Papa Francisco

«Detrás de cada papel hay una historia, hay unas caras». Discurso del Papa Francisco a los participantes en el Congreso Mundial de Contables

«Detrás de cada papel hay una historia, hay unas caras». Discurso del Papa Francisco a los participantes en el Congreso Mundial de Contables (14-11-2014)

¡Buenos días a todos ustedes!

Les dirijo mi cordial bienvenida con ocasión de su Congreso Mundial, y doy las gracias a la señora presidenta de la Federación Internacional por sus palabras introductorias. Ustedes se han dado cita para analizar una visión  compartida del futuro, confrontando las diferentes experiencias llevadas a cabo en sus países de procedencia. Se trata de un momento importante tanto para afrontar las problemáticas que  caracterizan hoy a su profesión como para volver a tomar conciencia de que esta constituye también un servicio a la colectividad. Y, en el marco de su Congreso, han querido ustedes insertar este acto, que les trae a la memoria el Evangelio de Jesucristo, fuente perenne de inspiración para la renovación personal y social.
El actual contexto socioeconómico plantea de manera apremiante la cuestión del trabajo. La cuestión del trabajo: este es el punto clave. Desde su observatorio profesional, ustedes  se dan cuenta con toda claridad de la dramática situación de tantas personas que tienen un empleo precario o que lo han perdido; de tantas familias que pagan las consecuencias de ello; de tantos jóvenes en busca de su primer empleo y de un trabajo digno. Son muchas las personas –especialmente inmigrantes– que, obligadas a trabajar «en negro», carecen de las más elementales garantías jurídicas y económicas.
En semejante contexto, se revela más fuerte la tentación de defender el interés propio sin preocuparse por el bien común, sin prestar demasiada atención a la justicia y a la legalidad. De ahí que se exija a todos –especialmente a cuantos ejercen una profesión relacionada con el buen funcionamiento de la vida económica de un país– que jueguen un papel positivo, constructivo, en el desempeño diario de su propio trabajo, sabiendo que detrás de cada papel hay una historia, hay unas caras. En este afán que, como decíamos, requiere la cooperación de todos, el profesional cristiano encuentra cada día en la oración y en la Palabra de Dios fuerza, ante todo para hacer bien su propio deber, con competencia y sabiduría, y, después, para «ir más allá», lo que significa salir al encuentro de la persona en dificultad, ejercer esa creatividad que le permite a uno hallar soluciones en situaciones atascadas, hacer valer las razones de la dignidad humana ante la rigidez de la burocracia.
La economía y las finanzas son dimensiones de la actividad humana, y pueden dar lugar a encuentros, diálogos, colaboraciones, reconocimientos de derechos y prestaciones de servicio, afirmaciones de dignidad en el trabajo. Pero para ello es preciso poner siempre en el centro al hombre con su dignidad, contrarrestando las dinámicas que tienden a homologarlo todo y a encumbrar el dinero por encima de todo. Cuando el dinero se convierte en fin y razón de toda actividad y de toda iniciativa, prevalecen una visión utilitaria y las lógicas salvajes del beneficio económico que no respeta a las personas, con la consiguiente caída generalizada de los valores de la solidaridad y del respeto a la persona humana. Cuantos trabajan de una u otra forma en la economía y en las finanzas están llamados a tomar decisiones que favorezcan el bienestar social y económico de toda la humanidad, dando a todos la oportunidad de llevar a cabo su propio desarrollo.
Ustedes los contables, en su actividad, entran en contacto con empresas, pero también con familias y con particulares, para ofrecerles su asesoramiento económico-financiero. Los animo a trabajar siempre de manera responsable, fomentando relaciones de lealtad, de justicia y, si es posible, de fraternidad, afrontando con valentía sobre todo los problemas de los más débiles y de los más pobres. No basta con dar respuestas concretas a interrogantes económicos y materiales; hay que suscitar y cultivar una ética de la economía, de las finanzas y del trabajo; hay que mantener vivo el valor de la solidaridad –palabra que hoy en día corre el peligro de ser expulsada del diccionario–, de la solidaridad concebida como actitud moral, expresión de la atención al otro en todas sus exigencias legítimas.
Si queremos entregar mejorado, a las generaciones futuras, el patrimonio medioambiental, económico, cultural y social que hemos heredado, estamos llamados a asumir la responsabilidad de trabajar por una globalización de la solidaridad. La solidaridad es una exigencia que dimana de la propia red de interconexiones que se desarrollan en virtud de la globalización. Y la Doctrina Social de la Iglesia nos enseña que el principio de solidaridad se hace realidad en armonía con el de subsidiariedad. Gracias al efecto de estos dos principios, los procesos prestan servicio al hombre y crece la justicia, sin la cual no puede haber paz auténtica y duradera.
Al tiempo que les dejo estos sencillos motivos de reflexión, encomiendo a cada uno de ustedes y su labor a la protección de la Virgen María. Los bendigo de corazón y les pido, por favor, que recen por mí. Gracias.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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