Cartas de los obispos

Día de Reyes: Somos regalo de Dios y regalo para los demás, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas

domingo 5 de enero de 2020

Mañana celebramos una fiesta muy importante en el calendario cristiano: la fiesta de la Epifanía. Esta palabra, que procede del griego, significa «manifestación» y quiere expresar la manifestación de Jesús al mundo entero. De esta manera, se inician una serie de manifestaciones del Señor que iremos celebrando sucesivamente en la liturgia y que nos van revelando o desvelando aspectos importantes del misterio de Jesús: el 6 de enero es la manifestación de Jesús al mundo pagano, a todas las gentes representadas por los Magos, porque todo pueblo, lengua y nación, es acogido y amado por Él; el próximo domingo, con la fiesta del Bautismo de Jesús, visibilizamos la revelación de Jesús al pueblo judío; y el domingo siguiente, recordaremos la manifestación de Jesús a sus discípulos en las bodas de Caná.

La fiesta de Epifanía nos ayuda a penetrar en el misterio de la catolicidad: Jesús ha venido para ofrecernos su propuesta de salvación y de vida plena a todos los seres humanos, de cualquier raza y condición, de cualquier clase social, edad o cultura. Se trata, pues, de una fiesta que nos sitúa ante aspectos importantes para nuestra vida cristiana y nuestra condición eclesial como son la universalidad, la urgencia de la misión, la apertura y el diálogo con el mundo. En aquellos Magos que adoraron al Niño descubrimos la condición de la fe que siempre es búsqueda, contemplación y misión.

Pero además esta fiesta del 6 de enero es una fiesta entrañable muy querida por los niños. Previamente, la noche del 5 de enero se convierte para todos en una noche especial. En cierta manera nos hace a todos un poco niños y nos vincula especialmente con ellos. Acogemos de algún modo la llamada de Jesús a hacernos niños para entrar en el Reino de los cielos (cf. Mt 18,3). La fiesta de los Reyes Magos, tan popular en nuestro país, que viajaron a Belén, para postrase ante el Niño y ofrecerle sus regalos, es la oportunidad para intercambiar igualmente regalos con las personas a las que queremos. Una costumbre propia de este día, que ya es característica de las fiestas de Navidad. Por ello, quiero deciros una palabra sobre el regalo, aunque sea brevemente, en esta reflexión.

El regalo es un símbolo. En nuestra sociedad, tan racionalista en tantas ocasiones, necesitamos de los símbolos que nos ayudan a expresar aquellos aspectos de la vida que son difíciles de verbalizar. Cuando hacemos el regalo estamos expresando el cariño que tenemos hacia una persona, lo que significa ella para nosotros. Cuando lo recibimos, el regalo nos alegra, nos une, nos hace sentirnos bien porque supone que alguien ha pensado en nosotros. Es el símbolo de la urgencia que tenemos de vinculación, de relación-religación con las personas, que es precisamente lo que nos ayuda a sentirnos como tales. A través de ese símbolo, estamos manifestando el amor hacia alguien que es lo más propio de nuestra condición humana: nacimos del amor y estamos hechos para amar.

Por eso, el regalo tiene que estar marcado por la gratuidad. El amor verdadero no está condicionado por esperar la respuesta. Así es siempre el amor de Dios. Esta condición de la gratuidad es muy importante, pues aleja de nosotros tentaciones utilitaristas o mercantilistas que deforman el sentido del regalo. La gratuidad nos sitúa en su espíritu auténtico: te doy por lo que supones para mí, te doy porque quiero verte feliz, te doy sin esperar nada a cambio… En este sentido el regalo, ya no material sino el de uno mismo (tiempo, compañía, atención), es un gran signo de gratuidad.

Junto a la gratuidad, me gustaría subrayar también otra característica que ha de marcar esta dinámica de regalar: la austeridad. Cada día hemos de descubrirla como más importante. Y no solo por la conciencia ecológica que se va despertando entre nosotros y que nos hace percibir la condición limitada de nuestro planeta. La austeridad, la vida sencilla, en medio de una sociedad consumista, nos permite tomar conciencia de que en el consumismo no está la felicidad y de que el tener muchas cosas no significa bienestar. Hemos de descubrir la alegre certeza de que «menos es más». «La espiritualidad cristiana, nos dice Papa Francisco, propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos» (Laudato Si, 222). Desde la austeridad se nos da la posibilidad de abrirnos mejor a los demás y a Dios y de percibir así el sentido auténtico de las cosas.

En el Niño de Belén, en su fragilidad y pobreza, percibimos especialmente el regalo que Dios nos hace en Jesús. Ese regalo que se prolonga en el misterio de cada uno de nosotros, si correspondemos con esa bendita misión de ser también unos para otros regalo, don. Todos somos regalo recibido y estamos llamados a ser un regalo para todos. Ese es el profundo sentido del intercambio de regalos, sin que el centro de Navidad seamos nosotros sino Jesús. Que la luz de su estrella ilumine los caminos de este año que estamos comenzando. Y que nos regalemos unos a otros cada día la Luz que hemos recibido en esta Navidad.

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