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Opinión

Dignidad en el dolor, por José Moreno Losada, sacerdote

Dignidad en el dolor, por José Moreno Losada, sacerdote

Un antiguo alumno, que se encuentra realizando un Máster de Bioética, me preguntaba sobre una cuestión que le habían planteado, en una de las materias del mismo, acerca de la integridad y dignidad del ser humano en el sufrimiento del individuo.

He de confesar que, para responderle, sólo tendría que recapitular de lo leído y estudiado en la antropología filosófica y teológica; sin embargo, mi vivir me lleva a responder desde un horizonte mucho más personal y experiencial. Me refiero, afinando cuidadosamente miles de acordes entonados en clave de ternura, a lo que está siendo la vivencia de acompañamiento a mi madre Dolores, ya anciana –hoy cumple ochenta y siete años-, en su proceso de envejecimiento -especialmente en estos seis últimos años en los que la invalidez física le va venciendo, aunque de ninguna manera ha atacado ni su integrad ni su dignidad personal, sino que, más bien, me ha hecho a mí más íntegro y, a la vez, me está ayudando a entender mucho mejor lo que es la verdadera dignidad humana-.

Ella, en ningún momento se ha roto en su identidad y en su plenitud personal, y está viviendo, con una dignidad que sobrepasa toda razón, cada día y cada momento de su debilidad y de sus necesidades, del dolor en su dependencia casi total. Es más, tiene conciencia de su valor y del que nos da a los que la cuidamos.

En estos momentos de recuerdo, pasean por mi mente dos anécdotas que lo confirman: una, al comentarle que mucha gente me pregunta por ella, se interesa por lo que yo digo y le comento que suelo decir que de cabeza está muy bien pero que el cuerpo y los movimientos regular, a lo que ella me contesta con humor que “para qué entro en partes” centre en la valoración de su integridad personal; la otra anécdota responde a una noche en que, a altas horas de la madrugada, tuve que atenderla en una necesidad… ahí me dijo que, cuando ella no estuviera, yo iba a dormir muy bien, y al preguntarle que si iba a ser porque nadie me iba a despertar, me dijo que no, que era porque ella había cuidado a mis abuelos cuando estaban dependientes y eso le había dado para siempre una tranquilidad total en su vida, y podía dormir bien.

Es, al hilo de estas vivencias, como he ido descubriendo de un modo vital verdades humanistas de raíz filosóficas y teológicas aprendidas y enseñadas en la Universidad. Por eso, ante la pregunta de la integridad y la dignidad del ser humano ante el dolor, considero que el sujeto humano es un ser de acción. Su realidad está abierta y se va realizando en la vivencia de la resolución de la vida que es, esencialmente, problemática. Dicha resolución viene dada por la toma de decisiones que, en muchos momentos, no es elección de lo que vamos a vivir, porque ya nos viene dado biológicamente, socialmente, culturalmente o históricamente, sino por cómo lo vivimos. Nosotros, ante la realidad, podemos decidir cómo vamos a vivir lo que nos sucede.

En el horizonte de las decisiones está la dignidad y la integridad del ser humano que, con sus acciones, se va realizando y unificando en sus opciones fundamentales. Las opciones fundamentales también se encarnan y se realizan en el modo de vivir el sufrimiento; cada persona tiene el derecho -y la necesidad- a vivir su dolor, a poder humanizarlo y personalizarlo como un elemento más de la estructura de su propia vida. Elaborar el dolor es algo propio de lo humano, que pertenece a su integridad y dignidad. El hombre no deja de ser persona y sujeto en el dolor. Pero, por lo mismo, dada su integridad y dignidad, tiene derecho a ser respetado en dicho dolor y poder reivindicar su propia dirección en la toma de decisiones sobre su dolor; todos los demás -técnicos, familiares, sociedad- hemos de ser colaboradores de esa dignidad e integridad, poniéndonos a su servicio para que pueda crecer y definirse como persona también en las circunstancias de dolor, no robándole su protagonismo y sus decisiones, siempre en el marco del respeto a la integridad y la dignidad de la vida humana, que no es patrimonio de nadie.

Por tanto, el ser humano, por su integridad, está llamado a elaborar su dolor e integrarlo en la construcción de su persona y su proyecto propio. El hombre se hace íntegro cuando vive y humaniza su propio dolor como un elemento más de su existencia. No hay vida sin dolor integrado. En consecuencia, el hombre -en razón de su dignidad- debe ser respetado en dicho proceso y no anulado. La realidad debe ser colaboradora con él en la vivencia del dolor y no usurparlo. Todo hombre tiene derecho a tomar sus propias decisiones en la elaboración y vivencia del dolor. Mi madre, en su ancianidad, lo está haciendo; ella va viviendo su decrecimiento biológico como lugar de crecimiento personal único y, desde sus límites aceptados, nos está propiciando a todos nosotros un tesoro que todavía no sabemos valorar convenientemente, pero que ya nos está dando vida, cuando sabemos acogerlo como ella lo vive y lo da. Cada vez estoy más convencido, también en la vivencia del dolor y del sufrimiento, que cuando sabemos despojarnos en el ámbito de lo profundo, y desde ahí vivimos la realidad que nos toca, descubrimos que hay una pobreza – manifestada en debilidad, enfermedad, dolor y límites- que nos enriquece con un tesoro que nada ni nadie nos puede quitar.

Gracias, madre, y gracias a todos los que vivís el dolor con una dignidad que no conoce de límites, de enfermedades y de sufrimientos, si no es integrándolos y elevándolos. Esta dignidad nos da hasta para celebrar; hace unos días, unos amigos de “ARS CREATIVA 21” -articulan piano, canto y pintura- quisieron homenajear a mi madre en su propia casa y salón. Hoy, ella -orgullosa de ser tan querida en su debilidad- os regala su concierto:

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=3XaOKNJlNIo

 

 

 



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