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“Dadles vosotros de comer” (Lc 9. 13), por Fernando Chica, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

“Dadles vosotros de comer” (Lc 9. 13), por Fernando Chica, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, artículo publicado en “Diario de Jaén”, 16-10-2018

Cada 16 de octubre la Agencia de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) celebra el Día Mundial de la Alimentación para conmemorar la fundación de la Organización en 1945. Este año se celebra bajo el lema: «Nuestras acciones son nuestro futuro. Un mundo Hambre cero para 2030 es posible». Lo que se pretende con esta Jornada es promover la concienciación y la acción en el mundo a favor de quienes padecen hambre y recordar la necesidad de garantizar la seguridad alimentaria y dietas nutritivas para todos. Para ello no son suficientes los eslóganes, las palabras.

Hay que tomar medidas concretas para alimentar a quien, llegada la noche, por su indigencia, no ha podido comer. Esto requiere voluntad política, así como adecuada y generosa financiación. No podemos contentarnos con elaborar solo minuciosas estadísticas acerca del hambre en nuestro planeta.

La escena evangélica de la multiplicación de los panes y los peces (cf. Lc 9,10-17) puede centrar nuestra mirada e impulsarnos a ofrecer lo mejor de nosotros mismos ante un problema tan lacerante como que existan en la actualidad 821 millones de hermanos nuestros que no tienen nada, o casi nada, que llevarse a la boca, lo cual pone en entredicho los beneficios del mismo progreso.

Contemplemos el relato que nos brinda el evangelista Lucas: Jesús se había retirado a un lugar tranquilo a descansar pero una multitud de gente lo buscaba. Él acoge a la muchedumbre, le habla del Reino de Dios y cura a los enfermos. Se hace tarde y los discípulos le sugieren que despida a la gente para que busque cobijo y comida, pero el Señor les responde con un mandato tajante: «¡Dadles vosotros de comer!». Los discípulos quedan sorprendidos: «¡Son más de cinco mil! Y sólo tenemos cinco panes y dos peces». Entonces Jesús «tomó los cinco panes y los dos peces y, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente». El evangelio concluye: «Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos».

Voy a desmenuzar las enseñanzas de este pasaje bíblico para que podamos extraer una serie de consideraciones útiles en la consecución de un objetivo en el que está muy comprometida la FAO. Es el número 2 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y consiste en «poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición».

«No tienen qué comer», le dicen los discípulos al Señor. Los ojos de Jesús, cargados de amor, no solo ven el hambre de Dios que hay en el fondo del corazón de quienes lo buscan. Él sabe también posar su mirada en su situación externa de necesidad material de comer. Tomar conciencia de un problema es el primer paso para poder pasar a la acción.

La respuesta de Cristo es clara: «Dadles vosotros de comer». Los discípulos pretenden solucionar el inconveniente, quitándoselo de encima. Por eso replican: «Diles que vayan a las aldeas y cortijos vecinos para que busquen comida». En cambio, el Señor no escurre el bulto. Toma el problema en sus manos y se implica: «Decidles que se sienten por grupos…». Jesús bendice los cinco panes de cebada y los dos peces que ofreció un muchacho, en un gesto de generosidad extrema (cfr. Jn 6,9). Los reparte y «comieron todos». Actuar es la actitud fundamental para solucionar una dificultad que nos desborda. Que cada uno haga lo que pueda y, así, entre todos, lograremos mucho. De Cristo aprendemos a no declinar nuestra responsabilidad, a no formular excusas ni pretextos. Decía el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación de 2016: «Ya no basta impresionarse y conmoverse ante quien, en cualquier latitud, pide el pan de cada día. Es necesario decidirse y actuar».

«Recogieron los pedazos que habían sobrado y con ello llenaron doce canastos». Es curioso el detalle. El milagro podría haber concluido de un modo brillante, indicando el número de los que comieron, «más de cinco mil», pero se cierra con un lacónico: «recogieron doce cestos de restos». No hay despilfarro en el milagro: cada uno come lo que necesita pero se guarda para quien aún no ha comido, o para mañana, que también volverá el hambre. Jesús invita así a «gestionar los recursos», a pensar en el futuro, a no quedar atrapados en el inmediatismo. Y es que las grandes cuestiones de la humanidad requieren clarividencia, ponerse en la piel de los otros, tener en cuenta a los que vienen detrás de nosotros. Si todo lo agotamos hoy, no habrá nada para el mañana. Si en la hora presente no se actúa con altruismo, las generaciones futuras tendrán que depender de un milagro.

El Papa Francisco nos ha convocado a una conversión ecológica, que debe estar en la base del esmero por la casa común y los bienes de la tierra que se nos han confiado. Salvaguardar lo que hay es la antesala de poder distribuir a todos. A este respecto, afirma el Santo Padre en su encíclica Laudato si´: «No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo» (n. 216). En este sentido, la página de San Lucas que estamos comentando nos invita a un cambio de mentalidad, a un giro copernicano en nuestra conducta. Extirpar las lacras que afligen a la humanidad exige convencimiento interior, voluntad férrea, firmes y urgentes decisiones, en definitiva, «unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria» (Evangelii gaudium n. 261).

El Evangelio es una mina inagotable de motivaciones para salir al encuentro de los menos favorecidos, un clamor desgarrador que nos arranca de la indolencia de nuestro egoísmo, un acicate que rompe la burbuja de la comodidad en la que con frecuencia nos encerramos para no ayudar a los pobres. Cristo, con su palabra y ejemplo, nos pide vencer nuestra indiferencia y revestirnos de la virtud del amor para que nuestras manos se muevan en favor de los menesterosos de este mundo. Lo dijo Francisco el año pasado, visitando la sede de la FAO con motivo de la celebración del Día Mundial de la Alimentación: «Me hago a mí mismo, y también a vosotros, una pregunta: ¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término humanitario, tan usado en la actividad internacional. Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales… No podemos actuar solo si los demás lo hacen, ni limitarnos a tener piedad, porque la piedad de una limosna se circunscribe a las ayudas de emergencia, mientras que el amor inspira la justicia y es esencial para llevar a cabo un orden social justo entre realidades distintas que aspiran al encuentro recíproco. Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria». Y el Papa concluía de esta forma el citado discurso: «Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados. Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia. Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión».

No hay tiempo que perder. Los mismos sentimientos que tuvo Jesús cuando dio de comer a la multitud han de inspirar a cada uno de nosotros hoy, para que nadie quede rezagado y todos en el mundo, en particular los más desvalidos, puedan tener cada día acceso al pan. El hambre se acaba dando de comer. No es cuestión de retórica, sino de justicia y solidaridad.

 

Mons. Fernando Chica Arellano

Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA
Artículo publicado en “Diario de Jaén”, 16-10-2018

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