Asamblea Plenaria

Discurso completo del cardenal Blázquez al inaugurar la Asamblea Plenaria

Discurso inaugural del arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Ricardo Blázquez Pérez, en la sesión inaugural de la Asamblea Plenaria que se celebra del 2 al 6 de marzo de 2020.

1.         Saludos, recuerdos y agradecimientos

Saludo fraternalmente a los señores cardenales, arzobispos y obispos, miembros de la Conferencia Episcopal Española. Desde aquí, saludo cordialmente a los obispos eméritos, que hoy no pueden acompañarnos. Muestro mi gratitud a cuantos trabajan en la Conferencia Episcopal, sin cuya colaboración leal y competente no sería posible el cumplimiento de sus tareas pastorales. Manifiesto mi respeto y afecto a cuantos cubren la información de esta Asamblea y a los que conectan con nosotros por su mediación. A todos los aquí presentes doy la bienvenida.

Felicitamos a monseñor Francisco Cerro Chaves, nombrado arzobispo de Toledo el 27 de diciembre de 2019, que ha tomado posesión de la sede el pasado 29 de febrero de 2020, acompañado por numerosos obispos. Nos adherimos a la satisfacción de monseñor Vicente Juan Segura, recientemente trasladado desde la sede de Ibiza a la archidiócesis de Valencia como obispo auxiliar. Nos unimos en la oración para que el Señor los sostenga y ayude en esta nueva etapa de su ministerio episcopal.

Damos también la bienvenida a monseñor Bernardito Cleopas Auza, nombrado por el papa Francisco, el 1 de octubre de 2019, nuncio apostólico en España, que participa por vez primera en la inauguración de nuestra Asamblea Plenaria. Reciba nuestra felicitación cordial. A través de Vd., querido señor nuncio, expresamos nuestra comunión con el papa y nuestra gratitud por su servicio a la Iglesia y a la humanidad.

Saludo con afecto a monseñor Gian Luca Perici y a monseñor Daniele Liessi, consejeros de la Nunciatura Apostólica en nuestro país. Desde aquí, manifiesto nuestro agradecimiento a monseñor Michael F. Crotty, que ha sido hasta ahora consejero de la Nunciatura Apostólica y será consagrado arzobispo el próximo 21 de marzo de 2020, para tomar posesión de su nuevo cargo diplomático como nuncio apostólico en Burkina Faso.

Doy la bienvenida a los nuevos administradores diocesanos, concretamente al Rvdo. D. Vicente Ribas Prats, de la diócesis de Ibiza, así como al de la diócesis de Coria-Cáceres.

2.         El don de la vocación presbiteral

El Plan de formación sacerdotal. Normas y orientaciones para la Iglesia en España fue aprobado, con satisfacción compartida, por la CIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, reunida entre los días 1 y 5 de abril de 2019, y posteriormente recibió la recognitio de la Congregación para el Clero y los Seminarios, mediante decreto de 28 de noviembre de 2019.

Este Plan, que aplica a nuestras diócesis la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis del 8 de diciembre de 2016, subraya la importancia de la pastoral vocacional para el sacerdocio ministerial, indispensable para la vida de la Iglesia. No queremos conformarnos con administrar la escasez; deseamos ser cauce de nuevas vocaciones a las que el Señor continúa invitando. Insiste en el cuidado del discernimiento y acompañamiento, en la formación inicial y permanente, en la salud humana y espiritual de los seminaristas y los sacerdotes, en la situación eclesial y social tan exigente que vivimos. El carácter comunitario y el sentido misionero del ministerio del futuro sacerdote impregnan todo el camino de la formación del candidato en el don de sí mismo al Señor y a la Iglesia para el servicio de la humanidad, que es el contenido esencial de la caridad pastoral. La notable dimensión del documento facilita la asimilación de sus contenidos ricos y adecuados.

Dentro de pocos días celebraremos en nuestras diócesis el Día del Seminario, que este año, en sintonía con el nuevo Plan de formación sacerdotal, lleva como lema «Pastores misioneros». La dimensión misionera y evangelizadora caracterizó ya al Concilio Vaticano II, que los papas han recordado y promovido. El Papa Francisco, desde el comienzo de su ministerio como obispo de Roma y sucesor de Pedro, la ha señalado como norte y faro de la Iglesia en nuestro tiempo. Acuñó la expresión «Iglesia en salida» (cf. Jn 16, 28), que ha hecho fortuna. Un signo de este dinamismo evangelizador es el reciente «Congreso de Laicos. Pueblo de Dios en salida», que ha tenido lugar en Madrid entre los días 14 y 16 de febrero. Confiamos en el Señor que la generalizada satisfacción y la alegría compartida durante esos inolvidables días se traduzca también en celo apostólico y vocacional.

La Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis se titula El don de la vocación presbiteral, que pone de relieve el carácter gratuito de la vocación al ministerio sacerdotal. No somos espontáneos, sino llamados y enviados por el Señor. La penuria vocacional, que desde hace tiempo padecemos, nos impulsa a reconocer más aún cada día que toda vocación es un regalo por el que debemos diariamente pedir a Dios, que debemos recibir con gratitud, y que debe ser cultivado, acompañado y vivido como un tesoro.

Estamos convencidos de que este Plan de formación sacerdotal será una ayuda preciosa para formadores, seminaristas, así como para la Iglesia en su conjunto.

3.         Pueblo de Dios en salida. Congreso de Laicos

En el Plan Pastoral 2016-2020 de la Conferencia Episcopal Española se expresaba la conveniencia e incluso la necesidad de llevar a cabo al final de los cinco años un Congreso Nacional de Evangelización, al que se convocaría a todo el Pueblo de Dios: obispos, presbíteros, consagrados y laicos. Pues bien, con satisfacción generalizada, este Congreso ha tenido lugar en Madrid entre los días 14 y 16 de febrero, con dos mil participantes en un ambiente gozoso y alentador.

La Conferencia Episcopal Española encomendó la organización del Congreso a la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, que lo ha realizado excelentemente. Fue planteado desde sus inicios, hace año y medio, como un proceso sinodal, del cual ha sido relevante el diálogo en las diócesis, movimientos y asociaciones, y no como un acontecimiento puntual. El diálogo, que es inherente a la sinodalidad, interviniendo las personas con libertad y escuchando con respeto, buscando todos los caminos de la evangelización en nuestro tiempo y en nuestro pueblo, ha sido la tónica dominante. El estilo de la comunicación ha unido bellamente la transmisión de los contenidos y la forma atractiva de expresarlos.

La reflexión en los grupos, con introducciones y experiencias, ha girado en torno a cuatro núcleos fundamentales para la evangelización: el primer anuncio, el acompañamiento, los procesos formativos y la presencia en la vida pública. Son cuatro itinerarios que se han venido diseñando en la fase precongresual, que han ocupado el centro en los trabajos del Congreso y que confiamos proseguir convertidos ya en acción en la fase post-congresual. Hemos podido constatar con sorpresa la riqueza y vitalidad que, en medio de la fragilidad, existe en nuestra Iglesia.

«Pueblo de Dios en salida» es pueblo enviado por el Señor. Todos, compartiendo la misma fe y disponibilidad apostólica, hemos experimentado el gozo de la fraternidad de laicos, consagrados, presbíteros y obispos. Etapas anteriores marcadas por acentos reivindicativos y de pretensiones difíciles de conjugar han pasado ya; la experiencia de la debilidad nos ha hecho a todos más conscientes de la necesidad recíproca.

Las celebraciones bien preparadas, dignas, bellas y sencillas han sido participadas con hondura de fe convertida en escucha, canto y oración. Han sido ámbito de comunidad fraternal y de descanso en el Señor.

Queremos manifestar nuestro agradecimiento a los organizadores, a todos los participantes y a cuantos han desarrollado un servicio especial en el Congreso; también, por supuesto, a quienes han preparado las celebraciones litúrgicas y cuidado con esmero su realización.

Una exclamación ha sido repetida en muchas ocasiones, que por una parte refleja lo celebrado y por otra lo soñado: «¡Hemos vivido un renovado Pentecostés!». ¡Que el Espíritu Santo conserve en todos el ardor apostólico, el gozo en la fraternidad y la decisión a salir a los caminos que se abren delante de nosotros!

4.         Reforma de Estatutos y elecciones en la Conferencia Episcopal Española

Las conferencias episcopales son una de las más importantes y útiles instituciones creadas por el Concilio Vaticano II en el decreto Christus Dominus (nn. 37 y 38). Una conferencia episcopal es una asamblea formada por obispos de un determinado territorio, de España en nuestro caso, en comunión y bajo la autoridad del obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal para ejercer conjuntamente algunas funciones pastorales respecto a los fieles de su territorio.

Los obispos españoles, que participaron en el Concilio, el mismo día en que fuera clausurado (8 de diciembre de 1965), escribieron una carta a los fieles de nuestras diócesis manifestando, entre otras cosas, la decisión de constituir enseguida la Conferencia Episcopal; y, efectivamente, a finales del mes de febrero y comienzos de marzo de 1966 fue constituida. Debemos agradecer la diligencia a quienes nos han precedido en el servicio pastoral de las diócesis, que ahora nosotros presidimos para activar la decisión conciliar. El año 2016 celebramos los cincuenta años de su erección, con memoria agradecida y con decisión apostólica para revisar lo que la experiencia con el paso del tiempo nos ha ido aconsejando en orden a su funcionamiento más adecuado y a su mayor eficacia. Esta renovación fue una propuesta importante del Plan de la Conferencia Episcopal para los años 2016-2020, que está llegando a su fin.

a)         Nuevos Estatutos de la Conferencia Episcopal

Hace bastante tiempo, el año 1986, hubo un proyecto de reforma que no fue aprobado por la Asamblea Plenaria de los obispos. Hemos retomado la aspiración de entonces con la convicción acrecentada de la conveniencia de reformar algunos aspectos de los Estatutos. Fue creada una Comisión ad hoc, que ha trabajado con inteligencia y perseverancia, en estrecha conexión con los obispos, que fuimos consultados en una encuesta amplia, y oportunamente informados de los pasos que iban dando; fue presentado y debatido el proyecto en varias sesiones de la Comisión Permanente y de la Asamblea Plenaria, y fue aprobado estatutariamente en Asamblea Plenaria.

La información, discusión y correspondiente votación de los obispos fue acompañando el íter diseñado por la Comisión creada con esta finalidad. Personalmente siento la satisfacción de comunicar cómo la discusión abierta, la comunión de los obispos y el respeto a las sugerencias indicadas en las diferentes sesiones episcopales han marcado el itinerario. Ha sido realmente una obra de “conferencia”, de sinodalidad, de comunión en el ministerio episcopal. En esta oportunidad quiero agradecer la inestimable colaboración prestada por la Comisión para la reforma de los Estatutos, a la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y a todos los obispos de la Conferencia Episcopal; agradecemos también a la Congregación para los Obispos que haya concedido la recognitio en el tiempo oportuno para proceder con los nuevos Estatutos ya en esta Asamblea Plenaria, que se caracteriza por las elecciones episcopales. Nos alegramos de que la reforma, después del itinerario cubierto, haya llegado a tiempo.

El papa Francisco ha expresado su convicción de que el estatuto de las conferencias episcopales debe avanzar en el desarrollo de sus posibilidades. No obstante, a diferencia del Sínodo de los Obispos, que ha experimentado una considerable maduración, no ha ocurrido aún con las conferencias. El Concilio las situó en la onda de las «antiguas Iglesias patriarcales» (Lumen gentium, n. 23). «Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las conferencias episcopales que las conciba como sujetos de auténtica autoridad doctrinal. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera» (Evangelii gaudium, n. 32). Las conferencias episcopales deben ser revisadas para ser cauce más eficaz de evangelización. La renovación es para la misión, ya que la Iglesia ha sido convocada para ser enviada. El faro del Evangelio debe guiar nuestra nave al puerto.

La reforma nunca estará definitivamente cumplida, ya que es reflejo de la situación peregrinante de la Iglesia. Somos, por ello, conscientes de que la revisión de los Estatutos, aunque ahora nos satisfacen, no son la obra perfecta y es probable que en el futuro se advertirá su limitación temporal. La Curia romana es el paradigma de nuestra revisión, pero aún no ha sido promulgada la constitución Praedicate Evangelium. Algunos dicasterios de la Curia, por ejemplo, «Laicos, Familia y Vida», «Clero y Seminarios», «Educación y Cultura», nos han proporcionado no solo el contenido, sino hasta la denominación de la correspondiente comisión episcopal de nuestra Conferencia. Las delegaciones de las diócesis también se inspiran para distribuir sus tareas en los dicasterios romanos. Estamos, por supuesto, abiertos a las mejoras que aparezcan, ya que la vida de la Iglesia está sometida al paso del tiempo, con sus posibles envejecimientos o innovaciones. Otros obispos en su momento harán lo que juzguen oportuno.

b)         La dimensión misionera de los Estatutos

La dimensión misionera es fundamental en la reforma de la Curia romana y también en la reforma de los Estatutos de nuestra Conferencia Episcopal: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral solo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras» (Evangelii gaudium, n. 27). La proyectada constitución apostólica Praedicate Evangelium afirma nítidamente de entrada: «En el contexto de la misionariedad de la Iglesia se sitúa también la reforma de la Curia romana». «Esta constitución apostólica se propone sintonizar con mayor decisión el ejercicio cotidiano de la Curia con el camino de la Iglesia en la nueva etapa de evangelización que está viviendo».

Claro indicio de la predominante perspectiva misionera es el título de la constitución apostólica que habla de la predicación del Evangelio, conectando con el comienzo de la narración evangélica y con su final (cf. Mc 1, 14-15; Mt 28, 19-20).

En medio de una sociedad y un mundo que en buena medida ha dado las espaldas a Dios, la misma constitución apostólica es una oportuna llamada a la Iglesia y a los evangelizadores sobre esta tarea fundamental e inaplazable. Recordemos las palabras del papa en el discurso a la Curia antes de Navidad (21.XII.2019): «No estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe –especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente– ya no constituye un supuesto obvio de la vida en común; de hecho, frecuentemente es incluso negada, burlada, marginada, ridiculizada».

Otro signo de como destaca la clave misionera es el hecho de colocar en la reforma a la cabeza el Dicasterio para la evangelización, donde había precedido tradicionalmente la Congregación para la Doctrina de la Fe. La fe responde a la evangelización y la conversión al anuncio misionero, en todo momento, al inicio y cada día.

La experiencia, ya más que cincuentenaria de la Conferencia Episcopal Española, avala las indicaciones que la carta apostólica Apostolos suos del Papa Juan Pablo II, escrita en 1998, sugiere como ayudas que pueden cumplir la acción conjunta de los obispos: «La promoción y tutela de la fe y las costumbres, la traducción de los libros litúrgicos, la promoción y formación de las vocaciones sacerdotales, la elaboración de los materiales para la catequesis, la promoción y tutela de las universidades católicas y de otras instituciones educativas, el compromiso ecuménico, las relaciones con las autoridades civiles, la defensa de la vida humana, de la paz, de los derechos, la promoción de la justicia social, el uso de los medios de comunicación» (Apostolos suos, n. 15). A la vista del servicio múltiple que la Conferencia Episcopal ha prestado a los obispos, podemos imaginar qué desguarnecidos hubiéramos estado sin esta preciosa colaboración; habría sido insuficiente la Junta de Metropolitanos, que se disolvió el mismo día en que fue constituida la Conferencia Episcopal, pasando de presidir la Junta de Metropolitanos el arzobispo de Toledo, Cardenal E. Plá y Deniel, a presidir la Conferencia Episcopal el arzobispo de Santiago de Compostela, cardenal F. Quiroga Palacios.

c)         Organización de la Conferencia Episcopal

Las 10 comisiones episcopales, en que ahora con los Estatutos renovados se articulan especialmente las funciones de la Conferencia Episcopal, sin establecer compartimentos estancos, ya que unas tareas confinan con otras, se estructuran con dos claves. Por una parte, ocupan el espacio mayor las comisiones dedicadas a actividades a través de las cuales la Iglesia vive y cumple su misión; y, por otra, a las personas, que han recibido de Dios vocaciones diversas para desempeñar en la Iglesia diferentes servicios y ministerios, se dedican algunas comisiones.

El Concilio Vaticano II enseñó de manera constante lo que implica la incorporación a Jesucristo, Profeta, Sacerdote y Rey, por el bautismo y el sacramento del orden. Jesucristo, «pontífice de la alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino que también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión» (Prefacio de ordenación).

El triple ministerio, profético, sacerdotal y real corresponde a las tres realidades fundamentales y a su correspondiente servicio en la Iglesia: Palabra de Dios, sacramentos y caridad. La constitución sobre la Iglesia, que es como el eje vertebrador de los documentos del Concilio, desarrolla en su capítulo II cómo el Pueblo de Dios es profético, sacerdotal y real (nn. 10-13); en el capítulo III enseña cómo el ministerio de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos, con la especificidad de cada uno, es profético, sacerdotal y real [sobre los obispos en los números 25-27; sobre los presbíteros (en el 28) y sobre los diáconos «que sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (en el 29)]. De modo semejante en el capítulo IV dedicado a los laicos se explicita su dignidad y misión en cuanto partícipes de la triple condición de Jesucristo (nn. 34-36).

Las comisiones episcopales tienen, según los Estatutos, la encomienda de ayudar a los obispos y por su medio a las diócesis y a la Iglesia entera. Su misión es el anuncio y la enseñanza de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el ejercicio de la caridad por medio de servicios caritativos y sociales, que el hombre concreto y todos los hombres necesiten. Las tres vías están estrechamente unidas e interaccionan entre sí. Deseo recordar la preciosa colaboración que proporcionan otros organismos y servicios a la Conferencia Episcopal, que regulan también los Estatutos a veces con bastante novedad.

Me permito descender a tres comisiones episcopales, que prestan una ayuda inestimable a los obispos y a las diócesis.

La Comisión para la Doctrina de la Fe custodia y promueve la fe cristiana; en el nuevo organigrama se le encomiendan también las Relaciones Interconfesionales y el Diálogo Interreligioso. El ecumenismo, con lo que implica, la comunión en la verdad y el amor, la búsqueda de la unidad plena y visible de todos los cristianos y las Iglesias, la profundización a través de las comisiones internacionales para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y otras Iglesias, entran plenamente en la Comisión para la Doctrina de la Fe. La fe cristiana, eclesialmente profesada y enseñada, preside sus trabajos.

Así como en los tiempos en que presidió el cardenal J. Ratzinger la Congregación para la Doctrina de la Fe se acentuó expresamente junto a la función de la tutela de la fe la promoción de la misma, así puede nuestra comisión episcopal incorporar hoy el diálogo interreligioso. Con la ayuda de los teólogos (recordemos que la Comisión Teológica Internacional y la Pontificia Comisión Bíblica están integradas en la Congregación de Roma) también puede ayudarnos la Comisión en el diálogo interreligioso, en relación con la indiferencia, la increencia y el ateísmo. Esta ampliación del cometido confiado a la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe tiene una perspectiva también misionera, ya que el eclipse de Dios, o, en palabras de Benedicto XVI, la fe en Dios «desaparece del horizonte cultural de los hombres» en vastas zonas del mundo, y la secularización incesante y cada vez más profunda de nuestra sociedad nos plantea a todos un reto básico que no podemos rehuir. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, con estas ampliaciones progresivas en la línea de la evangelización, nos ofrece un servicio que requiere dedicación particular en nuestro tiempo. En todo caso la Comisión propondrá cómo articular los diversos servicios que se le confían.

La fe cristiana se prolonga en la oración; y la oración es como el aliento de la fe (R. Guardini). Iglesia en oración es ante todo la asamblea reunida para el culto y la piedad litúrgica; y también con otro alcance en la piedad popular. Son dos formas cristianas de oración y dos asambleas eclesiales, que durante algunos años en la primera fase de recepción del Concilio no estuvieron bien avenidas, pero desde hace tiempo se refuerzan recíprocamente: «En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menos de apreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo» (Evangelii gaudium, n. 126). Si la liturgia es lugar teológico por excelencia y testimonio de la misma fe, de la piedad popular se puede afirmar que es también «lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización» (ibíd.).

La caridad forma parte del trípode de la vida de la Iglesia junto con la fe y los sacramentos. Mutuamente se interaccionan y autentifican en su condición cristiana. En la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Promoción Humana confluyen diversos organismos de los anteriores Estatutos. La convergencia y la concentración han sido criterios orientadores en la nueva organización estatutaria, que la práctica de la Comisión irá poco a poco integrando. La caridad, el amor cristiano, es seguimiento de Jesús, su imitación con el poder del Espíritu y síntesis de la vida nueva en Cristo (cf. Rom 13, 8-10). La caridad es signo distintivo del discípulo de Jesús (cf. Jn 13, 34-35; 17, 21) y característica de la comunidad cristiana (cf. Hch 2, 42-47). Los hombres padecen desde siempre algunas necesidades y otras emergen como un clamor en situaciones particulares. La caridad cristiana tiene también capacidad inventiva para responder con genuino espíritu evangélico a las necesidades nuevas. El buen samaritano se acerca a toda persona tirada en el camino; aunque tuviera en sus proyectos otras tareas, ceden estas porque alguien de improviso le necesita. La historia es testigo de cuántas iniciativas caritativo-sociales han surgido y tomado cuerpo en la vida de la Iglesia.

d)         Criterios de la reforma y cambios concretos

La reforma de Estatutos, que se ha llevado a cabo y de la que se beneficia la actual Asamblea Plenaria en que ocupan un lugar destacado las elecciones para casi todos los cargos, ha sido guiada por varios criterios que hemos venido percibiendo con mayor claridad. Hemos preferido concentrar evitando la dispersión en numerosos organismos; desde el centro se ilumina mejor el resto y recibe su proporción en el conjunto. Hemos optado por la simplificación, que no equivale a empobrecimiento, sino a intento de responder a lo fundamental. Con esta renovación de Estatutos sintonizamos más estrechamente con la Reforma de la Curia romana y con sus claves misionera y sinodal. Se pretende agilizar el funcionamiento para que no quedemos como atrapados en cuestiones secundarias; con los cambios introducidos esperamos que se gane en eficacia y en atención a lo principal.

La distinta duración de los mandatos induce obviamente la diferente periodicidad de las elecciones en la Conferencia Episcopal. Como es sabido la duración del secretario general es de cinco años que continúa así después de la renovación de los Estatutos para que no coincidan temporalmente los cambios de presidente y secretario. Hemos pasado de una duración generalizada de tres años a cuatro. La experiencia nos ha ido reiteradamente mostrando que no era oportuna ni una duración larga ni una duración corta. Para el correcto funcionamiento los tiempos cuentan también. La duración larga, y no digamos si repetida por mandatos sucesivos, puede convertirse en rutina y esta en insuficiente empeño. No es oportuno que haya descarga de responsabilidades en las mismas personas ni desproporción entre el tiempo de información y aprendizaje de modo que cuando uno concluya el mandato sea cuando puede estar en mejores condiciones para un trabajo más eficaz. La duración de cuatro años se ha aplicado también a las subcomisiones, que era un deseo muchas veces expresado, para evitar que la misma persona ocupara indefinidamente una responsabilidad.

Me refiero ahora a otro cambio que, respondiendo al sentir compartido de los obispos, se ha asumido y dado cauce. La Asamblea Plenaria es el órgano supremo de la Conferencia Episcopal; ella está capacitada para decidir conjuntamente lo que más convenga en la acción pastoral de las diócesis. Todos los obispos se encuentran como hermanos en el ministerio para intervenir con libertad y para escuchar no solo con atención, sino también con receptividad. La sinodalidad exige también una comunicación entre los participantes con franqueza y humildad; el diálogo es inherente a la sinodalidad, dije arriba y ahora reitero. La experiencia acredita que, cuando en la Asamblea se plantean cuestiones importantes de la acción pastoral, se desencadena entonces una larga lista de solicitudes para intervenir, y todos nos sentimos gratamente inmersos en el cumplimiento de nuestra responsabilidad pastoral. Cuando se someten a consideración de la Asamblea cuestiones mayores se anima el diálogo, se multiplican las intervenciones y se abre la oportunidad de contribuir entre todos a la clarificación de los temas y a su maduración en orden a adoptar las decisiones pertinentes. A estas cuestiones se debe dedicar preferentemente el tiempo disponible sin cederlo a otras que, aunque sean urgentes, pueden dilucidarse adecuadamente en otros organismos de la Conferencia Episcopal. Con acierto se ha introducido la siguiente precisión: «Otros asuntos, de carácter meramente administrativo o de menor importancia, deberán ser resueltos por la Comisión Permanente o por la Comisión Ejecutiva» (art. 8, 3).

La incorporación de la representatividad territorial ha sido un criterio decisivo de la reforma. Esta aspiración era manifiesta desde hace tiempo. Necesitamos cuidar no solo el ejercicio de las funciones a través de las comisiones episcopales y de los presidentes que las representan en la Comisión Permanente, sino también la comunión eclesial de provincias eclesiásticas, representadas por los metropolitanos. Hasta ahora era una presencia casi residual, es decir, si no había un obispo en la Comisión Permanente de tal provincia eclesiástica se designaba a alguien, preferentemente al arzobispo metropolitano. Con este cambio, y lo que lleva consigo, estarán más presentes las cuestiones pastorales que conciernen de modo particular al conjunto de obispos que forman una provincia, al tiempo que se ofrece la oportunidad para que la comunión y comunicación eclesiales, entre Asamblea Plenaria y provincias eclesiásticas, sean más fluidas y efectivas. Este es el texto de los Estatutos: «Todos los metropolitanos, cualquiera que sea el título por el que pertenecen a la Comisión Permanente, representan en ella a su provincia eclesiástica, y deben hacer llegar las peticiones, deseos e inquietudes de sus sufragáneos, exponiendo las conclusiones a que haya llegado previamente su provincia en los distintos temas» (art. 17, 2).

Según afirman los Estatutos, «la Asamblea tomará sus decisiones por votación secreta» (art. 11, 1). De esta forma se garantiza mejor la libertad de cada votante. Esta libertad, además de respetar cuidadosamente las convicciones personales de los participantes, refleja la responsabilidad ante Dios de cada obispo a quien se ha encomendado el servicio pastoral de su diócesis. Persona y comunidad, personalidad y comunión eclesial deben armonizarse. Por esto, el afecto colegial comporta también la preocupación por todas las Iglesias, y de manera particular por las diócesis que forman parte del territorio de la Conferencia Episcopal.

La presente Asamblea Plenaria se caracteriza por la designación de casi todos los cargos de la Conferencia. Ahora bien, las elecciones no son un reparto del poder, sino una distribución de las colaboraciones para contribuir lo más adecuadamente posible al sentido mismo de la Conferencia Episcopal y la misión que ha recibido en su misma constitución. Las elecciones no son oportunidad de acumular prestigio, sino ocasión para mostrar disponibilidad al servicio. Somos conscientes de que entre todos, con generoso reconocimiento mutuo, llevamos adelante solidariamente las tareas encomendadas. ¡Que seamos buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poniéndola al servicio de los demás! (1Pe 4, 10).

Al concluir estas palabras, con las que termino también el encargo que me otorgaron los obispos para presidir la Conferencia Episcopal, deseo expresar a ustedes, señores obispos, mi gratitud por la confianza que me han manifestado. ¡Muchas gracias!

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