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Día Mundial contra la Trata: La vida puede más

Quisiera comenzar recordando las palabras que nos dirigían los obispos españoles a través de la Declaración El drama humano y moral del tráfico de mujeres de la LXXVI Asamblea Plenaria de la CEE, en abril del 2001.

Este mismo texto acompaña la exposición fotográfica «Punto y seguimos. La vida puede más»: Un material elaborado por el Departamento de Trata de Personas de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, que muestra la realidad de la trata de personas a través de las palabras e imágenes de personas supervivientes de este delito, que atenta contra su dignidad y vulnera sus derechos fundamentales.

«Queremos insistir en la urgente necesidad de educar en una cultura asentada firmemente en valores como la dignidad insobornable de todo ser humano y el respecto a sus derechos; y poner los medios necesarios para que estos comportamientos degradantes sean objeto de una firme reprobación ética y social. Mirar como Dios mira a estas personas, a toda persona humana, exige actitudes básicas como el amor, el respeto, la compasión por tanto dolor provocado y la indignación por cuanto tiene de injusticia evitable».

Ya en el año 2001, los obispos alertaban de esta realidad, de sus graves repercusiones y de la necesidad de asumir la responsabilidad de abordar las causas más profundas, que tienen que ver también con los valores fundamentales que reconocen la dignidad de todo ser humano. Se trata de un llamamiento urgente a transformar la mirada, para reconocernos como personas con dignidad, únicas, irrepetibles, creadas por amor a imagen y semejanza de Dios. La trata de personas con fines de explotación sexual es la más común en nuestro país.

Un negocio muy lucrativo que se sostiene y expande por el crecimiento continuo de personas dispuestas a pagar por ello. El Papa Francisco, en las Orientaciones Pastorales sobre Trata de Personas (Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral), dedica un espacio al tema de la demanda e incide en ello de forma significativa. La Iglesia, además de acompañar a las víctimas en sus procesos de recuperación y crear espacios de acogida, está llamada también a salir al encuentro de quienes están siendo explotadas en las calles de nuestras ciudades, a denunciar las estructuras que lo sustentan y a colaborar activamente sobre las causas que la provocan.

La demanda es una de ellas. Continúa el documento, dirigiéndose en particular a las víctimas: «A vosotras mujeres, que sufrís la terrible degradación que supone esta explotación, os animamos a sacar fuerza de la debilidad. Somos sensibles a vuestra grave y penosa situación que tanto dolor os causa y nos causa. Sabemos que os es difícil rehacer vuestra vida, pero no es imposible. Contáis para ello con instituciones, asociaciones y un voluntariado que están dispuestos a ayudaros y acompañaros, compartiendo vuestro sufrimiento». Hace ya veinte años que los obispos, en esta misma declaración, nos hacían este llamamiento: «A nuestras comunidades eclesiales, a todos y a cada uno de sus miembros, les pedimos que sean hogar abierto para las víctimas, promuevan respuestas de acogida; ofrezcan medios aptos de atención, integración laboral y la rehabilitación social y comunitaria, y contribuyan a la denuncia profética de las estructuras de pecado que sustentan este fenómeno».

Una llamada que seguimos haciendo nuestra en cada paso que vamos dando desde que se creó el Departamento de Trata de Personas, que tiene, entre otros objetivos, visibilizar esta realidad oculta, sensibilizar y concienciar sobre la importancia de implicarnos y comprometernos para acabar con esta lacra que, en palabras del Papa Francisco es «una herida en el cuerpo de Cristo».

Estamos llamados a ser altavoz de aquellas y aquellos a quienes se silencia día a día, y nada mejor que compartir contigo, que estás leyendo estas líneas, las palabras que he recibido de quienes han sobrevivido a la trata y la explotación. Este es un extracto del testimonio de una mujer que realizó su proceso en Proyecto Esperanza-Adoratrices, y compartió sus razones para escribir y alzar la voz. Así se expresaba en el Círculo del Silencio on line, organizado por el Departamento de Trata, celebrado el día 2 de febrero de 2021, con motivo de la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata: «Escribo por las que caminan erguidas en la calle, saludando con tranquilidad, cuando por dentro quisieran gritar que el mundo les duele, que el mundo las mata. Escribo por las mujeres que nadie ve llorar, porque traen un río de llanto en el alma (…) Por las que han perdido la esperanza, por las que se sienten derrotadas sin decirlo. Por las que vieron su vida pasar por la ventana. Por las que queremos dejar de llorar, pero no podemos. Por aquellas valientes que, a pesar de los miedos, dan un paso adelante y nunca un paso atrás. Gracias por ser su voz y por darme una nueva oportunidad de vivir». Unas palabras emocionantes de agradecimiento y de recuerdo para todas aquellas mujeres que continúan atrapadas y en las que nadie repara, que se sienten ignoradas, incluso despreciadas, y que en su interior sufren el desgarro de una ofensa dolorosa a su dignidad y a su integridad.

Para finalizar, no quiero dejar de mencionar a todas aquellas personas que también son víctimas de trata con otros fines de explotación. Aunque menos conocidos y aún más invisibilizados, vemos cómo aumenta el número de víctimas identificadas para la comisión de actividades delictivas, los matrimonios forzados y la explotación laboral en el servicio doméstico. En estos casos, la inmensa mayoría son también mujeres. La trata de personas tiene rostro de mujer, eso es indiscutible, pero no por ello debemos olvidar que también se identifican anualmente a hombres como víctimas de trata con fines de explotación laboral. Muchas son las causas de este drama: la desigualdad, la pobreza, la injusticia, y tantos factores que provocan situaciones de vulnerabilidad propicias para la captación. El Papa Francisco también nos invita a todos a comprometernos, cada uno puede aportar su granito de arena. El mensaje que lanza en el número 211 de la Evangelii Gaudium es para todos.

María Francisca Sánchez Vara

Directora del Secretariado de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana



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