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Desde Tierra Santa, por Santiago Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

Sorprende y emociona pensar que estamos pisando los campos y las calles por donde caminó Jesucristo acompañado de sus padres, solo, o junto con sus discípulos. Parece que ha de oírse todavía el eco de su voz fuerte y comedida, cálida, convincente y llena de esa autoridad indefinible que gana el alma de quien la escucha. Quisiéramos descubrir sobre el polvo de los caminos las huellas de Aquél de quien principalmente se ha dicho en la Sagrada Escritura: “¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien” (Rom. 10, 15). Pero una vez más quedan ocultos a los ojos humanos los misterios de Dios. Y notamos la falta de una fe verdadera, limpia, firme y constante. Quisiéramos que el Espíritu Santo nos concediera en este momento la fe necesaria para que  se cumpliera en nosotros la enseñanza de Jesucristo: “En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel  monte: Trasládate desde ahí hasta aquí, y se trasladaría” (Mt. 17, 20).

Pero no es correcto pedir a Dios milagros con los que llenar los vacíos ocasionados por nuestra debilidad e indolencia espiritual. Es indispensable que renovemos el propósito de cultivar el don de la fe que recibimos en el Santo Bautismo, y para la que el Espíritu del Señor vino a nosotros en el sacramento de la Confirmación.

El esfuerzo por cultivar y purificar el don de la fe nos permite valorar más la riqueza de este regalo divino. Por la fe abrimos los ojos del alma a unos horizontes que trascienden los límites de lo creado y nos permiten percibir la presencia y la obra permanente de Aquel que es desde siempre, que vive para siempre, y que nos busca en cada momento para que vivamos con Él un gozo inimaginable: el gozo de la paz interior estimulada por la esperanza  mientras vivimos en la tierra; y la felicidad plena, sin sombra ni interrupción alguna, que brota al sentirse amado infinitamente  por Dios y de “estarse amando al amado”, como dice S. Juan de la Cruz.

Hemos peregrinado a Tierra Santa para encontrarnos con las raíces de la fe cristiana en el Hijo de Dios, que ha venido para salvar  a la humanidad esclavizada por el pecado. Llegamos a Tierra santa deseando convertir en una sincera y humilde plegaria cada uno de nuestros pasos, cada una de nuestras miradas a los lugares y a las piedras que nos recuerdan a Jesucristo vivo, muerto, resucitado y subiendo gloriosamente a los cielos para prepararnos un lugar allí, junto a Él. Esto mismo pidió Jesucristo al Padre al concluir la última Cena,  expresando con estas emocionantes  palabras el motivo, el objetivo y la razón última de su vida, pasión, muerte y resurrección: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo”· (Jn. 17,  24).

Es un inmenso regalo del Cielo poder vivir, en el Año de la Fe, el encuentro con Jesucristo allí donde se predicó el Evangelio por primera vez; allí donde el Evangelio no quedaba encerrado en la limitación de unas palabras humanas, sino que se convertía en mensaje vivo de amor. Aquel que lo comunicaba era el mismo Amor, era el mismo Dios. Era la manifestación plena, aunque misteriosa, de la Buena Noticia de la salvación. porque Él mismo era la Salvación. Por eso, pudo pronunciar con todas la garantías de verdad propias del mismo Dios, esas palabras que nos conmueven al mismo tiempo que revuelven  el alma por las limitaciones  de nuestra pobre fe: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn. 6, 51).

Queridos fieles de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz: al dirigirme a vosotros desde estas tierras tan lejanas como entrañables, tan llenas de gentes contrarias a la fe en Jesucristo como inseparablemente unidas al mismo Jesucristo cuya divinidad se niega con tanto empeño, quiero deciros dos cosas: Primera, que, en esta peregrinación de nuestra Archidiócesis, vais todos los cristianos de nuestra Iglesia particular viajando en el corazón de quienes os dirigimos estas palabras. Y segunda, que oréis para que nos llenemos de Dios, que también se hace presente en la adversidad, en el silencio, en la palabra que no entendemos, y en la sorpresa que causa en el alma aquello que contemplamos entusiasmados.

Ojalá todos concluyamos esta peregrinación a los orígenes de nuestra fe, habiendo iniciado una seria renovación de la virtud que nos acerca a la verdad de Dios, a la verdad de nosotros mismos manifestada en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a la verdad del mundo que Él ha puesto como la plataforma por la cual corremos hacia el cielo.

Para todos los lectores, nuestro testimonio de gratitud a Dios y nuestro propósito de cumplir en adelante, con mayor entereza y fidelidad, el mandato de Jesucristo cuando iba a ascender a los cielos: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt. E28, 19).

Os bendigo desde la tierra del Señor.

+     Santiago García Aracil

Arzobispo de M érida-Badajoz



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