Si se callase el ruido

Desde la ventana del hospital

Una ventana de un hospital de Madrid. Abajo en la calle una mujer con sus hijos mirando hacia arriba, desde la acera, a esa ventana con preocupación, con ilusión y alegría por el momento que van a vivir. Desde su casa Lili ha ido a ver a su marido, Iván, ingresado por Covid-19. Le verá desde la calle y con una videollamada, pero así está más cerca, así verá su silueta desde el cristal, así se quedará algo más tranquila. Se ha llevado también a sus hijos. Como siempre. Todos juntos. Todos a una. “Esto es durísimo”, me dice. “Sin poder estar con él, pero por lo menos este ratito hace que podamos compartir y nos ayuda a sobrellevarlo mejor”.

El coronavirus nos ha alejado de los sentidos. Esa tristeza que vuela en el ambiente es contagiosa, precisamente porque obligarnos a ser tan fríos no va con nosotros. “Es un quiero y no puedo” todos los días y todo el tiempo. Extiende la soledad porque existe un miedo real. Y esta soledad no es exclusivamente una sensación de los mayores. Hay estudios que han analizado las tendencias de la sociedad actual que señalan que los millenials son la generación que más sola se siente. Y se incrementa con las medidas de aislamiento y los hábitos que tenemos que asumir para que se acabe esta pesadilla.

El virus nos prohíbe tocarnos, abrazarnos, sentir la mano del otro en la cama de un hospital, acariciar por miedo al contagio. El virus nos ha robado los gestos. Nos ha paralizado. ¿Hay algo más inhumano que arrebatarnos el contacto físico con los demás? ¿Hemos estado alguna vez más vulnerables? Un beso cuando estás enfermo te devuelve a la vida. Y ahora ¿qué hacemos con esa soledad?

Las pantallas nos están dando la posibilidad de estar más cerca. Pero con una paradoja. No es la imagen la que se vuelve imprescindible. Es la palabra. A través de la pantalla tampoco podemos tocar, aunque esté más cerca nuestro ser querido. La tecnología hace que le podamos ver, pero tenemos un muro que nos impide acariciarle o  acurrucarnos un poquito a su lado en la cama. Por ello, la palabra es imprescindible para el cuidado y el consuelo en estos momentos. Es la hora de mejorar nuestras relaciones a través de las palabras. De la palabra sentida desde el corazón, de la palabra que sana, que nos hace hermanos y nos devuelve a la vida. Y de recuperar también la Palabra con mayúsculas. De ofrecerla sin complejos. Ahora, más que nunca con la pandemia, tenemos que hacer el esfuerzo de utilizar palabras que nos lleven a la esperanza, cuando la presencia está prohibida en los hospitales.

Con todo esto en mi cabeza, me topé con la entrevista de mi querido amigo José María Navalpotro a José Carlos Bermejo, experto en humanización de la salud y a quien siempre he admirado. Bermejo, que ha vivido en carne propia la Covid-19, acaba de  publicar un libro titulado “Duelo Digital y coronavirus”, editado por  Deselée de Brouwer. En él nos hace profundizar en cómo afrontar la salud, la muerte y el duelo en relación con la pandemia. Nos invita a consolar, precisamente con la palabra, a través de la tecnología digital, único medio que nos lo permite en estos tiempos sin ritos y sin el apoyo físico que la compañía de amigos y familiares nos ofrecen en la enfermedad.

Subraya que “una de las cosas que más tememos los seres humanos es morir en soledad, en particular si esa soledad es sinónimo de abandono”.  Esta situación está haciendo que entreguemos a los profesionales de la salud los cuidados e, incluso, la despedida de nuestros seres queridos. Y así, “el duelo de los supervivientes – afirma- es mucho más difícil de asumir”.

“La pandemia, -relata Bermejo- nos está hablando con sus mil voces”. “A gritos nos está diciendo que la responsabilidad individual tiene que ver con la salud de los demás y la salud colectiva. Nos invita a la solidaridad y al cuidado como terreno de salvación”.

Del que cuida y es generoso será el Reino de los cielos. De eso, estoy segura. Y con la pandemia, con tanta gente dando muestra de ello, todavía más.

Iván, con los cuidados virtuales de Lili y su alegría – aparte de la profesionalidad de los sanitarios y la medicación-, va superando los fantasmas a los que te lleva la imaginación cuando no puedes respirar o dormir debido a la enfermedad. Pronto brindaremos. De eso también doy fe.

 

Cristina del Olmo
@olmocris

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME