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Cumplir años

Aún no son edades en las que haya que quitarse años, pero comienzan a ser años en los que fumar en pipa por la calle no es extraño. Mis amigos con mi edad -soy el primero que cumple en el año- son padres responsables, con carreras profesionales asentadas cada uno en su propio ámbito, pero uno no deja de verse como un joven. Entrado en años, pero jovenzuelo. A veces la vida religiosa tiene esa limitación, que uno es joven hasta bien entrado en años. Será el no tener hijos o esposa o hipoteca. Hay cosas que ayudan a envejecer y que no tenemos. Aunque claro, tenemos otras ciertamente, pero no esas que en el mundo de hoy te dicen que son las que te convierten en maduro y responsable. Aparichiqui dixit.

A la mitad de mi vida –mi madre murió con el doble de años que los míos- por ahora no sé qué balance hacer. Hay como una cierta ambigüedad que domina lo transcurrido cuando lo miro. Lo cual no es nada extraño todo sea dicho, pues es propia de lo que aún no ha terminado.

Hay pocos logros, poco que dejar de honroso al tiempo. Hay muchos remordimiento. Desde luego que hay quien te quiere y valora y -tampoco exageremos- algunos proyectos he hecho y alcanzado y siguen proyectándose otros. Quizás eso es vivir. Moverse en la ambigüedad. En el filo de la navaja constante. Pero, no sé si serán las navidades o esa década de la cuarentena que me agarró bien hace ya unos años, que me pesa más lo no logrado. Lo no alcanzado. Lo perdido. Lo mal hecho. Lo equivocado.

Quizás es falsa esa esperanza de alcanzar paz, estabilidad, sabiduría. Quizás momentos así se logren, pero no sé si una vida completa se alcanza. Aquel sueño de llenar tus años de vida más que tu vida de años es un deseo con el que sigo partiéndome el codo. A veces tengo más vida de la que desearía. Más cuitas y dolores y sufrimientos por vida vivida, por emociones y experiencias rozadas. Ojalá me hubiera librado de muchas. Y otras es justo al revés. Siento languidecer las horas y los tiempos vacíos y se me hace un erial, un secarral agostado los días como años. La ambigüedad de la vida. Por eso es extraño cumplir años. No quiero lo que me seca. Quiero lo que me libera. Pero, amigo, eso no es la vida.

¿Pero y Dios en todo esto? ¿Qué pinta? ¿No se supone que sacerdote, religioso, es Dios el que todo lo llena con su paz y su serenidad y su profunda alegría? ¿no se llenan tus años más por ser de Dios?

Pues no, amigos. Caminamos como los demás, buscando su rostro. Tratando de llenar el corazón de fe, esperanza y amor como los demás. Si me apuran además con el peso extra de tener que contarle a los demás de Él. Haya lo que haya por dentro. A veces incluso como Canio maquillándose. Pero nos peleamos como cualquier Jacob con el ángel del Señor, con nosotros mismos. Somos distintos en cosas, en nuestro servicio, en nuestra misión, en nuestro ministerio, distintos como todos somos distintos, pero cuando cumplimos años miramos lo trascurrido igual que los demás, con ambigüedad.

Los años pasan. Los intentamos llenar de vida. Caemos y erramos. Acertamos y nos elevamos. A veces con pasión. A veces con languidez y monotonía. Nos damos, nos replegamos, buscamos, ahondamos, resbalamos por las cosas. Y vamos cumpliendo años.

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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