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Carta del Obispo Iglesia en España

El día 9 de enero hace trece años, por Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

demetrio fernandez

El día 9 de enero hace trece años, por Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

Queridos amigos e hijos en la diócesis de Córdoba. El 9 de enero es una fecha señalada en mi calendario personal, y es una fecha que afecta a la vida de la diócesis. Ese día, hace ya trece años (el 9 de enero de 2005) fui consagrado obispo para servir a la Iglesia en este ministerio. En ese mismo día, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Eulogio (c. 800-857), mártir de Córdoba, que había sido elegido arzobispo de Toledo, pero no llegó a ocupar la sede toledana, porque días antes alcanzó el martirio en Córdoba. Feliz coincidencia, no pretendida, pero prevista por Dios en su amorosa providencia.

Las normas litúrgicas señalan que ese día recéis especialmente por el obispo, para que cumpla su ministerio como Dios manda. Os lo agradezco de antemano a todos los que lo hagáis, como lo hacéis a diario al mencionar el nombre del obispo en la Eucaristía y en otros momentos de vuestra oración. La oración nos introduce y alimenta en un clima de fe, en el que podemos apoyar todo lo bueno con nuestro deseo y colaboración.

Estoy muy contento de servir a la Iglesia como obispo, y estoy especialmente contento de servirla en esta diócesis de Córdoba. Puedo deciros que me siento muy contento de ser “cura”, sin más. Durante treinta años he sido presbítero en la diócesis de Toledo, como sabéis. Y he sido muy feliz en los distintos servicios que el arzobispo de Toledo me iba encomendando: párroco, profesor, tareas diocesanas de gobierno, formador en el Seminario, etc.

Me ha sostenido siempre el trato asiduo con el Señor. Él no me ha fallado nunca, él ha sido muy comprensivo conmigo siempre, me he sentido muy querido por el Señor y me he sentido muy a gusto con él. Doy gracias a Dios por tantas personas que ha puesto en mi camino de formación y de ayuda para perseverar en su santo servicio. No sólo superiores, formadores y director espiritual, sino tantas personas a las que he servido y me han edificado por su testimonio de fe y de vida cristiana: personas consagradas, matrimonios y familias, jóvenes, adultos, ancianos, tantos y tantos.

Un día me llamaron por teléfono de parte del Papa Juan Pablo II y acudí a la Nunciatura en Madrid. Es un momento inolvidable. “El Santo Padre le ha nombrado obispo de Tarazona”, me dijo Mons. Monteiro. “Vaya a la capilla y me da la respuesta”. Fui a la capilla de Nunciatura y le respondí: “Si me lo dice el Papa, como si me lo dijera Dios mismo”. Y acepté este nuevo servicio. Toda la gente de mi entorno lo consideraba como un honor para mí. A mí, sin embargo, me suponía salir de mi tierra y de mis gentes e ir en la fe a una tierra desconocida. Para mí, ese y los momentos sucesivos fueron un acto de fe sostenida en la voluntad de Dios que me señalaba otros caminos. Y he sido muy feliz en Tarazona, con mis aciertos y mis deficiencias. El Señor ha seguido siendo el mismo de siempre y encontré buenos colaboradores que me hicieron fácil la tarea.

Y otro día, pasados cinco años, me llamaron de parte del Papa Benedicto XVI, y acudí a Nunciatura para recibir la misión de servir a la diócesis de Córdoba, en la que cumplo ocho años dentro de pocas semanas. Sería largo contaros todo lo vivido en Córdoba, la diócesis del santo en cuya fiesta fui ordenado obispo. Deciros que me siento muy contento de poder serviros como obispo, como “cura” de tantos fieles a los que he podido visitar en sus respectivas parroquias a lo largo de seis años de Visita pastoral, que ahora estoy recorriendo en segunda vuelta.

Sobre todo he encontrado muchos y muy buenos presbíteros, próvidos cooperadores del obispo en la misión común. He encontrado muchos, muchísimos fieles laicos, -inolvidable el reciente Encuentro diocesano de laicos, 7 de octubre 2017-, cuya fe y testimonio me conmueve continuamente. He encontrado religiosos y consagrados en tantos campos, que gastan su vida en la entrega a Dios y en el servicio a los demás.

Rezad, rezad por el obispo. En esta fecha y siempre. Yo os lo agradezco de veras. Que sea santo, que sirva a la diócesis desde el Corazón de Cristo, que no busque ningún interés humano, sino solamente gastar mi vida por el Señor, que tanto me ama, y gastarla para que todos le conozcan y le amen más.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

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