Carta del Obispo Iglesia en España

Descanso sí, pero ¿de qué?, por Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

Negar el derecho al descanso sería contradictorio porque todo el mundo se cansa. El descanso es una necesidad inevitable e indiscutible, dada las limitaciones de la naturaleza humana.

El crecimiento del bienestar, de los recursos económicos, de las campañas de promoción turística, y de la interesada publicidad de los abundantes y variados lugares de ocio, han ido extendiendo la idea de que el descanso requiere salir del domicilio habitual para cambiar de ambiente, para olvidar las preocupaciones habituales, y para dedicarse a una total relajación, si es posible, fuera del ámbito cotidiano. En verdad, el cambio de ambiente durante unos días, o durante unas horas cada día, ayuda a tener la sensación de que se disfruta de unas vacaciones.

Ojalá todos pudieran disponer de los medios adecuados y suficientes para gozar de un tiempo de asueto del modo como cada uno lo imagina y lo desea. Sin embargo, lejos de todo lo que pudiera entenderse como un recorte al descanso legítimo y auténtico, es necesario tener en cuenta que el tiempo de ocio necesario no significa la supresión de toda actividad; y el cambio de ambiente nada tiene que ver con el olvido de aquello que da a la vida ordinaria y extraordinaria el valor y la orientación imprescindible.

 

Las vacaciones no pueden pensarse como la supresión de lo que constituye un deber permanente de las personas; por ejemplo, la atención a la familia, la reflexión sobre aspectos que quizá quedan en segundo plano a causa de las urgencias laborales o estudiantiles propias de cada uno durante el curso. Si las vacaciones constituyen una preciosa ocasión para reponer fuerzas y para prestar atención a lo que ha sido pospuesto durante el curso, es muy conveniente plantearse lo que merece especial atención en el tiempo de descanso. Una buena planificación, realista y bien pensada, sin obsesiones y sin pretender más de lo posible o de lo conveniente, ayudará lograr el descanso necesario y el cultivo de lo que ordinariamente no recibe la atención necesaria o conveniente durante el tiempo de trabajo.

 

El cristiano debe hacerse estos mismos planteamientos, porque le incumbe, como a todos, reponer fuerzas, completar el desarrollo de las cualidades y deberes que no pueden recibir la atención merecida durante el curso. Pero debe tener en cuenta que, del mismo modo que no debe evadirse de la familia en tiempo de vacaciones, porque forma parte de su identidad irrenunciable, tampoco puede olvidar la relación con Dios. Él es quien da sentido a la vida en su conjunto. Él es quien nos ha dado la capacidad para el trabajo y para el descanso. Él es quien nos ha dado la familia y todo cuanto somos y tenemos. Por eso, del mismo modo que las vacaciones no serían auténticas si durante ellas dejáramos de pensar, de hablar, de amar o de soñar, así tampoco seríamos auténticos cristianos si olvidáramos a Dios durante las vacaciones.

 

No quiero decir que durante el tiempo del descanso haya que seguir con las dedicaciones formativas, apostólicas, de colaboración parroquial y de compromiso con la evangelización de los ambientes donde se trabaja durante el curso. Pero sí quiero decir que, durante las vacaciones, los cristianos no deben olvidar a Dios abandonando la santificación del Domingo, que es el Día del Señor, ni deben prescindir de la participación en la sagrada Eucaristía asistiendo a la Santa Misa. Los cristianos no deben olvidar o abandonar lo que constituye su identidad y les ayuda a alcanzar el equilibrio interior y a vivir su relación personal con Dios digna, gozosa y esperanzada.

La primera actitud del cristiano al relacionarse con Dios debe ser la gratitud.

Él nos ha regalado la fe mediante la cual podemos descubrir su rostro de bondad, de amor y de misericordia. Él es la razón de nuestra esperanza. Y, al mismo tiempo, como una muestra clarísima de gratitud, los cristianos deben, comunicar a los demás el gozo interior que brota de la unión con el Señor y que constituye la mejor experiencia para cuantos caminamos por el mundo camino de la plenitud y de la vida eterna.

Así pues, podemos decir: “Vacaciones sí, pero sin olvidar lo fundamental”, porque sin ello, ni siquiera lograríamos el fin último de las vacaciones que es reponer las fuerzas que han de animar integralmente la vida en todo momento.

Vacaciones sí, pero nunca vacaciones sin Dios.

 

+ Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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