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Cultivar, nutrir, preservar. Juntos

Como cada 16 de octubre, celebramos el Día Mundial de la Alimentación. Este año 2020 marca el 75º aniversario de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y, ciertamente, es un momento excepcional, ya que los países de todo el mundo se enfrentan a los efectos devastadores de la pandemia por coronavirus. El lema escogido para esta ocasión es «Cultivar, nutrir, preservar. Juntos». Son palabras con un denso significado. Requieren unidad e instan a concretar propósitos y esfuerzos, para no quedarnos en la mera abstracción y pasar a la acción.

Cultivar. Puede parecer muy básico y sencillo, pero es evidente que para alimentarnos hay que cultivar la tierra. Así aparece en el relato bíblico de la Creación, cuando Dios coloca al ser humano en el mundo «para que lo labrara y cuidara» (Gén 2, 15). Como recuerda el Papa Francisco, «mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza» (Laudato si’, n. 67). Los humanos tenemos una responsabilidad en este aspecto. Por desgracia, en la actualidad, se pierde el 14% de los alimentos producidos para el consumo mundial antes de llegar al mercado mayorista. Es una de las dramáticas consecuencias de tener un sistema basado más en el «producir» que en el «cultivar», donde los grandes proyectos agroindustriales tienen primacía sobre la pequeña agricultura familiar o comunitaria.

Nutrir. Una de las paradojas más desgarradoras que existe en nuestro mundo es la de la malnutrición: alimentación insuficiente y/o defectuosa. Por un lado, más de 2000 millones de personas no tienen acceso regular a alimentos nutritivos y suficientes; y 135 millones, en 55 países del mundo, padecen hambre aguda. Por otro lado, y al mismo tiempo, las tasas de obesidad siguen creciendo, no solo en los países ricos, sino también en los de bajos ingresos, donde coexisten el hambre y la obesidad, la desnutrición y la malnutrición. La combinación de dietas pobres y estilos sedentarios resulta letal, y corre el riesgo de agravarse. Lo sangrante de la vigente situación pide subrayar lo obvio: necesitamos cultivar la tierra de forma acertada y sostenible para nutrir a las personas, lo cual es diferente de producir para atiborrar o de fabricar para cebar.

Preservar. Todo esto, además, ocurre en un contexto de degradación ecológica y de aumento poblacional. Se estima que en el año 2050 la población mundial alcanzará los 10.000 millones de personas; lo cual, sin lugar a dudas, comportará una mayor demanda de alimentos. Pero, al mismo tiempo, la pérdida de la biodiversidad supone una inexorable amenaza para el sistema alimentario. Por ejemplo, en estos momentos, solo nueve plantas son responsables del 66% de la producción alimentaria total. Ahora bien, como advierte el Papa: «No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son solo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso» (Laudato si’, n. 194). Es preciso un progreso que ponga en el centro el desarrollo de las personas en armonía con el entorno.

Juntos. Con toda certeza, esto solo lo podemos realizar juntos. Es una verdad en la que el Papa Francisco ha insistido con convicción y vehemencia en los últimos tiempos y a la que ha consagrado una atención singular en un reciente y oportuno documento sobre la fraternidad y la amistad social, deteniéndose de modo especial «en su dimensión universal, en su apertura a todos» (Fratelli tutti, n. 6). La experiencia de la pandemia de covid-19 nos ha recordado que «nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos» (Fratelli tutti, n. 32).

En su tercera encíclica el Santo Padre quiere ayudar a la humanidad a vencer el egoísmo y la indiferencia que están causando innumerables estragos al haberse radicado con profusión en nuestros días. Y es que hoy son muchos los que, concentrados con avidez en sus intereses, tienen cegados sus ojos para individuar y alentar el bien común. Por eso, con toda sencillez y humildad, el Romano Pontífice ha expresado hace poco su ferviente anhelo: el deseo de una hermandad genuina y sin fronteras.

Francisco nos ha abierto su corazón con el fin de compartir sus inquietudes desde la franqueza y la esperanza. Sabe, y así lo dice, que solo si cada cual se identifica con los últimos podrá llegar a ser hermano de todos (cfr. Fratelli tutti, n. 287). Y pide a Dios que inspire ese sueño en cada uno de nosotros. Podemos, y hemos de esforzarnos para conseguirlo, soñar juntos: «Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos» (Fratelli tutti, n. 8). A la vez, el Obispo de Roma reconoce: «En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas» (Fratelli tutti, n. 30). Ante ello, invita a comprometerse en el diálogo que construye la cultura del encuentro: «Así se vuelve posible ser sinceros, no disimular lo que creemos, sin dejar de conversar, de buscar puntos de contacto, y sobre todo de trabajar y luchar juntos» (Fratelli tutti, n. 203). En definitiva, se trata de que «volvamos a promover el bien, para nosotros mismos y para toda la humanidad, y así caminaremos juntos hacia un crecimiento genuino e integral» (Fratelli tutti, n. 113).

Ojalá que esto lo vivamos y lo apliquemos a todos los ámbitos de la vida, en particular a la lucha contra el hambre y la malnutrición. El mundo está saturado de verborrea y sediento de acción. Es fundamental hablar menos y hacer más. Y esto con decisión, con voluntad política y planes operativos, superando el pesimismo y el enfoque reactivo en favor de una visión más proactiva. No ayuda en nada una mirada superficial y pasajera que, en el mejor de los casos, puede suscitar reacciones puntuales. Son indispensables medidas estructurales, cooperación internacional, inversiones a largo plazo, seriedad en los planteamientos y una apuesta decidida por la paz y el mutuo entendimiento. Serán estas las iniciativas que suprimirán los crueles y violentos enfrentamientos que asolan muchas regiones del orbe. Ir a la raíz del problema permitirá acabar con la desigualdad, la mala distribución de los recursos del planeta, las dañinas consecuencias del cambio climático o restringirse a intervenciones parciales y apresuradas. Digámoslo sin ambages: hoy más que nunca, y el Papa no se cansa de mencionarlo, «necesitamos acallar las armas y su pernicioso comercio para escuchar la voz de los que lloran desesperados al sentirse abandonados en las orillas de la vida y el progreso. Si de verdad queremos que la población mundial adopte esta perspectiva, resulta imprescindible que la sociedad civil organizada, los medios de comunicación y las instituciones educativas unan sus fuerzas en la dirección correcta. De aquí al 2030 tenemos unos años para desplegar una acción vigorosa y consistente; no para dejarnos llevar, a borbotones, por los titulares intermitentes y pasajeros, sino para plantarle cara sin tregua, de la mano de la solidaridad, la justicia y la coherencia, al hambre y las causas que la provocan» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación 2018, n. 6).

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede
ante la FAO, el FIDA y el PMA
@HolySee_FAO

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