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Difuntos, no muertos, por Cristina Inogés

Morir, lo que se dice morir, morimos todos. Sin embargo, no todos acabamos muertos. ¿Cómo entender esto? Utilizamos muchas palabras como si fueran sinónimos cuando no lo son.
Estos días escuchamos hablar de muertos, de miles de muertos, pero apenas escuchamos hablar de difuntos. Los pocos que utilizan este último término tienen una proyección mediática limitada fuera de su ámbito de influencia y, por eso, la mayoría de la gente o no presta atención o se queda sencillamente con los muertos.
La diferencia entre muerto y difunto, aunque para muchos no deje de ser un individuo sin vida, es inmensa. Supone la diferencia entre la nada o la Vida; la oscuridad o la Luz; el vacío o el Absoluto. La palabra «muerto» nos señala a la persona cuyos signos vitales han desaparecido, es decir, su vida ha terminado; la palabra «difunto», se refiere a una persona que ha cumplido una función, pero cuya vida no ha terminado porque vive de otra manera.
En estos tiempos de COVID-19, de pandemia, de soledad, de muerte sin despedidas, sería muy importante que se resaltara esta diferencia. Quienes lo hacen son, habitualmente, los sacerdotes y las personas con la sensibilidad suficiente como para transmitir esperanza en medio de este inmenso dolor que nos toca vivir. Acompañar a las familias que han hecho frente ya a varios duelos —la entrada del familiar en el hospital, la soledad allí, no poder acompañar en los últimos momentos, y no poder despedirlo en el entierro no dejan de ser duelos— y van a tener que hacer frente al último duelo que les va a llevar a volver a vivir lo pasado, no es ni será tarea sencilla y menos en las actuales circunstancias donde los funerales van a estar a la orden del día.
La esperanza tiene mucho de alegría serena dentro del dolor. Nos sirve para sentir que nuestro ser querido está en la Vida y que allí sigue su existencia.
Los seres humanos, como seres abiertos al futuro, deberíamos entender —y se nos debería explicar de forma que lo entendiéramos bien— que todo lo que tenemos en esta vida es limitado, perecedero y que por eso tiene un fin, sin embargo, como una paradoja más del cristianismo, la esperanza aparece, es más, forma parte de la estructura del hombre como espíritu encarnado que es para abrirnos a un futuro sin límite.
Sin esperanza no podemos vivir; sin ella la vida es muerte directamente. Decía Julián Marías, en una entrevista concedida en 2003, que «quien crea que cuando alguien muere se acaba, no ha querido a nadie de verdad». Puede parecer un poco drástica la expresión, pese a todo, es una forma de expresar lo que es la esperanza en este momento: querer que nuestros seres queridos vivan. La esperanza no depende de un estado emocional —ahora me pasa esta desgracia y tengo esperanza en un futuro mejor—, la esperanza es connatural a la persona creyente, pero no depende de nosotros. Es un don, pura gracia, por eso es importante acompañar en la apertura a Dios, que nos entregó a su Hijo, en este tiempo de dolor y soledad para muchas personas.
El duelo hay que pasarlo y no hay que intentar ahogarlo. La esperanza tiene que hacerse presente en ese proceso, como bálsamo que cura la herida pero que no disimula la cicatriz. El dolor es una forma de recuerdo y de amor hacia esa persona. Si somos capaces de acompañar bien, las personas percibirán que sus seres queridos son difuntos con nombre, no muertos con número. ¡Aleluya! que seguimos en Pascua.

Por Cristina Inogés
Laica, teóloga y escritora

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