Carta del Obispo

Dictaduras encubiertas y errores de base

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

No es fácil entenderse ante la extraña combinación de los discursos de muchos presentando lo que dicen ser sus convicciones personales, e incluso institucionales, por una parte, y por otra, los comportamientos claramente contrarios que las mismas personas o instituciones ejercen sin pudor alguno. La razón parece muy sencilla: a la hora de discurrir y decidir no todos logran distinguir entre las razones y las pasiones, entre las ideas y los afectos, entre los prejuicios y las valoraciones bien fundadas. De ello tenemos abundantes y elocuentes muestras que nos llegan con frecuencia en el discurrir de la vida social, política, económica, educacional, etc.

Por este camino, la sociedad se corrompe, se dificulta el ejercicio de las libertades, se imposibilita el entendimiento razonable entre las personas y entre las instituciones, y se van minando las bases de una verdadera democracia. No podemos olvidar que la democracia no se agota en el voto más o menos cautivo de arrebatadoras promesas de inseguro cumplimiento, ni en la simple alternancia de ideologías o estilos en el ejercicio del gobierno de la nación.

Nuestra preocupación debe ser procurar el acercamiento entre las personas, la exposición razonada y razonable de los propios criterios y convicciones, la búsqueda del equilibrio constructivo entre la vida individual y social, y la verdad que puede sustentar los proyectos y acciones de cada uno y de cada institución ordenados al bien común. Para ello, lo primero es que cada uno nos preguntemos: cuál es mi idea sobre esto o aquello; en qué se funda o se basa esta idea; qué relación hay entre la realidad, mis ideas, mis comportamientos y la verdad o la justicia que deseo para mí en todo.

En una sociedad excesiva, y peligrosamente lanzada hacia lo inmediato, hacia lo material, hacia lo que coincide con mi forma peculiar de ver las cosas, y con la decisión exclusivamente subjetiva de obrar de un modo u otro en función del ejercicio de la libertad sin fronteras y del bienestar material, es cada vez más urgente la reflexión personal y colectiva; una reflexión que parta del ánimo limpio y comprometido con la búsqueda de la verdad, con el empeño por la justicia, con el interés puesto en el bien común, y con el respeto a los derechos y libertades ajenas.

Todos estos requisitos exigen de nosotros un esfuerzo continuado y una revisión plenamente sincera de las actitudes que nos mueven a actuar de una forma u otra.

¿Aceptarían los piquetes sindicales que se ejerciera sobre ellos la misma presión y con el mismo estilo cuando tuvieran que tomar decisiones dentro de su vida familiar y en cuestiones sobre las que hay serias discrepancias entre los esposos o entre los padres y los hijos?

¿Aceptarían los partidos políticos que se tergiversaran sus principios y manifestaciones programáticas de modo semejante a como se manipulan los de los otros en función del propio éxito? Ya lo vemos.

¿Aceptarían que se les cerraran las puertas de su libre decisión quiénes presionan hasta el extremo a jóvenes que no renuncian al legítimo derecho y deber de procurar la defensa de la vida de un hijo cuando es prematuro e inesperado?

¿Aceptarían, como solución al incumplimiento ajeno de contratos más o menos claros, que se les dejara en la calle, o que se les gravara con cargas insostenibles sobre todo si se encontraran en una situación límite? Sabemos que no son extraños los comportamientos delictivos de instituciones y personas para satisfacer sus proyectos o sus ambiciones, aun a sabiendas de que, si fuera otro quien hiciera eso, ellos mismos se lanzarían a la crítica e incluso a la denuncia y a la difamación.

Vivimos tiempos duros en cuya situación todos tenemos, de algún modo, parte de responsabilidad directa o indirecta. Nos hiere el alma y nos rompe el ánimo constatar, en carne propia o ajena, las extremas carencias materiales y espirituales a que se ven abocados hombres y mujeres cercanos a nosotros, y pueblos enteros en número creciente cada día.

Todos somos sensibles, al menos emotivamente, al dolor que ello causa en quienes lo sufren; y fácilmente detectamos y manifestamos la injusticia que subyace a cada situación de estas. Sin embargo, paradójicamente y de modo muy frecuente y variado, podemos actuar conscientemente de modos que contribuyen a dichas situaciones deplorables.

Por todas partes urge una revisión de comportamientos, de las actitudes que las causan y de los convencimientos e influencias de los que estas nacen. Pero esto no puede realizarse a solas; requiere abrir los ojos y los oídos al conjunto de la realidad, de la vida social y de las verdades que pueden fundamentar, legítima y consistentemente, la vida de las personas, de las instituciones, de los grupos de poder, de los medios de comunicación y de los instrumentos al servicio de la propia forma de pensar.

La cantidad y sucesión de los acontecimientos que condicionan tan dolorosamente la vida de muchísimas personas y de la sociedad misma en su conjunto nos están hablando de la urgencia y seriedad con que debemos hacernos planteamientos profundos y sinceros.

Para los cristianos, la palabra de Dios, que nos llega a través del Magisterio de la Iglesia, es principal y definitiva. Aprovechemos la ocasión y seamos honestos con el prójimo y coherentes con nuestra fe. Buena ocasión para ello es el Año de la Fe que estamos celebrando en la Iglesia universal.

Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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