Cartas de los obispos

Dificultad para los cristianos en el diálogo interreligioso, por Braulio Rodríguez Plaza

La comunidad cristiana siempre está en situación de dar razón de su fe. También la Iglesia Católica que vive en Toledo, Diócesis con muchos siglos vividos y que, a lo largo de ellos, ha tenido muchos interlocutores no cristianos. Esto mismo se puede decir en la actualidad, en una sociedad muy diversas, con muchas tendencias, con personas ajenas al hecho religioso que supone el cristianismo. Hoy se habla mucho de separación entre lo “religioso” y lo “civil”. Y nosotros aceptamos, sí, la separación Iglesia/Estado en nuestra Constitución y queremos libertad para vivir la fe y la educación de nuestros hijos, porque estamos convencidos del bien que aportan los discípulos de Cristo a la sociedad que nos rodea.

Pero es preciso ser muy perspicaces, porque una separación ideológica de lo “religioso” y lo “civil” lo que hace es retirar a Cristo y al acontecimiento de Cristo, como el que acabamos de celebrar de su nacimiento y su manifestación en Navidad, de todo significado fuerte en la vida humana real. Para la llamada tradición secular o laicista las “religiones”, sobre todo la católica, y “sus ritos” se caracterizan, ante todo, por fundarse en un sistema de “creencias” o “ideas”, en definitiva, en “mitos”, naturalmente desde el punto de vista de esa tradición secular o laicista.

Nosotros mismos, con frecuencia, damos la impresión de que nuestra fe (y nuestra moral) consiste en un sistema de ideas, dotado, eso sí, de una lógica interna, bien articulada, donde todo tiene su sitio ya establecido y determinado de antemano, y donde apenas hay lugar para el asombro. No es preciso subrayar que las creencias, así construidas, pertenecen para la tradición secular y laicista al orden de lo espiritual, de lo interior. Y siempre que permanezcan en el ámbito de lo privado irrelevante, serán “respetadas” en esa sociedad secular y laicista. Lo que esta sociedad no puede soportar es, por una parte, que alguien pretenda que su “ideas” quieran definir o configurar la realidad.

Se nos dice, también en alguna derecha política, que las religiones, como es el caso de los católicos, es preciso, en un estado moderno y “progresista”, que sean recortados nuestros “mitos”. Por otra parte, y eso es aún más importante y serio, esa sociedad no soporta que alguien (una persona o una comunidad) pretenda que sus prácticas religiosas, y su educación a ellas, no se fundamentan en ideas, sino en una pertenencia que es más decisiva en la vida que la pertenencia al estado. Esa pertenencia se enraíza en la historia y su verdad se verifica en la historia. Somos algo más que un catecismo con unas cuantas verdades para creer y unas pocas normas para obrar, aunque necesitemos de catecismo, de un Credo y de los diez mandamientos, que, además, desde Cristo, se reducen a dos.

Una de las enseñanzas claves del Concilio Vaticano II se halla quizá en la constitución dogmática Dei Verbum sobre la revelación divina. Según esta enseñanza, la revelación tiene lugar “en obras y palabras”, esto es, en una historia que es la historia del amor, la misericordia y la paciencia de Dios con los hombres, que culmina en la Encarnación del Verbo y en su obra redentora. Dicho de otro modo, la revelación y la redención son acontecimientos, hechos, cuyo significado las palabras –perfectamente humanas, perfectamente históricas- de los profetas o de los Apóstoles, ayudan a comprender. En estos hechos, es Dios quien se comunica, quien se dona a sí mismo, quien va educando con paciencia infinita al ser humano, hasta que, en la persona y la obra de Cristo, Dios se da plenamente. La revelación, pues, no es separable de la redención: ambas coinciden enteramente. Y ambas no son doctrinas, son un acontecimiento. Más aún, son una persona, Jesucristo. Una persona que cambia la vida, y que cambia la historia. Pero no una historia que sucedió hace 2000 años, sino que se ofrece hoy. Y es un acontecimiento que no se puede diluir, rebajar o reducir: o Cristo ha vencido a la muerte o no ha vencido a la muerte. Si no ha resucitado, el cristianismo es una necedad. Pero si ha resucitado, todo es distinto en la vida, y en todas las cosas del mundo.

Por todo esto, no hay más que una forma esencial de lenguaje cristiano. Es la del testimonio. Es la única forma que corresponde plenamente a la naturaleza propia del acontecimiento cristiano. No hay atajos. Sin testimonio cristiano no hay cristianismo. Eso es lo que son los evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de san Pablo y el resto del Nuevo Testamento.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Administrador Apostólico de Toledo

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