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Daniel Cuesta SJ: «Lo importante es que en las procesiones de 2021 seamos los más posibles»

Era difícil imaginar que el título del libro fuera a ser tan profético. Cuando el jesuita Daniel Cuesta SJ (Segovia, 1987) publicó, a principios de este año, La procesión va por dentro (Mensajero, 2020), no se imaginaba que este año tendría que ser literalmente. Aun así, tiempos como este han permitido que se vea la mejor cara de las cofradías y hermandades, con sus iniciativas solidarias para ayudar a las personas que lo necesitan ahora. Sobre esto en particular y la espiritualidad cofrade en general hemos hablado con Cuesta, porque las cofradías van mucho más allá de salir o no salir en procesión.

—¿Por qué escribió el libro?
—Viene de una petición de José María Rodríguez Olaizola. Vengo del mundo de las cofradías desde pequeño, lo vivo con intensidad y en la Compañía lo he mostrado así. Esta petición es doble: por un lado, escribir un libro a estas cofradías desde su vertiente más cristiana, y luego, redactar una obra más testimonial.

—¿Dónde ha vivido su fe cofrade?
—He acompañado al Cristo yacente de Gregorio Fernández desde los seis años hasta que entré al noviciado, en 2007. Luego he vuelto pocas veces para acompañarlo: en la JMJ de 2011, y en 2017, cuando mi abuelo estaba a punto de morir, salí en procesión. Siempre de nazareno. Nunca he sido cargador, fundamentalmente porque el año que salió por primera vez el Cristo de la paciencia a hombros entré en el noviciado y nunca he podido.

—Este año la procesión va a tener que ir por dentro…
—Más que nunca. De hecho, hemos empezado desde los jesuitas jóvenes, en el canal Voces Esejota de YouTube, algo con el mismo título, nunca pensé que fuera a ser profético… Desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección, todos los días, a primera hora de la tarde, publicaremos un vídeo en el canal.

—El libro, antes de empezar el confinamiento, iba por la segunda edición. ¿Esperaba el éxito?
—No lo esperaba, por dos cosas. Primero porque no pensaba que fuera a llegar a tantas partes del mundo cofrade, ni que se fuera a comprar, y no pensaba yo que fuera a conectar tanto con la gente. No es nada del otro jueves, son experiencias muy comunes, muchos modos de rezar, conocer a Jesús, modos de conocer la experiencia cofrade. Precisamente ha sido eso, porque es algo muy sencillo, lo que ha hecho que haya tenido este éxito. Este es el cuarto libro que escribo sobre la Semana Santa.

—El subtítulo del libro es En busca de una espiritualidad cofrade. ¿La ha encontrado?
—Sí, yo creo que la he encontrado. La espiritualidad es un conjunto de prácticas, los acentos que cada uno le pone al Evangelio. La letra que cada uno le pone a esa melodía es la espiritualidad. ¿Existe una espiritualidad cofrade? Sí, ahora bien, es una cosa diferente a la espiritualidad ignaciana, franciscana, carmelitana. Es muy amplia y muy versátil, caben desde los que viven el cristianismo de una manera tradicional hasta los que son más vanguardistas.

—¿Cómo se viven el Triduo o las celebraciones litúrgicas más allá de las procesiones? ¿Puede parecer que a veces quedan un poco apartadas?
—Lo explico un poco, no es un libro de cofradías sino de hermandad. La cofradía es la hermandad puesta en la calle, una o dos veces al año. Y la hermandad es lo que se vive todo el año, 364 días al año en que un grupo importante, no todos de los que han salido en la procesión, se juntan para vivir el ritmo. Ahí se vive la Navidad, se pone el Belén, se celebra la Eucaristía, la Cuaresma, el Corpus Christi. Está mediado todo por la vivencia de la Semana Santa. Sí que he hablado del Triduo Pascual, y sí que se cuida la vivencia sacramental. También cuento que la Semana Santa nace porque el pueblo no entiende la liturgia, y necesita expresar esa liturgia que no vive con una vivencia más palpable. El pueblo intuye algo y tiene las procesiones. La procesión expresa cosas y conecta tan potentemente con los sentimientos que hace cercano el drama de la Pasión. Los oficios sí que se viven en la Semana Santa. No lo cuento en el libro, pero hay compañeros o gente que ha estado en los seminarios que dicen: «Hasta que no entré en el seminario nunca había ido a una Vigilia Pascual». ¡Vaya! Yo había ido a todas con la cofradía.

—Cuenta que ha mostrado a sus compañeros de la vida religiosa el mundo cofrade. ¿El libro es más para los que no conocemos las cofradías o para los que sí?
—Al principio lo pensé para los cofrades y la primera redacción usaba un lenguaje muy capillita, muy friki. Daba muchas cosas por sentadas y, cuando lo mandé a la editorial, me lo devolvieron diciendo que tenía que ser un lenguaje más universal. Para mí fue un reto, cómo explicas a un no cofrade según qué tipo de cosas. Y sí, el libro también es para no cofrades, y sí se está vendiendo entre gente que no lo es, que ve que hay algo ahí que no entiende, y que lo explique un jesuita que se supone que no es superficial, algo tiene que haber ahí. Es un libro pensado para todo el mundo que tenga un interés en acercarse.

—Usted es de Segovia, pero al hablar de cofradías y procesiones de Semana Santa, lo primero que viene a la mente es Sevilla… ¿Hasta qué punto son comunes las procesiones en España?
—Es una cosa común que nace en la Edad Media con un modo muy asociado a las órdenes mendicantes. La Ilustración va en contra, se prohíben muchas cosas y ahí nacen las diferencias. Pero en todos los sitios de España se ha vivido la Semana Santa. A la vez, en toda España se está dando un resurgir inexplicable de ella, digo inexplicable porque hubo una crisis tan fuerte en los 70 que no se esperaba que fuese a triplicarse el número de cofrades y ser el movimiento asociativo que más gente congrega no solo en la Iglesia, sino en el propio país. Son un movimiento asociativo enorme.

—Se ha mencionado en septiembre como una posible alternativa para celebrar procesiones, ¿cómo lo ve?
—Creo que no es tiempo de ponerse a discutir eso. Para mí, lo importante es que en las procesiones del año 2021 podamos salir el mayor número de gente posible, que no perdamos a gente querida de las cofradías, es muy dramático. El ponerse a discutir sobre si va a haber o no va a haber procesiones me parece frívolo. Puede que se celebre algo en septiembre, pero no va a ser la Semana Santa. Los ritos hay que saber esperarlos, como dice El Principito.

—¿Cómo se está viviendo esta situación en el mundo cofrade?
—Me gustaría destacar gestos muy significativos, como grupos de costaleros que desde el primer día se han ofrecido a llevar la compra a los ancianos, o costureras de mi cofradía que desde el primer momento dejaron las túnicas y se pusieron a hacer mascarillas para ayudar a los hospitales y residencias.
Además, se ha acogido con cierta normalidad el hecho de que no vaya a haber procesiones. Ha sido más esa respuesta que el ruido generado.

—En el siglo XIV comienzan las procesiones de penitentes, es la época de la Peste Negra. ¿Hay algo que podamos aprender de todo ello desde la perspectiva cofrade?
—Es verdad que la peste negra tiene algo que ver. Leía un artículo en que decían que las procesiones de flagelantes de san Vicente Ferrer y otros muchos ayudaron a contagiar la peste, porque claro, iban con las espaldas abiertas… Es un siglo eminentemente penitencial. Eso se ve en la imaginería alemana de la época, más exagerada que cualquiera española por el sufrimiento, como ahora vivimos con familias que pierden a sus hijos. Es un siglo que viene después del Gótico, en que la confianza de que el hombre podía con todo se rompe. Empieza la necesidad de pedir perdón y ver lo pequeño que es el hombre.

—¿Nos hemos creído invencibles?
—Se quemaban cadáveres en la calle para evitar contagios, y no se podían despedir. Ahora estamos viendo situaciones parecidas. Todo eso nos lleva a darnos cuenta de que no podemos con todo. Hay un aprendizaje básico de darnos cuenta de que no podemos, aunque a veces queremos. Es un golpe a nuestra autosuficiencia. Y otro aprendizaje, el de poner a nuestros mayores en el centro. Y protegerlos y cuidarlos. A la vez, cuidado con las interpretaciones apocalípticas.

—¿A qué se refiere?
—No me gusta nada la interpretación de que es un castigo de Dios por la soberbia de los hombres. Creo que nosotros mismos nos damos cuenta de que nuestra soberbia nos lleva al pecado, pero como dice el Papa, Dios perdona siempre, nosotros algunas veces, y la naturaleza nunca.

—En estos tiempos, parece que  el laicado toma protagonismo. ¿Puede ser favorable para las cofradías, que siempre han sido espacios de vida laicales?
—Leo el Concilio Vaticano II y su reflexión posterior sobre los laicos autónomos y el sacerdote que atiende, y me vienen a la mente, mutatis mutandis, las cofradías de la Edad Media y la Edad Moderna. Eran asociaciones de fieles con sus propios estatutos, aprobados por el obispo, y que ejercían la caridad o llevaban a cabo la liturgia asistidas por un sacerdote. Pienso que se adelantaron siglos a lo que después hemos construido como «Iglesia de los laicos». Por ejemplo, la cofradía de la Pasión de Valladolid salía todas las noches a recoger niños huérfanos abandonados. Después, atendían a los moribundos, y a los que eran condenados. Tenían hospitales, eran muy importantes. Al llegar esta «Iglesia de los laicos» que estamos viviendo, este movimiento encuentra un lugar y eclosiona, y no acaba de encajar en estructuras diocesanas. A veces se ha mirado a las cofradías con cierta sospecha.

—¿Con sospecha?
—Es verdad que cada vez se hace un esfuerzo mayor por incluir las cofradías en los planes de Evangelización y Pastoral Juvenil. En Salamanca viví cómo se iban integrando las cofradías. Todo viene de esa riña que ha habido, y ahora que en muchas parroquias no hay jóvenes, ellos van a las cofradías, donde sí los hay. Se da un desajuste y un diálogo, es necesario que cofradías e Iglesia más parroquial se sienten y hablen sosegadamente, sumando esfuerzos, cada una desde sus potencialidades.

—En su libro habla de «tres pecados» de las cofradías: autorreferencialidad, derroche, y demasiado acento en la Pasión. ¿Por qué esos tres?
—Porque los conozco y para dar realidad al libro, que es muy apologético y habla de la hermandad ideal, que es difícil de encontrar, como es difícil de encontrar la parroquia ideal. Al llegar al final y plantearme un examen ignaciano, que nadie piense que escribo el libro como un ingenuo. Estas tres sombras me parecen las más características. La autorreferencialidad la vemos todos los días, a veces quiero que mi cofradía sea la mejor y no me hace ver la bondad de la de al lado. El derroche se ve muchas veces queriendo vestir a la imagen, por ejemplo. Gracias a Dios, siempre hay una voz que nos dice que no nos olvidemos de la Caridad. Y la Pasión: en la tierra conocemos al crucificado, porque no hemos vivido la Resurrección pero el dolor lo hemos vivido todos. Eso nos lleva a veces a una Pascua que se queda en lo penitencial.

Por Asier Solana

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