Rincón Litúrgico

Dadles de comer

Domingo 18 del tiempo ordinario.

«¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis» (Is 55,1-3). ¡Buena interpelación  para cerrar la segunda parte del libro de Isaías!

El profeta invita a los hambrientos y sedientos a participar en el banquete de la Sabiduría. El hombre no podrá saciar su hambre y su sed por medio de sus propios bienes. Tan solo con sus esfuerzos nunca podrá comprar la felicidad. Lo que realmente vale es la escucha de la palabra de Dios y la fidelidad a su alianza.

Con el salmo, reconocemos que el Señor abre su mano y nos ofrece lo que puede saciar nuestras carencias vitales (Sal 144). La pandemia ha venido a recordarnos el peso de esa verdad.  En realidad, ni la angustia ni el hambre pueden separarnos del amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo (cf. Rom 8, 35-39).

LA HORA DE LA TARDE

La alusión profética al alimento que solo Dios puede proporcionarnos nos acerca al evangelio de este domingo, en el que se nos recuerda el episodio de la multiplicación y distribución de los panes y los peces (Mt 14, 13-21).

Jesús ha atravesado el mar de Galilea. Al desembarcar se encuentra con una multitud que le ha seguido por tierra. Jesús siente una lástima sincera. Está cayendo la tarde y los discípulos, por su parte, deciden que lo mejor es despedir a las gentes para que vayan a las aldeas cercanas y se compren algo de comer.

De hecho, reconocen que ellos no tienen  más que cinco panes y dos peces. Nos impresiona saber que los discípulos no tienen recursos para satisfacer el hambre de la muchedumbre. Ni siquera su propia necesidad. En esa pobreza, vemos la limitación de la comunidad cristiana. La de antes y la de ahora.

Dios invitaba a las gentes de Israel a un banquete gratuito. Solo Él podía saciar el hambre y la sed de su pueblo. Andando los siglos, solo Jesús podía y puede alimentar en la penumbra de la tarde a quienes le siguen, con el deseo de  escuchar su palabra.

UNA MIRADA NUEVA

Pero hemos de reconocer que también en este momento de la historia nos interpelan las palabras que Jesús dirige a sus discípulos.

  • «Dadles vosotros de comer». No es una idea abstracta. Es un mandato que no puede dejarnos indiferentes. Los bienes que se pierden en esta cultura del descarte, como dice el papa Francisco, pueden remediar el hambre del mundo. No podemos caer en la tentación de volver la mirada hacia otra parte. Los hambrientos y sedientos son nuestros hermanos.
  • «Dadles vosotros de comer». No es el resultado de un estudio. Es un programa de vida que implica a los cristianos de todos los lugares de la tierra. La Iglesia trata de ofrecer una ayuda generosa, allí donde ninguna organización se atreve a llegar. Esa presencia no es una estrategia: responde a su ser y a la misión que ha recibido del Señor.
  • «Dadles vosotros de comer». No es un simple juego de palabras. Es una orden con alcance universal. Jesús no es un patrimonio exclusivo de los cristianos. Su mensaje no puede ser ignorado tampoco por los no creyentes. Es obligado promover el progreso integral de todo el hombre y de todos los hombres, como decía san Pablo VI.

Señor Jesús, también hoy vemos que muchas gentes sufren el hambre de alimentos, la sed de buenas aguas y la necesidad de escuchar tu palabra. No podemos caer en la indiferencia ni limitarnos a exponer la escasez de nuestros recursos. No permitas que ignoremos las necesidades de nuestros hermanos y danos una mirada nueva capaz de descubrirlas y una voluntad decidida a buscar soluciones efectivas.

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