Si se callase el ruido

De la guerra a los cuidados

La crisis que vivimos comenzó como si se tratara de una guerra. Empezamos hablando con un lenguaje bélico, -sobre todo los políticos, porque les venía muy bien- que siempre me choca cuando lo empleamos para referirnos a los estragos de una enfermedad. Este virus genera una enfermedad, la COVID- 19,  y esta crisis que ha provocado está relacionada con el cuidado.

Con la sociedad del cuidado, con replantearnos esa nueva realidad que nos viene impuesta, desde el cuidado y el amor hacia los otros. Tan simple y tan complejo. Este sistema en el que vivíamos clamaba por una mejor atención hacia los ancianos, enfermos, niños, inmigrantes … Nos hemos dado de bruces con la realidad, que tampoco se escondía mucho, pero que no queríamos ver.  ¿Cómo vamos a reestructurar y gestionar esa relación de servicio hacia los más vulnerables?

Con ese lenguaje de lucha nos intentaban preparar para la catástrofe. Pero sin querer alarmar. Un sí, pero no. Está pasando algo grave, pero les sucede a otros. Nadie nos preparaba para el sufrimiento. El sufrimiento no vende. El estado de alarma, sí. Las guerras no enseñan a acompañar. En la guerra te matan, te abandonan y mueres solo. Quizá algunas metáforas nos recuerdan a situaciones vividas durante este tiempo amargo.

Hoy, 14 de mayo, hace exactamente 2 meses del día que se aprobó el Estado de alarma en nuestro país. El 12 de marzo fue el cumpleaños de mi madre y ya no nos reunimos para celebrarlo. Son fechas para hacer balance. Todo cambió de golpe. Llegó el confinamiento. Nos encerraron en casa. Unos más solos que otros. La medida se decidió con 4.209 casos contagiados y 120 personas muertas desde que el coronavirus llegó a España, según las cifras oficiales.

Estamos todavía descubriendo lo que es realmente esencial. Lo que ha sucedido en las residencias de ancianos, el abandono a nuestros mayores, la muerte sin despedida, las poca protección que han tenido los sanitarios, la labor que han prestado limpiadoras, basureros, tenderos de barrio, comunicadores, sacerdotes o profesores… las malas condiciones de trabajo de muchos sectores imprescindibles han salido a la luz. Parece que ya no son tan invisibles y hemos comenzado a verlos con otros ojos.

Esperemos que después de la crisis, no se nos olvide. Los humanos tenemos una memoria muy selectiva y somos propensos a no recordar, a tropezar dos veces con la misma piedra. Estamos adquiriendo una gran deuda con las personas que nos han hecho la vida más fácil.  Cuidar al cuidador es otro de los retos que nos queda por asumir. Sobre todo para que ellos sientan que todo su esfuerzo ha merecido la pena.

El otro día el tutor de mi hijo de 13 años en una reunión, a través de vídeo, con los padres, mostraba su agradecimiento porque por lo menos ahora “les estábamos valorando su labor”, su preocupación constante por nuestros hijos. Decía: “no queremos que ninguno se quede atrás». Esa es la frase. Ese es el titular. Que nadie se quede atrás. Que crezcamos juntos como sociedad ante las dificultades. Que a nadie le falte un plato de comida en la mesa. Un techo donde vivir. Un trabajo digno. Una asistencia sanitaria cuando la enfermedad nos aceche.  Que siempre podamos contar con alguien que nos escuche y atienda. Que no nos muramos solos. Tan simple y tan complejo.

Las colas del hambre, los ERTES, el paro, nos están dejando un paisaje desolador. Las parroquias, Cáritas y las diferentes asociaciones de ayuda nos cuentan que el reparto de comida se ha multiplicado por tres. Que llegan vecinos, de toda la vida, que nunca se habían visto en esta situación. La gente voluntariamente se ha movilizado para poder repartir  comida y productos básicos. Desde estas organizaciones piden en las teles más ayuda, más donaciones para poder llegar a más personas, a más familias rotas.

Este apoyo mutuo, esta solidaridad que reclamábamos hacia unos pobres de países lejanos, debemos ahora ejercerla al lado de nuestra casa. Con el vecino. Nos asombra y nos duele. La crisis se ha quedado con nosotros. La enfermedad, las muertes, el miedo, la incertidumbre y el contagio también.

Es fundamental recuperar el fondo y la forma. No como los runners que salen ahora de debajo de las piedras. La forma vestida de ternura y el fondo lleno de bondad. Será la única manera de reinventarnos.

Necesitamos una sociedad que de valor a la espera, a la paciencia, a la esperanza, a la confianza, a los cuidados, a la alegría, al conocimiento, a la experiencia, a la verdad. En un conocido programa de televisión hace pocos días el gran Joan Manuel Serrat comentó que nunca fueron buenos compañeros de viaje “el miedo y la ignorancia”. En estos momentos tampoco. Y yo añado la incertidumbre. Y más cuando se alarga en el tiempo.

Los bulos disparan la mentira, atraen al sensacionalismo. Todo ese cóctel mezclado nos paraliza y hace que miremos al otro con una desconfianza infinita. El miedo, la ignorancia y la incertidumbre nos aislarán más que el virus. Por ello, esta nueva realidad o se fundamenta en los cuidados  o no será. O abandonamos los conflictos o seguiremos enfrentados en la crisis e incluso una vez que superemos la crisis.

Prefiero andar por el camino de la verdad, la bondad y la belleza. Que las instituciones nos ofrezcan con transparencia datos fiables, que hinquemos el codo para buscar soluciones y trabajemos por el bien común.

Verdad en la comunicación, bondad en las actitudes, belleza en la escucha, en la sonrisa, en el brillo en los ojos, en la sensibilidad para ayudar sin que el otro se sienta desvalido. Unos por otros. Y me viene a mi mente la canción de Ana Belén…”Para la ternura siempre hay tiempo”. Siempre. Más, si cabe, en las peores circunstancias.

 

Cristina del Olmo

@olmocris 14 de mayo 2020

 

 

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