Opinión

Democracia, política y religión

Democracia es el gobierno o poder del pueblo. Tiene su origen en el siglo V a. de C. en las  ciudades griegas, especialmente en Atenas, donde alcanza su esplendor con Pericles.  Abrahan Lincoln, en su discurso político de Gettiysburg, del 19 de noviembre de  1863, la definía: “Es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Política es el arte de gobernar en justicia y en paz la vida personal, laboral y social de los ciudadanos de un Pueblo, Nación o Estado mirando a su bienestar y bien común. Sin embargo, para ciertos políticos, la política es esencialmente una lucha y una contienda que permite asegurar a los individuos y a los partidos que detectan el poder su dominación sobre la sociedad, y al mismo tiempo, la adquisición de ventajas, beneficios y privilegios que se desprenden de la ostentación del poder político La democracia no está al servicio de la política, sino que la política debe estar al servicio de la democracia.

Los políticos deben ser servidores del pueblo. Entiendo que las personas que acceden a cargos y destinos de responsabilidad política, sin saber gobernarse a sí mismos ni a su familia, no son los más representativos ni los más idóneos para gobernar democráticamente al pueblo. Los partidos políticos deben buscar personas competentes y honestas que sirvan al pueblo haciendo leyes justas y buenas y aplicándolas correctamente para el bienestar personal y social del pueblo.

         La religión es la dependencia que los humanos sentimos de la existencia de un ser supremo, llamado Dios, que nos ha creado y nos gobierna. Históricamente, es tan antigua como el ser humano, apareciendo de diversas formas y maneras, desde el fetichismo y animismo a las actuales religiones, Hinduismo, Budismo, Shintoismo, Judaísmo, Cristianismo e Islamismo. Hoy día, los ciudadanos religiosos son miles de millones de ciudadanos extendidos por todo el mundo.

En España, concretamente, la mayoría absoluta de ellos son cristianos católicos. La Religión católica ha sido, a lo largo de la historia, el alma del ser de España, tanto en su formación como en su unidad política. Ha sido la fuente de nuestras  glorias literarias y artísticas, la archivadora de nuestros documentos, la fundadora de nuestras  escuelas y universidades, el artífice de nuestros monumentos y de nuestras artes, la promotora del idioma castellano y de la cultura española en Hispanoamérica y la colaboradora del actual Estado constitucional.

            En 1931, Manuel Azaña dijo en las Cortes Constituyentes de la Segunda República: “España ha dejado de ser católica”, sin embargo la religión católica sigue siendo la mayoritaria, la popular y la de mayor arraigo entre españoles. Los colegios católicos de enseñanza escolar son los más acreditados y frecuentados. Las fiestas, el calendario y costumbres católicas han arraigado fuertemente en el pueblo español. La Iglesia católica tiene mayor convocatoria popular en sus parroquias y templos que ningún partido político o grupo de presión laico en sus manifestaciones, mítines y convocatorias. Su obra social y asistencial a personas enfermas, discapacitadas y de la tercera edad es ejemplar.

         Teniendo esto presente, la actual Constitución española, a pesar de ser laica, establece: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las correspondientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás religiones” (Art. 16, p. 3). Los partidos, dirigentes y socios políticos deben tener presentes estos hechos y estas realidades religiosas católicas del Pueblo Español, si pretenden representarle y gobernarle democráticamente y constitucionalmente.

                   José Barros Guede.

         A Coruña, 18 de  septiembre del 2012.

 

 

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