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«Dios… lo colocó en el jardín… para que lo guardara y lo cultivara», por el obispo Jesús Fernández

El Papa Francisco nos invita a dedicar una semana a recordar y reflexionar sobre la encíclica Laudato Si´ al cumplirse su quinto aniversario. Sus enseñanzas siguen plenamente vigentes, incluso en el contexto de una pandemia como la que estamos padeciendo y que, aunque saca de algunos lo peor, está siendo también ocasión providencial para el aprendizaje de alguna lección casi olvidada. La sensación de seguridad se ha visto quebrada por la aparición de un virus desconocido y traicionero. También los cimientos de la fe de muchos han sufrido una fuerte sacudida. Todos nos hemos sentido frágiles. Frente al paradigma tecnocrático que nos ha hecho creer autosuficientes, surge el de los cuidados: todos los necesitamos y todos los debemos proporcionar.

1. Guardar y cultivar el jardín (cf. Gén 2, 15)

Vayamos al principio. Cuando Dios concluyó la creación, se complació en todo lo creado y puso al hombre como administrador para guardar y cultivar el jardín. A lo largo de los siglos y hasta la edad moderna, el ser humano cumplió aceptablemente este mandato. Desgraciadamente, la desaparición de la idea de Dios del horizonte cultural, entrada la edad moderna, trajo consigo un cambio cultural muy potente que abrió paso a una mentalidad tecnocrática. A partir de la consideración de la naturaleza como un depósito a explotar a discreción, y apoyada en los grandes avances tecnológicos, esta cultura ha dado lugar a una sobreexplotación de los recursos naturales, ya denunciada por el Papa Pablo VI a finales de los ochenta y posteriormente por Juan Pablo II, quien llegó a decir que «el ambiente como recurso pone en peligro el ambiente como casa». Últimamente, en la Laudato Si´, el Papa Francisco ha destacado alguno de los efectos más significativos de este abuso: la contaminación atmosférica, la acumulación de basuras, el cambio climático, la escasez de agua potable, la pérdida de biodiversidad…

2. Guardar y «cultivar» al jardinero

La desaparición de Dios del horizonte cultural ha dado pie también a dos concepciones antropológicas dañinas para la ecología: el antropocentrismo desquiciado y el biocentrismo. Mientras aquél sitúa al hombre como dueño absoluto de lo creado, el biocentrismo —el animalismo es una manifestación— lo degrada considerándolo un elemento más de la fauna, incluso un escalón por debajo de otros seres vivos. De esta manera, rebaja la conciencia de su responsabilidad frente a lo creado, al tiempo que devalúa su dignidad. En contra de estos planteamientos, la teología de la creación nos sitúa por encima del resto de seres creados y nos considera merecedores de un cuidado especial. El camino nos lo mostró Jesús de Nazaret al volcarse especialmente con los pobres y los enfermos. Por su parte, el Papa Francisco entiende que cualquier planteamiento ecológico tiene que tener en cuenta los derechos fundamentales de los pobres y excluidos.
En coherencia con estos planteamientos, la Iglesia está respondiendo a la situación de emergencia que vivimos atendiendo a los enfermos, acompañando a sus familiares, siendo solidaria con los pobres y necesitados, impartiendo los sacramentos… Pero, ¡nos queda tanto por hacer! Ya sabíamos que el deterioro del medioambiente golpea especialmente a los frágiles y a los pobres: bastaría repasar las estadísticas de los que padecen enfermedades respiratorias, o de los que han sido envenenados por aguas contaminadas, o las de los emigrados por la desertización de su territorio… Ahora sabemos también que tanto los contagiados como los fallecidos por el COVID-19 han sido un 30% más en los barrios pobres de Madrid y Barcelona que en los ricos. Desde luego, no venceremos la pandemia si dejamos en el camino a la población más vulnerable y no abordamos la enorme desigualdad que padece nuestra sociedad.

3. ¿Con qué herramientas?

3.1. El paradigma de la ecología integral y de una teología moral renovada. La encíclica plantea el paradigma de una ecología integral capaz de articular las relaciones fundamentales de la persona con Dios, consigo misma, con los demás seres creados y con la creación. El Papa Francisco toma como modelo de este paradigma a san Francisco de Asís, puesto que «en él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior».
Con esta encíclica, el Santo Padre no persigue principalmente una aportación magisterial a la teología ni a la espiritualidad de la creación, sino a la moral social. En concreto, pretende ampliar el horizonte y el objeto de la Doctrina Social de la Iglesia pensando conjuntamente el cuidado de la creación y la justicia. La cuestión social ha sido prioritaria en las preocupaciones del Magisterio de la Iglesia desde la promulgación de la Rerum novarum (1891) por parte del Papa León XIII. Al interés por el individuo se añadía entonces el interés por las causas sociales de la injusticia y las repercusiones sociales de las acciones individuales. Con Laudato Si´, el Papa Francisco reformula el tema en una única cuestión, en una única crisis socio-ambiental.
Por otra parte, dejando al margen la relevancia moral reconocida del trato del hombre con el hombre y consigo mismo, hasta bien entrado el siglo XX, las relaciones entre el sujeto y el mundo externo resultaban éticamente irrelevantes, sobre todo porque se creía que los recursos naturales eran ilimitados. Por otra parte, el bien y el mal moral residían en los actos humanos, sin que se tuvieran en cuenta las consecuencias a largo plazo. Con el nuevo paradigma moral, se valora la solidaridad intergeneracional. Ciertamente no se puede hablar de desarrollo sostenible y éticamente aceptable sin tener en cuenta, no sólo los pobres de hoy, sino también los de mañana.

3.2. Herramientas políticas, económicas y culturales. El Papa critica el sistema económico dominante proclive a la especulación financiera y al olvido del bien común, y el poco peso de la política frente a la tecnología y el mercado. Está claro que no podremos solucionar el problema ecológico sin resolver la injusticia y la pobreza. Pero, además, se necesitan cambios en nuestro modelo de vida. La educación ha de ayudar a crear una «ciudadanía ecológica». Y lo hará, no sólo transmitiendo conceptos, sino consolidando virtuosamente actitudes de respeto, sobriedad, gratitud, responsabilidad…

3.3. Herramientas espirituales. La ecología integral precisa de una espiritualidad bíblica que descubra a cada ser humano como fruto de un pensamiento y de una acto amoroso, personal y exclusivo del Dios creador; un espiritualidad contemplativa de la belleza y de la bondad de Dios reflejadas en la naturaleza; una espiritualidad litúrgica en la que, al observar cómo la naturaleza es convertida por el Espíritu Santo en sacramento de la presencia de Dios, aprendemos a cuidarla. Vivir la vocación de ser guardianes y cuidadores del jardinero y del jardín no es algo opcional para el cristiano. Desde nuestra fragilidad, y contando con la intercesión de nuestro patrono san Francisco, pidamos al Dios Creador, el auténtico jardinero, que las consecuencias de nuestro encuentro con Él se manifiesten en nuestro cuidado del mundo y de los hermanos frágiles, pobres y excluidos.

Por Jesús Fernández

Obispo auxiliar de Santiago de Compostela.
Presidente de la Subcomisión para la Acción Caritativa y Social

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