Carta del Obispo

Desprendidos, para ver más lejos

Domingo XXVIII. Ordinario B. 2012

Para crecer y madurar en la Voluntad de Dios nos vienen muy bien los textos de la Sagrada Escritura que nos regala la Iglesia, especialmente la sugerencia de acercarnos al Señor de verdad, porque de Él nos viene todo bien: “baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos”. Esto es sabiduría, el conocimiento de Dios, saber su voluntad y llevarla a la vida, esto es sabiduría. ¿De dónde me vendrá el auxilio?, se preguntaba el salmista, el auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra (Salmo 120). De Dios me viene la sabiduría, la misericordia, alegría, el auxilio y el júbilo. Está claro que la sabiduría es un regalo del Señor, pero tan valioso, que nada hay en la vida que lo pueda canjear por ella; se prefiera a la salud y a la belleza. Que se prefiera algo por encima de la salud y la belleza, para el hombre de hoy, ya tiene que tener valor, ¿verdad? Pero lo inexplicable es la ceguera con la que viven muchos hombres y mujeres, y lo incomprensible es que sabiendo que de Dios recibimos todos los bienes le demos la espalda…

La verdadera sabiduría es conocer a Cristo, no se trata de mucha palabrería, ni en tener creatividad en buscar las mejores argumentaciones y razonamientos en las conversaciones, su secreto está en la verdadera y voluntaria humildad que, desde el seno de su Madre hasta el suplicio de la Cruz, Nuestro Señor Jesucristo eligió y enseñó como plenitud de la fuerza (San León Magno, sermón 7, Epifanía).

Si el Señor nos habla desde la transparencia debemos ser coherentes y responderle con honestidad, es decir, dejar de aparentar lo que no somos y reconocer con humildad que estamos necesitados de su ayuda, que somos pobres hombres que no tenemos la clave de muchas cosas de nuestra propia vida y menos de la de los demás. Mi propuesta es acercarse, como el joven del Evangelio y decirle: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna? Veremos cómo el Señor nos abre horizontes, nos pedirá que despejemos el horizonte para ver más lejos, es decir, desprendernos de todo para tener sólo a Jesucristo y que nada nos estorbe para gustar de Nuestro Señor. La renuncia debe ser real, empezando por el corazón, que debe estar libre y puesto sólo en Dios.

Que Dios os bendiga

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