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Cartas de los obispos Iglesia en España

Dios gana la partida (La Inmaculada), por el obispo de Segovia, César Franco

La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María pone de manifiesto el triunfo de Dios sobre el mal. Podemos decir que Dios le gana la partida a Satanás, cuando en el paraíso hizo caer a nuestros primeros padres. La imagen de Adán escondiéndose entre los matorrales cuando Dios le llama, apelando a que estaba desnudo, es muy significativa de lo que es el pecado: «Me dio miedo porque estaba desnudo y me escondí». El pecado ha roto la relación de Dios, que, sin embargo, sigue buscando al hombre: «¿Dónde estás?»

Después de la caída, Dios no se da por vencido. Ha creado al hombre en gracia y belleza esplendorosa. Dios no ha introducido el pecado en el mundo, sino Satanás. Por eso, después de castigar a la serpiente, a Eva y Adán, Dios anuncia lo que se ha llamado el «protoevangelio»: el primer anuncio de la buena noticia. La mujer y su descendencia que, según Dios, aplastará la cabeza de la serpiente no es otra sino María, la Madre de Jesús. En el horizonte dramático de la caída y del castigo, aparece ya la mujer que, en el evangelio de Lucas, es presentada con una hermosa palabra griega que significa «llena de gracia», «colmada de gracia y de belleza», belleza y gracia en que fueron creados nuestros primeros padres para poder tener una relación directa y amorosa con Dios. Dios no se ha dejado vencer por el maligno, adversario del hombre y padre del pecado y la mentira. Dios le ha ganado la partida.

Cuando, al cabo de los siglos, el ángel Gabriel sea enviado a Nazaret, para anunciar a María que será la Madre de Dios, se encuentra con una mujer nueva, enriquecida con todos los dones de Dios. Es la «llena de gracia». Esta expresión indica que no existe nada en María que no esté impregnado por la gracia de Dios. Es la Inmaculada, la sin mancha de pecado. Aunque la Iglesia ha tardado en definir solemnemente este dogma, no ha sido por falta de fe en el mismo, sino porque lo veía ya confesado en el calificativo de «llena de gracia», como han reconocido siempre nuestros hermanos de Oriente. La mujer, cuya descendencia es Jesús, no es un ser de otro mundo fantástico o etéreo. Pertenece a nuestra raza. Tiene nuestra misma carne, y, como todos nosotros, ha sido salvada por Cristo antes de que el pecado original dejara su mancha en ella. Por eso, Dante la llama, «hija de tu hijo», porque, siendo su madre, le debe la gracia de que está revestida. Lo que perdieron Adán y Eva, la santidad original, se ha recuperado en ella por obra de Dios que la preservó del pecado en orden a ser madre de Jesús, el Hijo de Dios.

María no huye de Dios. Se sobrecoge ante el saludo del ángel. No se esconde cuando Dios la llama. Responde con humildad y con plena disponibilidad. Son las actitudes sin las cuales no sería Inmaculada. Al confesarse sierva de Dios muestra que reconoce el señorío de Dios en su vida en contraste con Eva y Adán que quieren ser dioses, engañados por el maligno. La humildad nos protege de todo orgullo y soberbia, fundamentos del pecado. María reconoce su pequeñez de esclava ante el Altísimo. Al mismo tiempo, manifiesta su total conformidad con la voluntad de Dios y su disponibilidad para que en ella se cumpla el plan de Dios. Su alma es purísima porque en ella no hay resquicio alguno de búsqueda de sí misma, sino que se conforma con el querer de Dios haciéndose pura docilidad.

Lo que Dios ha hecho con María es el mismo plan que quiere hacer en nosotros. Por eso, dice san Pablo que también nosotros hemos sido destinados a ser «santos e inmaculados por el amor». Dios quiere consumar este plan en cada uno de nosotros. De ahí que la «Inmaculada» sea el espejo donde brilla nuestro destino. Basta mirarnos en él.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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