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Detectar y combatir la cardioesclerosis, la gran enfermedad de nuestro mundo – editorial Ecclesia

Detectar y combatir la cardioesclerosis, la gran enfermedad de nuestro mundo – editorial Ecclesia

Los titulares, las frases redondas, son una especialidad, un don, del Papa Francisco. «Hoy hace falta una revolución de la ternura en este mundo que padece la enfermedad de la cardioesclerosis» es una reciente frase suya, expresada tal cual en una reciente entrevista al semanario belga «Tertio», de la que informamos en la página 36. El interlocutor se sorprende y repregunta: «¿La cardio…?», y Francisco responde: «La cardioesclerosis».

Aunque no admitida por la Real Academia Española de la Lengua y sin ser un término médicamente científico, la palabra cardioesclerosis es muy de entender y de «traducir»: es la dureza del corazón, en suma su degeneración. Y aplicada la idea a nuestro mundo y a todos y a cada uno de nosotros, creemos que resulta de lo más oportuna e interpeladora. En medio de una sociedad tan desarrollada (ciencia, técnica, comunicación, medicina) como es la del primer mundo, el individualismo y el indiferentismo ante los demás, singularmente ante los que sufren por las causas que sean, se está generalizando en demasía entre nosotros. A ello se suma, la contradicción del creciente sentimentalismo y subjetivismo, con ribetes muchas veces pueriles y adolescentes, con que en numerosas ocasiones solemos actuar, eso sí, de modo unidireccional, esto es, solo cuando afecta en primera persona.

Al respecto, Francisco reiteradamente nos alerta del riesgo y de la amenaza de la que podríamos denominar «civilización de la indiferencia y de la insensibilidad», juzgándolo solo todo desde parámetros meramente mundanos y economicistas, anteponiendo el beneficio personal y el interés propio como criterio no solo principal, sino incluso único.

La llamada de atención del Santo Padre para prevenir y combatir la cardioeclerosis nos llega, además, en un tiempo especialmente apto para ello: las vísperas de la Navidad. Apto para ello tanto por el mensaje central de la Navidad cuanto para evitar caer en falsificaciones, maquillajes y edulcorantes varios, con que, con tanta facilidad, revestimos las celebraciones y el «espíritu» de la Navidad.

«En la Navidad, Cristo viene a proponernos cada año vida, amor y paz para toda la humanidad», afirmó Francisco el viernes 9 de diciembre al recibir a los donantes del árbol de Navidad de este año en el Vaticano. Y añadió que el pesebre (el belén o nacimiento), junto al que se coloca el árbol navideño, «nos recuerda al Niño Dios que nace pobre y humilde», lo cual nos ha también de interpelar, una vez más, acerca de la trágica realidad de los migrantes y de los refugiados. Y asimismo, el árbol de Navidad nos invita a respetar y a valorar más la naturaleza.

¿Cómo combatir, pues, durante estos días prenavideños y en los días de la fiesta del Nacimiento del Salvador la cardioesclerosis y hacerlo con propósito de la enmienda y con vocación de futuro, esto es, para que dure y nos evite las tan dañinas consecuencias del endurecimiento y la degeneración del corazón? Tomando conciencia, en primer lugar, de este mal, de esta pandemia, que, en mayor o en menor medida, nos afecta a todos. Ninguna enfermedad se cura sin antes plantarle cara y poner los medios y remedios para su sanación. Y es que ¿no nos sobrarán a todos muchas dosis —¡y hasta arrobas!—  de autosuficiencia, de autocomplacencia y de indiferencia práctica ante los sufrimientos reales de los necesitados, de los gimientes de cerca y de lejos?

En segundo lugar, se trata de descubrir la verdad de nuestra condición humana y ahora en concreto la verdad de la Navidad —la gran apuesta de Dios por el hombre, haciéndose hombre como nosotros— y como esta —nos lo acaba de decir Francisco— nos propone «cada año vida, amor y paz para toda la humanidad», no solo para uno mismo y para los suyos, sino para todos. Lo cual, dicho de otro modo, significa que con el egoísmo, el narcisismo y la indiferencia dominantes y  sin solidaridad, sin caridad, sin ternura, no hay Navidad.

Nigeria, Somalia, Egipto y Turquía se vieron sumidos el pasado fin de semana en una ola de atentados terroristas, entre cuyos objetivos se encontraron, una vez más, los cristianos. Las aguas y las costas del Mediterráneo siguen aumentando su condición del mayor cementerio contemporáneo. Entre nosotros, sigue existiendo la soledad, la tristeza, la pobreza, la injusticia, la desigualdad, el comunismo enloquecido. ¿La cardioesclerosis se convertirá también en ceguera para no verlo y atajarlo? ¿También en Navidad?

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