaleros, salió de casa a diferentes horas del día para llamar a trabajadores a su viña (cf. Mt 20, 1-16). No salió una sola vez. En la parábola, Jesús dice que salió por lo menos cinco veces: al amanecer, a las nueve, a mediodía, a las tres y a las cinco de la tarde (¡aún estamos a tiempo de que venga a por nosotros!). Había tanta necesidad en la viña, y ese señor se pasó casi todo el tiempo yendo por las calles y por las plazas del pueblo en busca de jornaleros. Pensad en los de la última hora: nadie los había llamado; ¡a saber cómo se encontrarían, porque al final de la jornada no habrían llevado a casa nada para dar de comer a sus hijos! Pues bien: quienes son responsables de la pastoral pueden tener un hermoso ejemplo en esta parábola. Salir a diferentes horas del día para ir al encuentro de quienes van en busca del Señor. Llegarse hasta los más débiles y los más necesitados para brindarles el apoyo de sentirse útiles en la viña del Señor, siquiera durante tan solo una hora.

 

Otro aspecto: no sigamos, por favor, la voz de las sirenas que llaman a hacer de la pastoral una serie febril de iniciativas, sin lograr captar lo esencial del empeño evangelizador. Se diría que a veces nos preocupa más multiplicar las iniciativas que prestar atención a las personas y a su encuentro con Dios. Una pastoral que carezca de esta atención se vuelve paulatinamente estéril. No olvidemos hacer lo mismo que Jesús hizo con sus discípulos: estos, tras haber ido por los pueblos llevando el anuncio del Evangelio, volvieron contentos de sus éxitos; pero Jesús se los lleva a solas a un lugar desierto para estar un poco con ellos (cf. Mc 6, 31). Una pastoral sin oración y contemplación no podrá llegar jamás al corazón de las personas. Se quedará en la superficie, sin permitir que la semilla de la Palabra de Dios arraigue, brote, crezca y dé fruto (cf. Mt 13, 1-23).

 

Sé que todos vosotros trabajáis mucho, y por eso quiero dejaros una última palabra importante: paciencia. Paciencia y perseverancia. El Verbo de Dios «entró en paciencia» en el momento de la Encarnación, y así hasta su muerte en la cruz. Paciencia y perseverancia. No tenemos la «varita mágica» para todo, pero poseemos la confianza en el Señor que nos acompaña y no nos abandona jamás. Tanto ante las dificultades como ante las desilusiones que no pocas veces se hacen presentes en nuestra labor pastoral, necesitamos no desfallecer nunca en nuestra confianza en el Señor y en la oración que la sustenta. No olvidemos, con todo, que la ayuda nos la dan, en primer lugar, precisamente aquellos a los que nos acercamos y a los que apoyamos. Hagamos el bien, pero sin esperar recompensa. Sembremos y demos testimonio. El testimonio es el inicio de una evangelización que alcanza el corazón y lo transforma. ¡Las palabras sin testimonio no funcionan, no sirven! El testimonio es lo que lleva y da validez a la palabra.

¡Gracias por vuestra dedicación! ¡Os bendigo y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí, porque yo tengo que hablar mucho, y para que yo también dé un poco de testimonio cristiano! Gracias.

Recémosle a la Virgen, la Madre de la evangelización: «Dios te salve, María…».

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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