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Benedicto XVI Juan Pablo II

De Juan Pablo II a Benedicto XVI

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Retazos para una personal crónica periodística del mes de abril de 2005 en Roma y en la Iglesia.

Universidad Pontificia de Salamanca

Facultad de Teología

Mesa Redonda. 12 de mayo de 2005.[1]

“Memoria y perspectiva:

La Iglesia y la Teología Española

entre Juan Pablo II y Benedicto XVI”[2]

         Pienso que si hubiéramos de poner un titular de prensa al mes de abril de 2005 vivido en Roma y en toda la cristiandad, éste nos lo habría dado uno de los protagonistas de este apasionante mes de vértigo, el Papa Benedicto XVI. El titular, a mi juicio, sería “La Iglesia está viva y es joven”, aunque cuando pueda parecer manido y hasta demasiado optimista. Benedicto XVI repitió al menos cuatro veces está frase en su hermosísima homilía de la misa de comienzo de su ministerio apostólico petrino el domingo 24 de abril de 2005.

Crónica de una muerte anunciada

         La vitalidad de la Iglesia quedó de manifiesto a partir de la noche del jueves 31 de marzo. Un servidor estaba acabando un guión de radio para su programa “El Espejo de la Iglesia diocesana” de Cope Sigüenza (FM 102.5) y de Cope Guadalajara (FM 89.3) mientras escuchaba “La Brújula” de Onda Cero. Juan Pablo Colmenarejo, director entonces de este programa radiofónico, interrumpió la tertulia de análisis político que ocupaba las ondas para dar paso al corresponsal de la emisora en Roma. Admito que, por distintas razones, puse en “cuarentena” la veracidad exacta de la información y de sus pronósticos.

         Y es que reconozco que a esta última hora me resistí a creer que Juan Pablo II se moría. Como llevábamos tanto tiempo “esperando” y “preparando” su muerte, como sabía que todos los MCS tenían preparados desde hacía años dossieres especiales para cuando llegará este acontecimiento y como, cual “Ave Fénix”, nuestro querido Karol Wojtyla iba saliendo, mal que bien, de las sucesivas crisis de su quebrantada salud, una vez más tomé con cautela la información. No obstante, entré en internet para leer el presunto comunicado del portavoz vaticano y para ver los distintos enfoques e informaciones con que se presentaba la noticia.

         Saltaron mis alarmas cuando hube de desistir de entrar en la página web de la Santa Sede, tras casi media hora de intentos y de esperas. Me dirigí entonces a las ediciones digitales y en tiempo real de los diarios españoles e italianos y allí me encontré con la verdad: los entrecomillados de Navarro Valls acerca de la “altísima gripe” que asolaba a Juan Pablo II y de la crisis renal aguda que padecía su organismo. Entonces sí lo tuve claro: el Papa se moría y con este tenor y temor llamé, a pesar de que ya era medianoche, a algunos amigos.

         Pensé entonces que, como las ediciones de “ECCLESIA”, la revista semanal de ámbito nacional que dirijo desde diciembre de 2004, las cerramos los lunes, teníamos todavía tiempo suficiente para rediseñar el número de la revista.

          Pensé entonces que el programa de radio sobre cuyo guión había estado trabajando hasta que entré en internet y que habría de emitirse al mediodía del viernes en las emisoras locales de la Cadena Cope en mi diócesis de Sigüenza-Guadalajara, quizás no tendría lugar porque habría programación en cadena.

         Miré un par de fotografías mías con Juan Pablo II, recordé algunas vivencias más personales de estos casi 27 años para la eternidad, me acosté e intenté conciliar el sueño. Sin embargo, como periodista que uno es de cuna, de facultad y de ejercicio, no quería que me pudiera despertar a la mañana siguiente la noticia de la muerte del Papa y a las tres menos minutos y a las cinco menos minutos me desperté espontáneamente y pude escuchar los boletines horarios de RNE, que no añadían nada nuevo.

1 y 2 de abril de 2005 para la historia

         El viernes 1 de abril tenía yo misa a las 8 de la mañana en la capellanía de un Colegio religioso que sirvo desde hace años en Madrid. El radio-despertador estaba puesto 35 minutos antes. Pero no me despertó el aparato sino una llamada a mi teléfono móvil. Era Celia, la productora del programa “La Mirada Crítica” que en Telecinco dirige el periodista Vicente Vallés. Me reclamaba en el plató de este programa para las 9,15 horas; me ponían coche; me daba de desayunar; y estaba dispuesta, con tal de que fuera al programa, satisfacer lo que necesitara…

Comenzaron así cuarenta y horas trepidantes en la vida de un periodista-sacerdote, acostumbrado por oficio a hacer las oportunas gestiones para que hablen los demás, y en aquellos días 1, 2 y 3  de abril viví de plató en plató, de teléfono en teléfono, de radio en radio, de artículo en artículo…

Del centenar de intervenciones periodísticas -en radio, prensa, TV, internet…- que aquellos días “despaché”, quisiera ahora recordar una de ellas, especialmente emotiva.

Comenzaba la noche del sábado 2 de abril y me sentí en deuda con el periódico provincial “Nueva Alcarria” – que ya me había llamado en la tarde del viernes día 1, mientras caminaba veloz por los pasillos de RNE en Madrid-., Sabía que el Papa Juan Pablo II tenía las horas e incluso los minutos contados. Llamé al director editorial de “Nueva Alcarria”, Pedro Aguilar, y le pregunté que hasta qué hora podía enviar a este periódico un artículo sobre Juan Pablo II para que saliera publicado el domingo día 3. Me dijo -respuesta muy periodística- que “¡ya mismo!”. Colgué el teléfono, me senté ante el ordenador y me puse a escribir. Pasaban las 21,30 horas del sábado 2 de abril de 2005. Tenía la radio encendida en RNE, la televisión puesta en Antena 3, la conexión a internet disponible. Y sonó el teléfono. Era mi madre desde Sigüenza: “Jesús, que TVE acaba de decir que se ha muerto el Papa”. No sabía lo que hacer: empezarían, de nuevo, las llamadas incesantes al móvil y no me iba a dar tiempo a acabar el artículo para “Nueva Alcarria”.

Como ya tenía un precompromiso con Antena 3 TV de que en cuanto aconteciera la muerte de Juan Pablo II vendrían a buscarme para llevarme a Alcobendas, entendí que ya sólo esa era la llamada que debía esperar y me urgí a concluir el artículo recién comenzado para “Nueva Alcarria”. Así sucedió.

Un ejemplo de entre tantos

         Se entenderá que si abundo en estas referencias personales no es para contar mi vida -que ya sé apenas tiene interés alguno- sino para reflejar el tremendo impacto que tuvo en la opinión pública, en la vida de todos y en los medios de comunicación la noticia de la anunciada muerte del Papa Juan Pablo II.

Y así también se entienden mejor las cifras millonarias de telespectadores, radioyentes e internautas de aquellos días, de los cuatro millones de peregrinos a Roma para despedirse de Juan Pablo II, de la desbordante representación oficial en el funeral de Juan Pablo II, y de los miles y miles de kilos de papel periódico o papel revista que ocuparon esos días romanos de abril de 2005.

Días después estuve en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid impartiendo un máster de tres horas sobre Comunicación Institucional, como vengo haciendo desde hace cuatro cursos. Allí, en otras cosas, comprobé lo que ya sabíamos: que la noticia de la muerte del Papa fue conocida en su gran mayoría a través de la televisión. Y cuando, en conferencias sobre temas similares en Cádiz, en Granada o en León, abundé sobre ello, la constatación fue sino idéntica, muy parecida.

Días después, en la página web que la revista ECCLESIA acababa de abrir, pusimos una encuesta para saber por qué medio se habían enterado nuestros internautas de la elección del nuevo Papa Benedicto XVI y el 44,1% dijo haberlo sabido por la televisión.

La sociedad de la comunicación

         Precisamente esta clave de la hegemonía en nuestras latitudes de la llamada sociedad de la comunicación y de la información – y, en particular de la televisión- es preciso también tenerla en cuenta para atisbar uno de los inequívocos e ineludibles retos y ámbitos donde la Iglesia, empezando por su Pastor Supremo, no puede ya jamás dejar de estar.

Juan Pablo II intuyó ya desde 1978 esta realidad y, sin duda, que una de las dimensiones más acusadas de su pontificado fue la del Papa comunicador, la del Papa párroco de la aldea global, tanto cuando permanecía en Roma como cuando viajaba por la rosa de los vientos.

El mes de abril de 2005 lógicamente no se detuvo ni se paró en la ni en la noche del sábado 2 de abril –día de la muerte de Juan Pablo II- ni en mañana del 8 de abril, mañana ventosa, impetuosa, emocionada, emocionante y emblemática.

Los ojos del mundo entero y el corazón de los católicos siguieron clavados en Roma hasta, al menos, el domingo 24 de abril. Nos aguardaban la semana del precónclave, los días bien efímeros del cónclave -con su maravilloso ritual, mezcla de tradición, sacralidad y adaptación signos de los tiempos, y su extraordinaria riqueza cromática,  ceremonial, litúrgica  y artística- y la elección del nuevo Papa, sus primeros pasos y su toma de posesión.

La realidad, su percepción y su transmisión

          ¿Qué ocurrió en aquellos días? ¿Cómo fueron percibidos por los MCS, por la opinión pública, por nuestra misma Iglesia, particularmente la española?

Inevitablemente fueron los días de la rosa de los papables y, sobre todo en España, fueron los días del gran despiste. Yo estuve en Roma el día de la víspera del entierro de Juan Pablo II en una visita relámpago, en una peregrinación personal y agradecida al Papa de mi vida. Regresé a Roma el domingo 17 de abril y me encontré desde que aterricé en Fiumicino con que lo que España iba siendo una posibilidad que cada vez ganaba más enteros, en Roma era un clamor.

¿A qué me refiero? Al nombre del gran, sino único, candidato, al nombre de Joseph Ratzinger como quien entraba ya de blanco al cónclave y tenía todas las papeletas para salir de él vestido también blanco, aun cuando en la tarde del martes 19 de abril se le vieran todavía las mangas de una camisa y de un jersey negro…

Una elección esperada y sorprendente

         ¿Cuáles eran las claves, las razones de esta elección tan cantada en Roma y que en España cogió a tantos con el pie cambiado? Si un día se pudiera confirmar de verdad que el cónclave de abril de 2005 fue cosa de uno o como mucho de dos, las hipótesis periodísticas que seguirán pienso que podrían elevarse a la categoría de tesis. Me explico: el cónclave de abril de 2005 eligió a “il primo di noi”, al “meglio di noi” -“al primero, al mejor de entre nosotros”-. Como afirmara en una entrevista periodística, el prepósito general de la Compañía de Jesús, “la elección de Ratzinger era la más lógica y la mejor”.

Creo que los cardenales eligieron al mejor: al más preparado, al que ofrecía un retrato de mayores adhesiones, a quien mejor conocía la Iglesia en sus Curias, en sus despachos y en sus pies de obras, a quien durante años había colaborado tan estrechamente con el Papa anterior, a quien -así lo comprobé yo en los dos últimos Sínodos: 1999 y 2001- cada vez que hablaba era aplaudido y coreado desde el principio hasta el fin de sus palabras.

Por supuesto que los cardenales sabían de sobra sus 78 años de edad, su estado de salud y la reacción que en una determinada opinión pública iba a generar su elección. Los sabían los cardenales y, sobre todo, lo sabía Ratzinger. Luego, su elección fue fruto de un ejercicio de libertad y de seguridad, amén de las ineludibles mociones del Espíritu, en las que creo firme y cordialmente.

Cooperador de la Verdad

No cabía ni cabe duda que él había sido el gran arquitecto doctrinal del ministerio petrino de Juan Pablo II el Grande, quien, en tres ocasiones, rogó a su hoy mismo sucesor que permaneciera al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ratzinger quiso, en tres ocasiones, dejar el servicio y regresar a su Alemania.

Quien esto suscribe sabía desde hacía tiempo el aprecio sincero y profundo que le profesaban los cardenales y tantos y tantos obispos, sacerdotes, consagrados y fieles de toda la catolicidad. Una de las misiones capitales del ministerio petrino es confortar y robustecer en la fe a los hermanos. El hasta esta ahora cardenal Ratzinger, el ya Papa Benedicto XVI, llevaba años confortándonos en la fe y colaborando de manera preeminente en este ministerio de Juan Pablo II.

Esta colaboración de Ratzinger con el ministerio petrino de Juan Pablo II lo ha sido desde la generosidad y desde fidelidad a su lema episcopal, ahora pontificio: “Cooperador de la Verdad”. Este lema es una de las claves que mejor explica quién ha sido, quién es y quien será Benedicto XVI: “Cooperador de la Verdad”.

“Il Papa forte”

         Un periódico italiano titulaba al día siguiente de la elección pontificia de Benedicto XVII: “Joseph Ratzinger, el Papa fuerte”. La verdad es que me gustó este titular, aun cuando discrepara de su intencionalidad. A mi me parece bien, me parece justo y necesario, que tengamos un Papa fuerte. En medio de la sociedad postmoderna del pensamiento débil, de la fragmentación de las personas, de las conciencias y de la entera humanidad, ¿cómo no me iba a parecer bien un Papa “fuerte”?

Pero he aquí, eso sí, que la fortaleza de Dios y, por ende, la de sus ministros, seguidores y testigos no es como la fortaleza de nuestro mundo y de nuestras categorías y valores.

Nos decía Benedicto XVI, el Papa fuerte, en su homilía del 24 de abril de 2005, misa de comienzo de su ministerio, a propósito del signo y prenda del palio que le fue impuesto: “El símbolo del cordero tiene todavía otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamarán así mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el Pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de parte de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela El como el verdadero pastor”.

Un Papa libre

         Apenas un mes desde esta elección pontificia -tan sorprendente como, a la vez, poco sorprendente-, creo asimismo que tenemos datos más que suficientes para afirmar que Benedicto XVI está siendo y será un Papa libre. Nadie mejor que quien colaboró tan estrechamente con Juan Pablo II, que quien fue amigo personal suyo, para no sentirse abrumado por su herencia, por su legado, su carisma.

Quizás me equivoqué pero desde el primer pensé y sigo pensando que el nombre elegido por Ratzinger para calzar las sandalias del pescador obedece, sobre todo, a las razones aducidas por él –la memoria del Papa Benedicto XV, el Papa de la paz,  y el renovado compromiso de Ratzinger en el servicio de la paz, la evocación de San Benito de Nursia…- ,y ya bien conocidas por todos, como a una voluntad expresa de ser él mismo, y de no ser ni Juan Pablo III, ni Pablo VII, ni Juan XXIV, ni Pío XIII.

Benedicto XVI es realista y es libre. Sabe la edad tiene y sabe que debe ejercer determinadas funciones del ministerio confiado con su propio estilo, personalidad y circunstancias. Además nunca creí nos que pudiera llegar un Papa clónico. No existen los clones. Benedicto XVI está siendo y será él mismo.

El programa de pontificado de Benedicto XVI

         “Queridos amigos: En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido exponer ya y no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno no es hacer mi voluntad, no es seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad de Dios y dejarme conducir por El, de tal modo que sea El mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.

Son palabras del Papa Benedicto XVI, en su homilía de la misa de comienzo público de su pontificado del pasado 24 de abril. Y pocas veces un “no-programa” como el que acabamos de reproducir es, a la vez, más programático, más indicativo, más sugerente, más hermoso, más “programa”. Es el programa de gobierno de quien sabe que es el Señor quien lleva el timón de la nave de su Iglesia, de quien se nos presentaba, nada más ser elegido para la altísima misión confiada, como un “sencillo y humilde trabajador de la viña del Señor.

Es el programa de gobierno de quien es consciente, tanto de la precisa y preciosa tarea encomendada como de la limitación de sus propias y solas fuerzas humanas para llevarla a cabo. Es el programa de gobierno de quien es consciente -desde la sabiduría de la fe y de la plegaria- de que no sólo él quien tiene que llevar a puerto la travesía.

Este programa de gobierno nos habla asimismo de actitudes capitales en la vida de la Iglesia, en el crecimiento de la condición cristiana y en la fecundidad del apostolado como son el servicio, la humildad, la escucha atenta y orante de la palabra de Dios y la necesaria vivencia de la pertenencia eclesial, cada uno en sus funciones y ministerios, desde la comunión, la colegialidad y la corresponsabilidad -dicho de otra manera, en verbo latino: “cum Petro et sub Petro”-. Y él, esta persona, este hombre elegido, Joseph Ratzinger -desde la tarde del martes 19 de abril de 2005, Benedicto XVI- es Pedro.

Este programa-no programa de gobierno y de ministerio de Benedicto XVI fue elegido en otra de las encuestas de la web de ECCLESIA DIGITAL como la primera de las seis opciones ofertadas.  Contó con el 52,3% de los votos. Le siguieron, por este orden, la pastoral juvenil -con el 16.9%-; proseguir en la aplicación del Concilio Vaticano II -con un 10,8%-; la unidad de los cristianos -9,2%-; el diálogo con el mundo y con otras religiones -el 7,7%-; y por último, la colegialidad episcopal con el 3,1% de los votos.

El Papa de las sorpresas

         Quizás esta definición o caracterización del ministerio de Benedicto XVI pueda parecer a primera vista como osada y su repetición pueda sonar a hueca o a forzada. Un servidor, que ya lanzó en la misma tarde de su elección este pronóstico, sigue persuadido de él desde aquella tarde del 19 de abril de 2005 -memorable tarde romana de hermosa sorpresa y cuajada de sorpresas y de no sorpresas…-.

Ya dije antes que Benedicto XVI va a ser fiel a si mismo y fiel, sobre todo, a la Iglesia y a Jesucristo, el Señor de la Iglesia, desde su lema “Cooperadores de la Verdad”.

A algunas de estas sorpresas y no sorpresas, a algunas de esta fidelidad en la cooperación de la verdad ya hemos aludido, entre las distintas prioridades que, sin prisas ni reclamos de marketing alguno, ha venido esbozándonos se perfilan de modo inequívoco temas ya citados como la continuada aplicación y aprovechamiento del Concilio Vaticano II, la búsqueda de la unidad de los cristianos y la pastoral con los jóvenes.

Como asimismo es bien sabido y antes recordé, el nombre elegido por Joseph Ratzinger para servir la Iglesia  como Sucesor de Pedro está lleno de significado, de proyecto y de futuro. El nombre de Benedicto XVI hace memoria del Papa Benedicto XV (1914-1922), el Papa de la paz en plena Iª Guerra Mundial y en la inmediata postguerra. El nombre de Benedicto evoca también a San Benito, el santo italiano del siglo V y siglo VI, fundador del Monacato Occidental y uno de los patrones de Europa.

La paz, en diálogo con todos los hombres y con todas las religiones; la espiritualidad benedictina honda y recia; y la construcción de una Europa de valores, fiel a su misma identidad e historia cristiana son, de este modo, realidades y objetivos a los que Benedicto XVI se ha comprometido con la elección de este nombre. Por ello, creo de verdad que Benedicto XVI será el Papa fuerte y humilde de las sorpresas y de fidelidad en su servicio y cooperación a la verdad.

Esbozo de cinco conclusiones finales y provisionales

         Me permitiréis, amigos, concluir estas palabras, esta ya larga crónica periodística, con un esbozo de conclusiones finales y, sobre todo, provisionales, que recojan buena parte de lo expuesto hasta ahora. Son estas:

1.- La Iglesia está viva. Está viva, sí. Está viva y es joven. Sin triunfalismo, sin falsas vanidades ni autocomplacencias. Está viva, sobre todo, en su sencillo Pueblo de Dios. Está viva a pesar de tantos pesares, que todos conocemos. Deber nuestro será escrutar y aprovechar las verdaderas dimensiones de esta vitalidad.

2.- Es inaplazable el diálogo y la presencia de la Iglesia con la cabeza, el corazón, el tronco y las extremidades de la sociedad de la comunicación y muy particularmente con la televisión y con el emergente mundo de las nuevas tecnologías y, en concreto, de internet.

El mes de abril de 2005 en Roma  -nunca como ahora más urbe y, sobre todo, más orbe- nos depara muchas lecciones al respecto, entre otras, la necesidad de formar periodistas en información religiosa especializada, en saber comparecer ante los MCS sin miedos, en aprovechar las oportunidades que nos brinden al respecto.

3.- La elección de Joseph Ratzinger fue fruto, por supuesto del Espíritu, y de la percepción por parte de los electores de que él era el mejor, “il primo di noi”. Eligieron al Papa que la Iglesia y el mundo necesitaban.

4.-  Benedicto XVI sabe perfectamente la misión que le ha sido confiada, su identidad, su esencia, su carisma y sus accidentes.  Sabe que es Pedro. Y sabe que Pedro fue apóstol y el primero –el Príncipe de los Apóstoles-. Valgan dos ejemplos sencillos y quizás han pasado un tanto desapercibidos: el nombre exacto de la Misa de inicio de su pontificado – “celebración eucarística para el inicio del ministerio petrino del Obispo de Roma”- y la supresión de la tiara en su escudo pontificio y la inclusión del palio. ¿Significan algo estos dos gestos, estos dos signos? ¿Un nuevo guiño dirigido hacia la unidad de los cristiano? ¿Una llamada a potenciar la colegialidad episcopal? ¿O serán, de nuevo, meras cábalas periodísticas?

5.- Benedicto XVI es y será un Papa fuerte, humilde, libre, sin complejos, con personalidad propia, realista y sorpresas. ¿Cuáles podrán ser éstas? Amigos, comprenderéis si las supiéramos no serían sorpresas … y que, si un servidor, periodista como es, las conociera, las irá dando poco o poco, en pequeñas dosis y entregas, para así hacer subir las ventas y suscripciones de la Revista ECCLESIA y de su página web que dirijo y las audiencias de mis participaciones en otros MCS…

Tiempo, pues, al tiempo y atentos a los efectos del aquel impetuoso de la mañana del funeral del Papa Juan Pablo II el Grande. No pudo ser otro viento que el viento del Espíritu.

Por último, no quisiera despedir estas líneas sin expresar mi agradecimiento a la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca por brindarme esta oportunidad. No es cortesía de rigor. Escribir y pronunciar este texto ha sido para un honor. Uno más que le debo, de un modo u otro, al Papa Juan Pablo II, que hace ya más de 23 años me hizo sacerdote y con quien me ido haciendo también periodista.

 

[1] Los otros intervinientes fueron el arzobispo de Valladolid, monseñor Braulio Rodríguez Plaza, los profesores Olegario González de Cardedal y Santiago del Cura y el decano de la Facultad de Teología de la UPSA Gonzalo Tejerina.

 

[2] El texto está ligeramente retocado de su original como conferencia para adaptarlo al paso del tiempo acontecido. Con todo, está respetado el texto original en, al menos, su 90%.

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