Papa Francisco

De qué tiene que desnudarse la Iglesia , por Papa Francisco en Asís

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De qué tiene que desnudarse la Iglesia , por Papa Francisco en Asís

Discurso del Papa Francisco en su encuentro con los pobres asistidos por Cáritas en la Sala del Desnudamiento del Obispado de Asís (4-10-2013)

Ha dicho mi hermano obispo que es la primera vez, en ochocientos años, que un Papa viene aquí. Durante estos días, en los periódicos, en los medios de comunicación, se decían cosas fantasiosas: «¡El Papa irá ahí a desnudar a la Iglesia!»; «¿De qué desnudará a la Iglesia?»; «Desnudará a los obispos y a los cardenales de sus hábitos; se desnudará a sí mismo». Esta es una buena ocasión para invitar a la Iglesia a desnudarse. ¡Pero la Iglesia somos todos! ¡Todos! Desde el primer bautizado, todos somos Iglesia, y todos debemos ir por el camino de Jesús, que recorrió, él mismo, un camino de desnudamiento: se convirtió en siervo, en servidor; quiso ser humillado hasta la cruz. Y si nosotros queremos ser cristianos, no hay otro camino. Pero ¿no podemos hacer un cristianismo un poco más humano –dicen-, sin cruz, sin Jesús, sin desnudamiento? ¡De esta manera nos convertiremos en cristianos de confitería, como bonitas tartas, como bonitas cosas dulces! ¡Muy bonito, pero no cristianos de verdad! Alguno dirá: «Pero ¿de qué tiene que desnudarse la Iglesia?». Debe desnudarse, hoy, de un peligro gravísimo, que amenaza a toda persona en la Iglesia, a todos: el peligro de la mundanidad. El cristiano no puede convivir con el espíritu del mundo. La mundanidad, que nos lleva a la vanidad, a la prepotencia, al orgullo. Y esto es un ídolo, no es Dios. ¡Es un ídolo! ¡Y la idolatría es el pecado más fuerte!

Cuando en los medios se habla de la Iglesia, creen que la Iglesia somos los curas, las monjas, los obispos, los cardenales y el Papa. Pero la Iglesia somos todos nosotros, como he dicho. Y todos nosotros debemos desnudarnos de esa mundanidad: del espíritu contrario al espíritu de las Bienaventuranzas, del espíritu contrario al espíritu de Jesús. La mundanidad nos hace daño. ¡Es tan triste encontrarse a un cristiano mundano, seguro –según él– de esa seguridad que le da la fe y seguro de la seguridad que le da el mundo! No se puede trabajar en ambos tajos. La Iglesia –todos nosotros– debe desnudarse de la mundanidad, que la lleva a la vanidad, al orgullo, que es la idolatría.

El propio Jesús nos decía: «No se puede servir a dos señores: o sirves a Dios o sirves al dinero» (cf. Mt 6, 24). En el dinero estaba todo ese espíritu mundano: dinero, vanidad, orgullo, ese camino… nosotros no podemos… Es triste borrar con una mano lo que escribimos con la otra. ¡El Evangelio es el Evangelio! ¡Dios es único! Y Jesús se hizo siervo por nosotros, y el espíritu del mundo no tiene nada que ver con ello. Hoy estoy aquí con vosotros. Muchos de vosotros habéis sido desnudados por este mundo salvaje, que no da trabajo, que no ayuda; al que no le importa que haya niños que mueren de hambre en el mundo; no le importa que tantas familias no tengan  para comer, no tengan la dignidad de llevar pan a casa; no le importa que tanta gente tenga que huir de la esclavitud, del hambre, y huir en busca de la libertad. Con cuánto dolor, tantas veces, vemos que hallan la muerte, como sucedió ayer en Lampedusa: ¡hoy es un día de llanto! Estas cosas las hace el espíritu del mundo. Es completamente ridículo que un cristiano –un cristiano auténtico–, que un cura, que una monja, que un obispo, que un cardenal, que un Papa, quieran ir por el camino de esta mundanidad, que es una actitud homicida. ¡La mundanidad espiritual mata! ¡Mata al alma! ¡Mata a las personas! ¡Mata a la Iglesia!

Cuando Francisco, aquí, hizo aquel gesto de desnudarse, era un chico joven, no tenía la fuerza necesaria para hacerlo. Fue la fuerza de Dios lo que lo impulsó a hacerlo, la fuerza de Dios, que quería recordarnos lo que Jesús nos decía sobre el espíritu del mundo; lo que Jesús pidió al Padre para que el Padre nos salvara del espíritu del mundo.

Hoy, aquí, pidamos la gracia para todos los cristianos. ¡Que el Señor nos dé a todos el valor de desnudarnos, pero no de 20 liras, sino de desnudarnos del espíritu del mundo, que es la lepra, el cáncer de la sociedad! ¡Es el cáncer de la revelación de Dios! ¡El espíritu del mundo es el enemigo de Jesús! Le pido al Señor que, a todos nosotros, nos dé esta gracia de desnudarnos. ¡Gracias!

 

Al término del encuentro, el Papa pronunció las siguientes palabras:

 

Muchas gracias por la acogida. Rezad por mí, que lo necesito… ¡Todos! ¡Gracias!

 

Palabras que el Papa Francisco había preparado y que entregó al obispo de Asís, dándolas por leídas:

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¡Gracias por vuestra acogida! Este lugar es un lugar especial, y por eso he querido hacer un alto aquí, aunque la jornada es muy apretada. Aquí Francisco se desnudó de todo, ante su padre, ante el obispo y ante la gente de Asís. Fue un gesto profético, y fue también un acto de oración, un acto de amor y de encomienda al Padre que está en el cielo.

Con aquel gesto, Francisco hizo su elección: la elección de ser pobre. No es una elección sociológica, ideológica; es la elección de ser como Jesús, de imitarlo, de seguirlo hasta el final. Jesús es Dios que se desnuda de su gloria. Lo leemos en San Pablo: Cristo Jesús, que era Dios, se desnudó de sí mismo, se vació de sí mismo, y se hizo  como nosotros, y en ese abajamiento llegó hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2, 6-8). Jesús es Dios, pero nació desnudo, fue puesto en un pesebre, y murió desnudo y crucificado.

Francisco se desnudó de todo, de su vida mundana, de sí mismo, para seguir a su Señor, Jesús, para ser como él. El obispo Guido comprendió ese hecho y enseguida se levantó, abrazó a Francisco y lo cubrió con su manto, y fue siempre su auxilio y protector (cf. Vida primera, FF 344).

El desnudamiento de San Francisco nos dice simplemente lo que enseña el Evangelio: seguir a Jesús significa ponerlo en el primer lugar, desnudarnos de las muchas cosas que tenemos y que ahogan nuestro corazón, renunciar a nosotros mismos, tomar la cruz y llevarla con Jesús. Desnudarse del yo orgulloso y desprenderse de la codicia del tener, del dinero, que es un ídolo que nos posee.

Todos estamos llamados a ser pobres, a desnudarnos de nosotros mismos; ¡y para ello tenemos que aprender a estar con los pobres, a compartir con quien carece de lo necesario, a tocar la carne de Cristo! El cristiano no es uno que trae siempre en la boca a los pobres, ¡no! Es uno que se encuentra con ellos, que los mira a los ojos, que los toca. No están aquí para «ser noticia», sino para indicar que este es el camino cristiano, el que recorrió San Francisco. San Buenaventura, al hablar del desnudamiento de San Francisco, escribe: «Así, quedó desnudo el siervo del Rey altísimo para poder seguir al Señor desnudo en la cruz, a quien tanto amaba». Y añade que así Francisco se salvó del «naufragio del mundo» (FF 1043).

Pero, como pastor, quisiera preguntarme también: ¿De qué tiene que desnudarse la Iglesia?

Desnudarse de toda mundanidad espiritual, que es una tentación para todos; desnudarse de toda acción que no sea para Dios, que no sea de Dios; del miedo a abrir las puertas y de salir al encuentro de todos, especialmente de los más pobres, necesitados, alejados, sin esperarlos –ciertamente, no para perderse en el naufragio del mundo, sino para llevar con valentía la luz de Cristo, la luz del Evangelio, incluso en la oscuridad, allí donde no se ve, donde puede suceder que se tropiece–; desnudarse de la tranquilidad aparente que dan las estructuras, ciertamente necesarias e importantes, pero que no deben ofuscar nunca la única verdadera fuerza que la Iglesia  lleva consigo: la de Dios. ¡Él es nuestra fuerza! Desnudarse de lo que no es esencial, porque la referencia es Cristo: ¡la Iglesia es de Cristo! Muchos son las pasos que se han dado ya, sobre todo durante estos últimos decenios. ¡Sigamos por este camino, que es el de Cristo, el de los santos!

Para todos –también para nuestra sociedad, que da señales de cansancio–, si queremos salvarnos del naufragio, es necesario que sigamos el camino de la pobreza, que no es la miseria –a esta hay que combatirla–, sino saber compartir, ser solidarios con quien está necesitado, fiarnos más de Dios y menos de nuestras fuerzas humanas. Monseñor Sorrentino ha recordado la obra de solidaridad del obispo Nicolini, que ayudó a centenares de judíos ocultándolos en los conventos, y el centro de repartición clandestina estaba precisamente aquí, en el Obispado. ¡Esto también es desnudamiento, que nace siempre del amor, de la misericordia de Dios!

En este lugar que nos interpela, quisiera rezar para que todo cristiano, la Iglesia, cada hombre y mujer de buena voluntad, sepa desnudarse de lo que no es esencial, para salir al encuentro de quien es pobre y pide ser amado. ¡Gracias a todos!

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