Firmas

De la chatarra al altar

De la chatarra al altar

Se podía haber llamado “del abandono”, “roto”… pero no, ellos le han querido llamar el “Cristo de los Mayores”. Ha sido esta Semana Santa en la Residencia de Mayores de La Granadilla, de la Junta de Extremadura. Allí se encuentran cientos de ancianos; es una población con vida propia, con una media de edad bastante elevada y un remanso de consuelo en mi acompañar como capellán. Tenemos un grupo de Vida Ascendente y la media está rozando los noventa, pero es un grupo con mucha vida, y no por la suma de los años sino por las ganas y la ilusión de participar y de vivir que tienen…

Al llegar los carnavales, el centro se vistió de fiesta y gracia con el buen hacer de las chirigotas y murgas que quisieron –generosamente- compartir su alegría con todos los mayores. Ahora, la Semana Santa era, también, un reto para que tuviera vida propia entre ellos. Desde la capellanía, buscamos cuidar los momentos celebrativos propios de la liturgia con austeridad. Pero ellos, en su religiosidad, necesitan expresar más  y mejor sus sentimientos religiosos. Fieles a esa necesidad, con buenos colaboradores que desean que los ancianos tengan vida y que sea propia, hemos tenido una experiencia que es digna de dar a conocer y que, de alguna manera, puede ser alternativa o complementaria a todos los fastos religiosos que pueblan nuestras ciudades y pueblos en torno a esta semana que hemos celebrado.

El encargado de la cafetería, hombre de sentimientos religiosos y tradición de cofrade, me habló un día de una imagen de un crucificado que tenía y que le gustaría donarla para la capilla de la residencia. Se trata de un Cristo de bronce de unos setenta centímetros: una talla muy lograda, con una expresión y una forma atractivas, sobre todo por su bonita sencillez. La había encontrado en una chatarrería que la habían vendido al peso para reciclarla; al verlo él, le conmovió su devoción y pidió al chatarrero que le dejara llevárselo previo pago de su importe. Posteriormente, buscó la forma de restaurar y recomponer los trozos rotos, los pies, los brazos… Roturas que, todavía hoy, siguen presentes en él de una forma suave y sinuosa.

Después, pidió que le hicieran una cruz de madera para sujetarlo con dignidad, y se trabajó un pequeño pasito para poder llevarlo alzado entre los mayores. Al proponerlo a los residentes cercanos a la capellanía, los asistentes asiduos a la Eucaristía se mostraron alegres y con ganas de darle forma a esta devoción entre ellos. Enseguida, me sugirieron el nombre que les gustaría para esta imagen, querían que fuera el “Santísimo Cristo de los mayores”, y así lo hemos llamado.

El Jueves Santo, tras la celebración del memorial de la Última Cena, lo procesionamos en los jardines de la residencia, con la devoción y el cariño emotivo de muchos de ellos, algo generalizado que lo vivieron como un acontecimiento sagrado. Portaron el paso con los símbolos propios y sencillos de una procesión, solo que llevado desde y con sillas de ruedas, andadores, muletas, bastones… Se organizaron cuatro cuadrillas mixtas para alzarlo y llevarlo. Fue un evento singular, con sus estampas propias que, después, cada uno pudo llevarse bendecida para sus casas -habitaciones- , como un tesoro de lo sencillo y de lo propio.

El significado humano y religioso de la imagen como símbolo de la residencia ha quedado claro para todos. Del mismo modo que esta imagen estaba aparentemente rota, abandonada, despreciada e inútil, podemos a veces sentirnos nosotros en la vejez, en la enfermedad, en la soledad, en las dependencias e incapacidades. Incluso podemos entender que las residencias de los mayores son como las chatarrerías donde van los cacharros a ultimar su existencia en un sinsentido, que son para morir… Pero esta imagen, cuando ha sido rodeada de amor, sanación, compañía, técnica y cuidados se ha convertido en algo bello, incluidas sus cicatrices; ahora es algo nuevo y símbolo de fuerza y bondad.

Entendemos que esa es la finalidad de la residencia y lo que deseamos hacer de ella: un lugar de vida, donde se sanen, acompañen, aprecien, animen, alegren, esperancen y transporten vida de unos para otros entre los residentes, de ellos con los trabajadores, con sus familias y con todos los que pasamos por allí. Yo tengo que reconocer que siempre que voy, vuelvo más nuevo, tocado por su cariño y ternura, así como por sus alabanzas y agradecimientos permanentes.

Ellos lo entendieron perfectamente cuando, en la homilía del Domingo de Resurrección, les ponía el ejemplo del Cristo que ya está presidiendo la capillita, cómo había pasado de la muerte a la vida, de la chatarrería al altar, y les decía que esta residencia no es una residencia de muertos, sino de vivos, que aquí no se viene a morir sino a vivir, que en el corazón de Dios hay algo especial para los mayores y que nos lo quiere dar, porque quiere hacer con nosotros lo que hemos hecho con la imagen: sacar lo mejor de ella misma cuando parecía que ya no servía para nada. Desde ahí, proclamamos el Credo a nuestra manera, renunciando a la muerte y proclamando la vida que deseamos. Al terminar, una mujer mayor de las ochocientas -como ella dice- se empeñó en invitarme a un café con leche; me recordó que su nombre es Ángela Viva, y gritaba: “¡que no estoy muerta, que estoy viva, y muy viva!”. Me contó cómo en la residencia le llaman la “costurera” porque, aun con sus manos deformadas, le cose a todo el mundo que le pide algo -y, de paso, se ofreció para lo que yo necesitara-, lo que le llena de una satisfacción infinita.

Y es que estos “Cristos rotos”, en su ancianidad, saben recomponerse entre ellos y darse vida. Ellos, orgullosos de la imagen, estaban deseosos de darla a conocer a toda la gente, y yo estoy colaborando con ellos: no dejéis de ir a ver esta imagen, pero sabiendo que ese Cristo donde realmente está es en los rostros y en los corazones de todos ellos, los residentes de La Granadilla. Ahí, en cada uno de ellos, está el corazón del crucificado y todas sus cicatrices curadas.

Bendición y oración del Cristo de los Mayores en la Eucaristía de Jueves Santo: De la chatarra al altar

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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