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Rincón Litúrgico

Curando y orando

«Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba» (Job 7, 4). Esta confesión de Job se repite todos los días en nuestro derredor. Los achaques que vienen con la edad y los trastornos causados por la epidemia hacen que muchas personas teman la llegada de la noche y que suspiren por el amanecer.

Como es habitual, el salmo responsorial nos da una respuesta adecuada con esta exhortación: «Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados» (Sal 146). El destrozo de los corazones puede deberse a muchas causas. Ahora bien, el Señor nos exhorta a ejercer la cercanía y a compasión a todas las personas que sufren.

En la lectura continua que hoy se proclama, san Pablo confiesa que por predicar el Evangelio, se ha hecho «débil con los débiles, para ganar a los débiles» (1 Cor 9,22). Seguramente, Pablo tenía presentas muchas debilidades humanas. Pero la que se debe a la enfermedad no puede dejarnos indiferentes.

LA LEY Y LA COMPASIÓN

El evangelio de Marcos nos presenta un día de sábado al comienzo de la vida publica de Jesús (Mc 1, 29-39). En él se resumen las cuatro actividades de Jesús que habrán de constituir toda su misión. En primer lugar se dedica a curar a los enfermos. Además expulsa los demonios. Se retira en soledad para orar. Y predica la buena noticia tanto en las sinagogas como en las aldeas.

El relato de la curación de la suegra de Pedro es tan significativo que parece una parábola en acción, en la que se nos ofrecen numerosos mensajes:

  • En primer lugar, la curación tiene lugar en un día de sabado. Jesús parece ignorar las estrictas normas que imponen un descanso y las que impiden tocar a los enfermos. Para él, la vida y la salud de la mujer son más importantes que todas las prohibiciones rituales.
  • Por otra parte, es interesante el cambio de escenario. La mujer no ha podido acudir a la sinagoga, pero el Maestro accede a llegar hasta su casa. Lo que no podía sanar la antigua ley con sus ritos, lo consigue el Maestro con su presencia compasiva.
  • Finalmente, el contacto con Jesús libera a la mujer de su postración, la ayuda a levantarse y la dispone a servir tanto a Jesús como a aquellos primeros discípulos que han comenzado a seguirle. De ahora en adelate, la libertad de la persona ha de orientarla a la liberacion de los demás.

LA BUENA NOTICIA

Como se sabe, al caer la tarde termina el descanso del sábado. Las gentes esperan el atardecer para traer los enfermos para que Jesús les devuelva la salud. Llegada la noche, Jesús se retira a orar. Y al amanecer, dice a sus discípulos: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido».

  • «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas». Es comprensible que las gentes acudan a Jesús buscando la salud para sus enfermos. Sin embargo, él sabe que su misión no puede reducirse a la solucion de los problemas inmediatos.
  • «Vámonos para predicar». Jesús no es uno de los curanderos que por entonces recorrían las aldeas ofreciendo recetas de salud. Él sabe que su misión tiene por objeto predicar el anuncio del Reino de Dios y exhortar a las gentes a convertirse y creer.
  • «Para eso he venido». La compasión de Jesús es bien notoria. Con razón los enfermos y atribulados buscarán su compasión y su ayuda. Pero Jesús sabe que ha venido a anunciar la buena noticia a los pobres. Así lo anunció en la sinagoga de Nazaret.

Señor Jesús, conocemos el dolor de los enfermos que esperan, como Job, la llegada del amanecer. Y recordamos la compasión con la que atendiste a la suegra de Pedro. Queremos ser testigos de tu compasión y tu misericordia. Queremos aprender a orar como tú. Y anunciar con alegría y fidelidad la buena noticia del Reino de Dios. Amén.



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