Iglesia en España

Declaraciones de Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, en RNE, a Teresa Viejo

El arzobispo de Madrid en La observadora, de RNE: «La ofensa la tiene quien no es capaz de abrir su corazón a quien te pide perdón»

El arzobispo de Madrid en La observadora, de RNE: «Yo solo quería ser sacerdote de pueblo»
El domingo, el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, fue entrevistado por la periodista Teresa Viejo en el programa de Radio Nacional de España La observadora.

Durante el encuentro, el arzobispo y la periodista han compartido sus vivencias y cadencias, tanto personales como profesionales, en cuanto a diferentes temáticas como la política, la vocación sacerdotal, la familia, Rita Maestre o el papa Francisco.

«El concepto de despertar es precioso, porque es lo más grande del ser humano», ha comenzado aseverando el prelado, al ser preguntado por su comienzo del día. «Estar despierto para ver toda la realidad y para ver a los demás como hermanos». Hay unos ojos, dijo, «que son los ojos del corazón, que nos mantienen abiertos los ojos físicos: si no se tiene abierto el corazón, no se suele ver bien». Y para ver bien, «es necesario tener un corazón muy grande». Y así, poder ponerte delante de Dios al comenzar el día, «acoger su palabra, alabarle, pedirle que te ayude para que te encuentres con los demás como Él se encontraría, mirándoles como Él lo haría…».

Sacerdote in aeternus

Interrogado por su vocación, mons. Osoro ha manifestado que «siempre» pensó en ser sacerdote: «nací en un pueblo donde fueron unos misioneros y, cuando tenía años, preguntaron a los niños quién quería ser sacerdote, y yo levanté la mano». Por tanto, «siempre estuvo en mí esa necesidad de entregar a los demás algo que me parecía muy importante y que me había enamorado, y que era aproximar la vida del Señor».

El arzobispo de Madrid, en su recorrido de vida, ha estudiado magisterio, matemáticas, ha viajado e, incluso, ha tenido novia, como le ha recordado la periodista. «Así es, y ella fue la primera persona que supo que me marchaba al ministerio sacerdotal», ha revelado, «y es que cuando uno se posiciona en la vida para entregar la riqueza más grande que un ser humano puede tener en la vida, que es tener un corazón en el que quepan todos…». Mis padres, ha continuado, «reaccionaron con mucha seriedad y claridad». Al final, todo lo vivido anteriormente «te va dando unas connotaciones para el sacerdocio que las manifiestas y expresas en la realización de tu existencia junto a los demás».

Próxima parada: Madrid

«En mi vida había imaginado venir a Madrid». Así deja patente el arzobispo su sorpresa ante el nuevo destino que le depararía la Providencia. «Todo lo que yo quería era ser sacerdote de pueblo, con la huerta, un jardín, las gallinas que cuidaba y donde anunciaba con sencillez y entrega a esa gente». Ciertamente, «nunca imaginé venir aquí».

Y de su familia aprendió esa sencillez, apunta la conductora del programa. «Lo aprendí en casa, sí», reconoce, «es la herencia más grande que nos han dejado mis padres, ha sido el saber estar con la gente y no prescindir de nadie». En mi casa «siempre había sitio para cualquiera en la mesa, fuese quien fuese».

La fe que todo lo reconforta

El recuerdo de unos padres que aún sigue muy vivo en el prelado, tal y como manifiesta en cada una de las palabras que rememora su niñez y juventud. «Ellos ya no están, pero la fe reconforta la pérdida de los seres queridos», descubre entre emocionado y convencido. «Yo tuve la gracia de asistir a la muerte de mi padre, dándole los últimos sacramentos, como hice con mi madre». Con ella, «recuerdo que se celebraba el Encuentro Mundial de Jóvenes con Juan Pablo II en Paris, y ya tenía el viaje, pero mi madre estaba muy mal, así que marché a Santander. Los diez últimos días de su vida estuve con ella, celebrando la Misa con ella hasta el último día, y así la acompañé en los últimos momentos de su vida». Sus padres, reconoce, han marcado su vida: «lo mejor que tengo es lo que ellos me han regalado».

De la mano del papa Francisco

N estos momentos, como ha dejado patente Viejo, resulta impensable separar la Iglesia de hoy con el papa Francisco, detalle que la periodista ha querido inscribir inmediatamente: «¿Se siente identificado con la nueva primavera del Papa?».

La respuesta del prelado, como era evidente, tampoco ha tardado en llegar: «Totalmente». La exhortación apostólica Evangeli Gaudium que nos regaló, «el mostrar que el Evangelio no es un peso, es libertad, entrega, hacer puentes, estar en salida, descubrir que todos son hermanos, que podemos hacer una casa común de verdad si nos ponemos buscando lo mejores, desde nosotros mismos y desde Dios, es posible». Y eso «da una esperanza, una alegría para poder afrontar todas las situaciones especiales que vivamos los hombres».

Una Iglesia donde todos tengan cabida

Un peregrinaje donde todos puedan andar sin problema que, según la conductora de la entrevista, «no toda la Iglesia está de acuerdo…».

La Iglesia «siempre ha estado en la vida de los hombres», ha aseverado el arzobispo, «y hay que aceptar que, dentro de la Iglesia, también hay otros puntos de vista, que también son de la Iglesia, y que también son buenos».

«Perdónales, porque no saben lo que hacen»

Mons. Osoro también ha sido preguntado por el juicio de Rita Maestre en la universidad, a lo que ha contestado que conversó con ella hace tiempo y, desde el principio, se ha situado como lo que es: un pastor. «No soy juez, ni quiero interferir en lo que digan los jueces, solo soy un pastor que intenta estar cerca de ella». Conversé con ella y «vi un deseo sincero de saber pedir perdón, por haber actuado de una manera que ella misma cree que no debía. A mí no me es una ofensa, porque cuando alguien pide perdón, ya no es una ofensa. La ofensa la tiene aquel que no es capaz de abrir su corazón a quien te pide perdón».

En cuanto a la línea tan estrecha que, como en este caso, separa la fe de la ofensa, ha matizado que «siempre intento situarme al lado del Señor, y cuando Él estaba en la cruz, había gente al lado insultándole, y el Señor dice: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”». Esas palabras «tienen tal calado en mi corazón y en mi vida…». Es decir, «si un Dios, que se hace hombre, es capaz de decir eso, ¿un pobre hombre como yo va a decir otra cosa distinta? Sería un insensato, un incongruente, un mentiroso, un falso».

Teresa Viejo, ante tal tesitura, ha interpelado al arzobispo, cuestionándole si él ha podido perdonar siempre. Sinceramente, «creo que sí; no soy un santo y a veces vienen a mi corazón recuerdos, pero me duran lo que me doy cuenta de lo que dijo el Señor en la cruz», ha reconocido. «Todos los días tenemos que pedir perdón por algo, y yo todos los días tengo que hacerlo».

Política y religión: ¿una batalla perdida?

Volviendo al punto de la política y la religión, que se entrecruzan tan a manudo, el prelado ha asegurado que «tanto en la vida política y religiosa, existe el riesgo de ideologizar absolutamente todo», y yo «no me muevo por ideologías, yo me muevo por una Persona que captó mi vida, que sé que me amó y que ha contado conmigo». A mí, ha revelado, «me ha regalado su misterio y su ministerio, y esto es lo que tengo que regalar yo a los demás.

El lenguaje del corazón

La música es una de las muchas aficiones de mons. Osoro, y así se lo ha rememorado la conductora de La observadora al arzobispo de Madrid: «Sí, compongo porque me gusta, me ayuda a pensar, me relaja; hay aspectos de la vida que te ayudan a ser más humano». A veces, ha señalado, «la comunicación entre los hombres no podemos hacerla solamente por palabras, porque yo no tengo palabras para decir a veces todo lo que siento, vivo, querría decir a una persona…». Y, sin embargo, «hay gestos, el llorar o el reír, que son lenguajes, y la música y otras artes son capaces de llevarte a una profundad tal que te hace experimentar cosas que no puedes decir con palabras».

Finalmente, en un guiño entre la confidencialidad y la gentileza compartida, el prelado ha distinguido el cocido montañés de su tierra como su comida preferida, y también ha recordado la primera vez que montó solo en el Metro, cuando tenía 18 años: «fue aquí, en Madrid, y antes lo había hecho con mis padres; aunque he de contar que el año pasado me subí y, como ha cambiado tanto y no me aclaraba, tuve que recurrir a una señora mayor que fue la que me hizo todo para poder viajar…».

El resultado de un viaje apasionante que, sin duda, hoy continúa acercando el corazón de Dios al corazón de todos los hombres.

Carlos González García

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