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Desarrollo humano integral, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara

Desarrollo humano integral, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

En nuestros días, cuando se piensa en términos económicos, suele hablarse de países desarrollados o de países en vías de desarrollo. En la mayor parte de los casos, el desarrollo de un país se mide por la mayor riqueza o pobreza económica. De acuerdo con esta visión de las cosas, serían más desarrollados los países que más tienen y menos desarrollados los que no tienen medios económicos, aunque tengan otros recursos.

Sin embargo, puede suceder que países en vías de desarrollo tengan valores éticos o morales de los que carecen los países ricos o desarrollados económicamente. Es más, puede darse el caso de que países desarrollados, desde el punto de vista económico, en vez de exportar a los más pobres valores éticos, criterios de convivencia y respeto a la dignidad de la persona, les hagan llegar una visión restringida de la concepción de la persona y de su destino, causándoles con ello un profundo daño.

El papa Pablo VI, al referirse al tema del “superdesarrollo” en la Carta Encíclica “Populorum progressio”, ya indicaba que éste podía producir un gran daño y una gran dificultad para el verdadero desarrollo en muchos países empobrecidos, puesto que las exportaciones de las riquezas materiales a los países empobrecidos podían ir acompañadas con la exportación del “subdesarrollo moral”.

Desgraciadamente, en bastantes ocasiones, cuando se plantea el desarrollo integral de la persona, se olvida que la inteligencia humana y las conclusiones científicas deberían estar siempre acompañadas por el amor. Esto no quiere decir que tengamos que prescindir de las conclusiones de la razón o que debamos posicionarnos en contra de sus resultados, sino que la inteligencia y los descubrimientos científicos vayan siempre acompañados por el amor, como acertadamente señala el papa Benedicto XVI en la Carta Encíclica “Caritas in veritate”: “No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (n. 30).

Por lo tanto, la valoración moral y la investigación científica no pueden avanzar separadas. Deben crecer y caminar juntas, animadas siempre por la caridad, en un conjunto interdisciplinar hecho de unidad y distinción. Una de las principales causas del subdesarrollo es la falta de un pensamiento y la ausencia de una reflexión capaces de elaborar una síntesis que oriente todo el proceso del desarrollo. Esto exige una visión clara de todos los aspectos que intervienen en el mismo: económicos, sociales, culturales y espirituales.

El cierre de las ciencias humanas a los planteamientos de la metafísica y las dificultades para el diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo producen un daño al desarrollo del saber, sino también al verdadero desarrollo de los pueblos. Cuando se produce esta disociación, se obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que caracterizan y forman parte de su personalidad.

Para pensar y valorar adecuadamente el desarrollo y para avanzar en el buen camino que ayude a la solución de los problemas económicos de nuestro mundo, es imprescindible que ampliemos el concepto de razón y el uso de la misma. Si no lo hacemos así, seguiremos reduciendo el desarrollo únicamente a los aspectos materiales y olvidando los espirituales tan necesarios para el desarrollo integral y armónico del ser humano.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara



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