Carta del Obispo Iglesia en España

Dios en la historia, por el obispo de Segovia, César Franco

Dios en la historia, por el obispo de Segovia, César Franco

De los cuatro evangelistas, Lucas se distingue por escribir su evangelio como si se tratara de un historiador. Presta especial atención, como dice en el prólogo, a recoger los datos que le aportan los testigos oculares de lo que ha dicho y hecho Jesús, ordenarlos y presentarlos de forma que el cristianismo no aparezca como una enseñanza desencarnada de la historia.

Para Lucas, la historia es el lugar donde se cruzan los caminos de Dios y del hombre. Es una encrucijada perfecta para que, en el momento oportuno, Dios se haga presente. Así aparece en el evangelio de este domingo de Adviento, cuando presenta a Juan Bautista, precursor de Jesús. En un párrafo solemne que recuerda los anales de su tiempo, dice así: «En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3,1-2). La afirmación central es una confesión de fe: vino la palabra de Dios sobre Juan. Esto sólo puede decirse desde una comprensión de la historia en la que Dios interviene, lo cual supone la fe. Sin embargo, todos los personajes nombrados son históricos. La mirada de Lucas descubre en la trama de los sucesos la presencia de Dios que comunica a Juan Bautista su palabra. Lucas, además de historiador, es teólogo. Sus palabras vienen de Dios.

Esta observación no es baladí. Con frecuencia, el hombre actual, que ha logrado grandes éxitos en el campo del conocimiento y de la ciencia, se considera a sí mismo como el centro del mundo en torno al cual todo gira. Llega a creer que todo es producto del llamado progreso, de las intervenciones políticas, de los pactos entre las naciones. Cuando se reúnen los grandes de la tierra, en sesiones que tienen el aspecto de dueños que organizan su futuro, da la impresión de que todo depende de sus decisiones, de su sabiduría política o de su poder militar. Todo está bajo el control del hombre. No es así. Basta un dato incontrolable, un suceso imprevisible para que todo se descontrole. Un chispa produce un incendio.

Cuando Juan Bautista aparece en el desierto predicando la conversión con una palabra que le viene de Dios, tiene un mensaje muy simple: Preparad un camino al Señor. Se refiere a Dios, al Dios Creador y al Señor de la Historia que se dispone a entrar en el mundo. El Bautista pide que se le haga un camino, abajando los montes y elevando los valles, como había dicho el profeta Baruc. Dios se interesa por la historia de los hombres y quiere ser un ciudadano más, llevando adelante, entre los avatares dramáticos y gozosos de sus hijos, una historia que tiene su lugar en los anales, aunque sólo sea perceptible para quien recibe la luz de la fe. Lo que se ha dado en llamar Historia Sagrada no transcurre en paralelo a la historia de los hombres. Es la misma historia en cuyo engranaje hay un hecho que la orienta hacia su culminación y plenitud: Dios ha venido a buscar al hombre. Lo ha hecho encarnándose en el seno de una Virgen, naciendo en un pueblo pequeño de Judea, recorriendo él mismo los caminos de Palestina, muriendo en la cruz sobre el Gólgota, y resucitando del sepulcro. El cristianismo no es un piadoso relato, un cuento de Navidad, un mito inventado por excelentes narradores. Es un acontecimiento histórico que perdura a través de los siglos y que hace posible que el hombre prepare a Dios un camino para encontrarse con él y ser destinatario de su amor. A esto nos invita el Adviento, porque un día vino sobre Juan la Palabra de Dios.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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