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De lo que sucedió en Jerusalén, a lo que sucederá en nosotros, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

De lo que sucedió en Jerusalén, a lo que sucederá en nosotros, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

Queridos diocesanos: Como sabéis muy bien, la memoria cristiana no es un simple recuerdo del pasado, un repaso afectivo por acontecimientos que han perdurado durante dos mil años. Nosotros, cuando nos reunimos para celebrar lo sucedido a nuestro Señor Jesucristo, no nos limitamos a mirar hacia atrás; sabemos por la fe que la acción de Dios, la que movía el corazón del Padre y la que se realizaba en el cuerpo crucificado y resucitado del Hijo, por la acción misteriosa del Espíritu Santo, se renueva, se actualiza. Eso le da un sentido absolutamente nuevo a lo que conmemoramos y celebramos.

Este modo de recordar tan específico de la Iglesia hace que lo que vamos a vivir a lo largo de la Semana Santa tenga para nosotros un sentido especial; condiciona el modo de estar, el modo de mirar, el modo de sentir, de escuchar todo lo que a lo largo de los días, en que celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección, va a suceder. Todo lo que vamos a contemplar se actualiza en nosotros y para nosotros. Los acontecimientos que nos narra la Palabra de Dios, celebrados en hermosos y eficaces ritos y representados en música, imágenes, devociones… es el paso de la memoria a la actualidad de nuestra vida, que con todo eso queda renovada. Vayamos entonces al pasado, pero, eso sí, conscientes de que recordar no nos aleja de nosotros mismos y que es una historia que se realiza en todos los tiempos.

En Jerusalén, que era la meta del camino de Jesús, se sitúa un acontecimiento esperado, pero que, a pesar de todo, cogió a contrapié a los que llevaban siglos de espera. Cuando el Mesías entra en la ciudad lo hace tan fuera del estilo de los hombres y tan en las formas de Dios, que sólo unos pocos lo pueden acoger y aplaudir: los niños, los pobres, los humildes Ni siquiera aquellos para los que Jesús anticipa los acontecimientos salvadores, que son muy pocos, los doce y algunos que anduvieran por allí alrededor de ellos, entienden del todo lo que está sucediendo. Da la impresión de que para algunos apóstoles, incluso para alguno que estuvo en la transfiguración, todo aquello es una pasión inútil, que no debería de suceder.

Es cierto que a Jesús no le faltaron consuelos: las mujeres compasivas, la amistad fiel del discípulo Juan, la ocasional ayuda del Cirineo, la confesión de fe del Centurión y, sobre todas, el amor tierno y solidario de su Madre. Y allí su Padre, allí estaba Dios, amando a su Hijo amado y amando a todos los que estábamos en el corazón de Jesús, que allí era el Salvador del mundo. En un corto periodo de tiempo los acontecimientos se precipitan: entre traiciones, conjuras, juicio injusto, torturas, calumnias, el cuerpo maltratado, ensangrentado, crucificado y traspasado muere sin que se le quebranten ninguno de sus huesos. Todo eso se hizo con él, pero no sin él. En todo el proceso está presente su libertad, sostenido siempre por su Padre, del que cumplía su voluntad amorosa y salvadora. Por eso anticipa para sus apóstoles la entrega de su Cuerpo y de su Sante en la Última Cena.

Como dicen las Escrituras, tras su muerte pasaron tres días de esperanza: la de los primeros que se salvaban por la pasión redentora de Cristo, los justos que esperaban en el seno de Abraham. En el sepulcro nació otra vida, la resucitada, la que el Padre le daba para siempre, para que la compartiera con todos los que creen y viven en Él. Y así fue como todo pasó de Jerusalén a Galilea y de allí al mundo entero. “Id al mundo entero”, le dice a la Iglesia.

Entonces empieza la segunda parte de esta aventura de Dios en el corazón de los seres humanos. Todo lo sucedido con Jesucristo en Jerusalén nos sucede ahora a nosotros en una Vigilia Pascual que permanece en nuestra vida. Con Cristo Resucitado empieza nuestra aventura, la aventura de la fe. Desde Pentecostés, con la complicidad del Espíritu, él aprovecha cualquier oportunidad para hacerse el encontradizo con nosotros y, si todo va bien, en ese encuentro terminamos confesando nuestra fe en Jesucristo y reconociéndole como el Señor.

Luego viene el trato, el conocimiento y, sobre todo, la identificación de su vida con la nuestra: “Es Cristo quien vive en mí”, decía Pablo de esta relación íntima. Como de todos es sabido, esta participación en la vida de Jesucristo, y especialmente en su Pascua, sucede en nosotros por los Sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. En cada bautizado se renueva lo que sucedió en Jerusalén. Los bautizados en Cristo viven ya, y para siempre, de ese misterio que se actualiza y se hace vida en nosotros cada vez que celebramos juntos, especialmente en el domingo, la Eucaristía, nuestra pascua semanal.

Lo que sucedió en Jerusalén, por el misterio de la memoria actualizada, es una realidad perenne en nuestra vida. Haríamos muy bien en peguntarnos quiénes somos en Cristo y la respuesta siempre la encontraremos en nuestra iniciación cristiana. Nos puede ayudar la participación comunitaria en la celebración de los sacramentos pascuales, que en todas las parroquias van a tener un especial relieve.

Con mi afecto y bendición.

Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia



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