En un lugar...

De culpas y responsabilidades

Veo, como peligrosa tendencia, eso de «pedir perdón en nombre de (inserte colectivo) por la histórica y sistemática opresión a (inserte colectivo)». Digo peligrosa no porque pedir perdón esté mal, sino porque, para que sea reparador, tienen que suceder varias cosas que no se dan.

En primer lugar, para pedir perdón, creo yo, por hechos concretos, que son los que implican una culpa concreta y reparable. Pensemos, por ejemplo, en que, aunque llegara tarde, la Iglesia se retractó de su condena a Galileo. O cuando Juan Pablo II pidió perdón por la Inquisición, también unos siglos después. En segundo lugar, la petición de perdón tiene que ir a alguien a quien se le haya hecho daño, y de alguien que pueda asumir el mal y hacer algo por repararlo. De igual manera, si alguien exige a otra persona (o grupo) que pida perdón, o es con la disposición de perdonar o es solo una estrategia de victimización.

Pero, siguiendo con Juan Pablo II, este Papa luchó, en pleno debate de los años 80, contra el concepto ‘pecado estructural’ y, en su lugar, acuñó el término ‘estructuras de pecado’ en el magisterio de la Iglesia. El lenguaje importa, y tenía que quedar claro que el pecado estructural no es un pecado, y por eso, para responder a aquella realidad que tan acertadamente detectó la teología de los años 80, se prefirió hablar de ‘estructuras de pecado’. Porque es cierto, vivimos en un mundo en el que hay factores que limitan, y de qué manera, nuestra libertad para hacer el bien.

En estos casos, creo mucho mejor asumir la responsabilidad del cambio. Pedir perdón por algo genérico y sistémico no tiene mucho valor si solo sirve para flagelarse y autodespreciarse con el único objetivo de ganar aplausos. Pedir perdón es útil, en todo caso, como medio de reparación. Por eso, creo que es mejor disculparse por cosas concretas, investigadas y esclarecidas, que por una especie de nebuloso pecado colectivo del que no puedo escapar. En el fondo, no hay nada más inmovilista que eso, que ese tipo de disculpas tan emotivas como vacías descargan la responsabilidad del cambio de las estructuras frente a otro, que normalmente suele ser un ente abstracto como ‘el estado’.

¿Quién quiere que cambien las cosas?

¿Quién está dispuesto a cambiar?

Print Friendly, PDF & Email