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Opinión

Curas “gastados”, por José Moreno Losada -sacerdote-

Curas “gastados”,  por José Moreno Losada -sacerdote-

De los sacerdotes se habla mucho y por muchos motivos… Yo, hoy, quiero hacerlo desde un lugar poco transitado como son los “curas gastados”.

En los espacios clericales, últimamente, traemos  la conversación de la construcción de una posible residencia sacerdotal en el terreno del seminario, pensada especialmente para los curas mayores, ya jubilados –con más de setenta y cinco años-. Pero la opción parece ser  que sólo para  los que estén válidos, porque para inválidos no sería sostenible. Se trataría de una residencia para sacerdotes gastados, pero todavía  autónomos; o sea, válidos (cuestión bastante discutida, por cierto).

 Hoy he tenido la experiencia de poder estar con ese grupo de curas gastados de nuestra diócesis “no válidos”, que están siendo amparados en la residencia de Nuestra Señora de la Soledad -servida por las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Mi punto de conexión más directo con ellos es Luis Pérez-Rangel; con él comencé mis primeros pasos ministeriales. Tras una pequeña introducción de párroco en Cheles, formé parte del equipo sacerdotal de Olivenza  y sus aldeas, junto a otros compañeros, Antonio Pina y, después, Juan Delgado, hasta que me llevaron –literalmente- a Salamanca a por el barniz de la teología dogmática, de cuyos polvos vienen estos lodos en los que me muevo actualmente. Hace unos días le llamé para felicitarle por su santo y le prometí que iría a verlo, porque para él el mejor regalo es estar un rato juntos y reírnos mucho, que para eso sí estamos válidos los dos.

Esta mañana dominical he pensado que serían unos buenos Laudes acercarme a la residencia para estar con él y sus hermanas, y como allí se puede ir bien temprano –y no tarde porque se acuestan bien pronto, algo que él lleva regular- allí estaba a la hora propia para conversar y poder, después, acompañarle a la Eucaristía con todos los demás. Me he encontrado con sacerdotes beneméritos mayores a los cuales los relaciono con destinos pastorales: Antonio con Higuera la Real, Diego con Zalamea de la Serena, Miguel con la Albuera y San Fernando, Apolonio con la catedral y su órgano. Y me acuerdo, también, de Francisco Durán, que está en el asilo de Azuaga, que fue mi párroco decenios y decenios en Granja.

Nos ha presidido en la Eucaristía el capellán, Agustín Pérez, que al hilo del Evangelio nos ha interpelado sobre quién es Jesús para nosotros, más allá de teorías y elucubraciones intelectuales. Me preguntaba yo en mi interior qué respuesta sería la que dan estos hermanos del presbiterio ya gastados y “no válidos”. Para Pedro fue clara: “Tú eres el mesías”; imagino que para Luis –y los demás-, en su debilidad consumada y dependencia casi total, más bien la respuesta sería la del Pedro entregado al crucificado-resucitado: “Tú, Señor, lo  sabes todo, tú sabes que  -antes, ahora y siempre- te quiero”. 

Y me refugio, para sentir esta respuesta posible, en un escrito que hace tiempo me mostraba un emocionado Luis, que había recibido de una Hija de la Caridad -Sor Isabel Rodriguez-, que estuvo dirigiendo, con gran valía, el hospital de la Santa Casa de Misericordia de Olivenza, donde estaban los “no válidos de la comarca”, los más pobres, sin duda, y con la que compartí yo también los trabajos  de pastoral y  vida parroquial. En el escrito  aparece la confesión de esta hermana acerca de este compañero y su entrega a los mayores dependientes  que habitaban esa casa, cuando se entera que Luis va a ingresar, junto a sus hermanas, en la residencia de los desamparados:

“…Sé lo mucho que tanto para Vd., como para sus hermanas ha supuesto dejar su casa y sus cosas. Sé porque les conozco, que a pesar de todo saben superar este bache. Los años pasan y las limitaciones con ello se acentúan…Hoy voy a pensar en alto, volver a nuestros tiempos jóvenes y soñar ¿Don Luis, no recuerda con cariño, los años pasados en Olivenza, cuando era nuestro paño de lágrimas? ¿Acaso cree que he olvidado, cuando el frío helaba el rostro de nuestros queridos abuelos? ¿No era Don Luis el que como el viento corría  a solucionar el problema, para poner los cristales, o buscar un cordero? Sí, don Luis era para nosotros “todo”. Sólo para nosotras no, era la ambulancia, el taxi, el confesor y sobre todo era el sacerdote, que acoge, ama, perdona y bendice. Si las habitaciones, escalones, pasillos y ascensores de los hospitales de Badajoz hablaran, nos contarían muchos secretos que ellos encierran, pero no importa, porque está escrito en el libro de la VIDA, “donde el gusano ni la polilla corroe”. De don Luis no  todos tuvieron la suerte de conocer sus “entresijos”, sola fuimos unos cuantos privilegiados, entre los que tengo la suerte de encontrarme…”

El testimonio es claro… para Luis, en su ministerio, los “no válidos” fueron los primeros, por ellos daba la vida, estuvieran en la casa de misericordia, en el hospital o en las necesidades de los más pobres que acudían a Cáritas.  Ahora, cuando ya está tan gastado, se acerca en su silla de ruedas a la capilla, mira a la cúpula donde la pintura presenta la plenitud de la gloria, se reviste únicamente con la estola verde del servicio y la esperanza, y se deja hacer por los demás y por Cristo.

Hoy, una vez más, me he reído con recuerdos y chascarrillos, y lo he hecho a carcajadas, y me ha besado como a un hijo, haciéndome ver como tiene guardado  los recortes últimos de las cosillas mías que salen en el periódico. Yo lo he comulgado en Cristo, por Él y con Él, y me ha sabido a gloria; he creído que la “invalidez” del que se ha gastado a favor de los otros por servirlos –la de Luis, Miguel, Antonio, Diego, Apolonio-, aun en medio de sus debilidades y defectos, es nuestra gloria. Él me ha dicho que ha celebrado y ofrecido la Eucaristía por mi madre, a la que quiere un montón -se emociona al decírmelo-, por sus hermanas y por mí.

Salgo de este encuentro y esta celebración con un sentimiento profundo de que el presbiterio de Badajoz puede honrarse de estar coronado por  estos curas gastados en Jesucristo, que lo aman y permanecen firmes en esa estola de   la fidelidad al crucificado; también en la invalidez, en esta Residencia de la Soledad. Y me llevo este sentimiento para seguir caminando, con el Evangelio donde Jesús, mientras me mira a los ojos, me pregunta: “Y tú, Pepe, en medio de estos jaleos que te traes entre manos,  ¿quién dices que soy yo?”. Y yo, sin pronunciar una sola palabra, vuelvo a contestarle: Tú lo sabes todo, ¡Tú sabes que te quiero!

 

 José Moreno Losada -sacerdote-

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