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Via Crucis en el Vaticano: dentro de la cárcel se encuentra mucha humanidad

Presos, personal, y voluntarios de la cárcel de «Duo Palazzi» de Padua han protagonizado un Via Crucis recogido en la inmensidad de la plaza de San Pedro. Dos grupos han acompañado la Cruz en sus catorce estaciones: uno, representantes del centro penitenciario desde el que se han preparado las meditaciones; el otro, de la Farmacia Vaticana.

Ellos han acompañado la Cruz, en un recorrido que ha dado la vuelta al obelisco de 25 metros de alto que se encuentra en el centro de la plaza, en un camino iluminado por velas. Un poco distanciado, en el mismo lugar en el que el Papa Francisco impartió la bendición «Urbi et Orbi», se encontraba de nuevo el Santo Padre. A lo lejos, a veces la cámara enfocaba unas pocas personas que, separadas entre ellas, miraban el Via Crucis desde la distancia.

Las meditaciones venían de variados puntos de vista. Desde un juez de vigilancia penitenciaria que hablaba de cómo la justicia debe incluir misericordia, hasta una educadora que confesaba lo duro que era mantenerse en la vocación. O una hija cuyo padre está preso y ha crecido toda su vida sin él en casa. También presos, que daban cuenta de lo fácil que puede ser para cualquier persona normal cometer un delito. Ya lo decía el Papa, precisamente, la semana pasada en una de sus misas en Santa Marta, el camino de la tentación es sutil.

También, entre las historias, mucha humanidad. Muchos Cireneos que ayudaban a llevar la carga, alguna verónica que se paraba ante el sufriente, y una madre con su hijo condenado que se agarraba con fuerza a la Virgen María. También, entre las historias, un acusado y luego absuelto, a quien su juicio se le hizo más llevadero mirando el crucifijo de la sala de vistas.

Algunas de los testimonios destacados

I—Un condenado a cadena perpetua: «Muchas veces, de noche, oía llorar a mi padre en la celda. Lo hacía a escondidas, pero yo me daba cuenta. Ambos estábamos en una oscuridad profunda. Pero en esa no vida, siempre busqué algo que fuera vida. Es extraño decirlo, pero la cárcel fue mi salvación».

II—Padres cuya hija fue asesinada: «Somos ancianos, cada vez más desvalidos, y somos víctimas del peor dolor que pueda existir: sobrevivir a la muerte de una hija. Es difícil decirlo, pero en el momento en que parece que la desesperación toma el control, el Señor nos sale al encuentro de diferentes maneras».

III—Una persona detenida: «No me di cuenta que el mal, lentamente, crecía dentro de mí. Hasta que una tarde, sobrevino mi hora de las tinieblas: en un momento, como una avalancha, se desencadenaron dentro de mí los recuerdos de todas las injusticias sufridas en la vida. La rabia asesinó a la amabilidad, cometí un mal inmensamente mayor a todos los que había recibido».

IV—La madre de una persona detenida: «Cargué con las culpas de mi hijo, también pedí perdón por mis responsabilidades. Imploro para mí la misericordia que sólo una madre puede experimentar, para que mi hijo pueda volver a vivir después de haber expiado su pena».

V—Otra persona detenida: «Simón de Cirene es mi compañero de celda. Lo conocí la primera noche que pasé en la cárcel. Era un hombre que había vivido durante años en un banco, sin afectos ni ingresos. Su única riqueza era una caja de dulces. Él, aun cuando era goloso, insistió que la llevase a mi mujer la primera vez que vino a verme. Ella comenzó a llorar por ese gesto tan inesperado como afectuoso. Sueño con volver a confiar en el hombre algún día».

VI—Catequista de la parroquia de la cárcel: «El camino que me sugiere Cristo es contemplar esos rostros desfigurados por el sufrimiento sin tener miedo. Me pide quedarme allí, a su lado, respetando sus silencios, escuchando su dolor, buscando mirar más allá de los prejuicios. Exactamente como Cristo mira nuestras fragilidades y nuestros límites, con ojos llenos de amor».

VII—Persona detenida: «Cuando pasaba delante de una cárcel, miraba para otro lado: “Bueno, yo no acabaré nunca ahí dentro”, me decía a mí mismo. Las veces que la miraba respiraba tristeza y oscuridad, me parecía que pasaba junto a un cementerio de muertos vivientes. Un día acabé entre rejas, junto con mi hermano. Como si no fuera suficiente, también conduje allí dentro a mi padre y a mi madre. La cárcel, que era para mí como un país extranjero, se convirtió en nuestra casa».

VIII—La hija de un hombre condenado a cadena perpetua: «En algunas ocasiones me preguntaron: “Usted siente gran afecto por su papá, ¿piensa alguna vez en el dolor que su padre causó a las víctimas?”. En todos estos años, jamás eludí la respuesta; les digo: “Cierto, es imposible dejar de pensar en ello”. Después, yo también les hago otra pregunta: “¿Habéis pensado alguna vez que, entre todas las víctimas de las acciones de mi padre, yo fui la primera? Hace veintiocho años que estoy cumpliendo la condena de crecer sin padre”».

IX—Una persona detenida: «Recuerdo a la hermana Gabriela, la única imagen alegre. Fue la única que percibió en mí lo mejor dentro de lo peor. Como Pedro busqué y encontré mil excusas a mis errores; lo raro es que un fragmento de bien siempre permaneció encendido dentro de mí. En la cárcel me convertí en abuelo; me perdí el embarazo de mi hija. Un día, a mi nieta no le contaré el mal que cometí, sino solamente el bien que encontré».

X—Educadora de instituciones penitenciarias: «Pero mis fuerzas disminuyen día a día. Ser un embudo de rabia, de dolor y de rencores rumiados acaba por desgastar incluso al hombre y a la mujer más preparados. Elegí este trabajo después de que un joven, que estaba bajo los efectos de estupefacientes, matara a mi madre en un choque frontal. Enseguida decidí responder a ese mal con el bien. Pero, aun amando este trabajo, en ocasiones me cuesta encontrar la fuerza para llevarlo adelante».

XI—Un sacerdote acusado y después absuelto: «Mientras subía mi calvario, los encontré a todos a lo largo del camino; se convirtieron en mis cirineos, soportaron conmigo el peso de la cruz, me enjugaron muchas lágrimas. Junto a mí, muchos de ellos rezaron por el joven que me acusó; nunca dejaremos de hacerlo. El día que fui absuelto de todos los cargos, descubrí que era más feliz que diez años atrás; pude tocar con mi mano la acción de Dios en mi vida. Colgado en la cruz, mi sacerdocio se iluminó».

XII—Juez de vigilancia penitenciaria: «Sólo recobrando su propia humanidad, la persona condenada podrá reconocer esa humanidad en el otro, en la víctima a la que provocó dolor. Este recorrido de recuperación es tortuoso y el riesgo de volver a caer en el mal está siempre al acecho, pero no existen otros caminos para tratar de reconstruir una historia personal y colectiva».

XIII—Fraile voluntario: «Las personas detenidas son, desde siempre, mis maestros. Hace sesenta años que entro en las cárceles como fraile voluntario, y siempre bendije el día que, por primera vez, encontré este mundo escondido. En esas miradas comprendí con claridad que yo mismo, si mi vida hubiera tomado otra dirección, hubiera podido estar en su lugar».

XIV—Un agente de policía penitenciaria: «Cada uno tiene su tiempo, y las relaciones humanas pueden florecer poco a poco, incluso dentro de este mundo difícil. Esto se traduce en gestos, atenciones y palabras capaces de marcar la diferencia, aun cuando se pronuncian en voz baja. No me avergüenzo de ejercer el diaconado permanente vistiendo el uniforme, que llevo con orgullo. Conozco el sufrimiento y la desesperación; los experimenté siendo niño».

El texto completo de las meditaciones del Via Crucis.

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