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Cuidados del hogar, en precario: Cuando tu casa no es tu casa

Sentada en uno de los últimos bancos de la iglesia, Modesta Cantarero se unía al rezo del rosario mientras pedía una señal a Dios. La señal iba a ser Josefina, una dominica de la Anunciata que se había percatado de la nueva presencia en la parroquia de la Asunción de Almonte, en Huelva. Algo vio que le hizo acercarse y preguntar, hasta que dio con la tecla: «¿Tienes trabajo?». Aquellas dos palabras derrumbaron a Modesta, que esbozó su situación entre lágrimas. Había aterrizado pocos días antes desde Nicaragua, endeudándose para pagar el billete de avión y con la promesa de trabajo.
—Vente conmigo—, le invitó Josefina.
—¿Pero cómo, si ahora empieza la misa?—, le respondió Modesta.
—La misa puede esperar, pero tú no. Vámonos.
Al fin y al cabo, Modesta había pedido una señal, ¿por qué no seguirla? En casa de Josefina, le volvió a contar su historia con más tranquilidad; había volado con la promesa de trabajo, pero lo único que le habían ofrecido era entrar en un burdel. «Qué difícil me lo pones, ni yo entiendo qué quiere Dios. Voy a esperar a que vengan las hermanas». Esa respuesta hizo que la joven descubriera que quien le había ayudado era, en realidad, una religiosa. Fue otra de las dominicas de esa comunidad quien sí supo dónde empezar a tirar del hilo.
Un par de llamadas después, la recién llegada se encontraba al teléfono con un hombre. «Mira, no seas cobarde, que aquí hay mucha gente que pasa hasta tres meses sin trabajo, y ahora que justo llegas, ¿te vas a ir?». Quien así le hablaba era Emilio Muñoz, director del Secretariado de Migraciones de la diócesis de Huelva. Modesta reconoce, a día de hoy, que en ese momento deseaba ser reafirmada en la idea de subir al avión. La decisión no era fácil de tomar; como muchos otros que entran con visado de turista desde Latinoamérica, había reservado el vuelo con billete de ida y vuelta, sin la intención de usar el segundo. Sin embargo, su desastroso comienzo le había hecho considerar la opción.

Han pasado quince meses desde entonces. Ya no es Modesta sino Modes y su situación económica ha mejorado, pero el desarraigo continúa gritando por la ausencia. «Cada día me duele en el alma estar sin mi hija», se lamenta. Tampoco ha tenido la oportunidad de sociabilizar como le habría gustado, en parte por las exigencias del trabajo de interna en una casa, cuidando a un matrimonio de personas mayores. «Antes del virus sí que salía los domingos, ¿pero ahora con qué ánimo? Algún día casi me he animado: me arreglo, es la hora y digo, ¿qué hago yo sola?». Porque pasear y ver a la gente en grupos puede ser duro, por no hablar del miedo a «meter el bicho en casa». Donde sí ha encontrado un refugio ha sido en Josefina, Emilio y el paraguas de la Iglesia. El pasado 14 de febrero recibió la Confirmación. Confiesa que la fe es algo que le ha ayudado a sobrellevar este tiempo. «Sin Dios, te vienes abajo», afirma. También se siente afortunada por su trabajo. Encontrarlo, dice, fue «un milagro».
El futuro lo ve difícil. Cree que, cuando se acabe su trabajo, volverá a su país, «aunque sea a comer frijoles con arroz». Otra cosa sería que, como en Italia o Portugal, el Gobierno hiciera una regularización extraordinaria. «Pero esas bendiciones a mí no me llegan. ¡Ay, no sé qué haría!», exclama.

Ya no hay horas

Vivi Varela vive en Huelva. En 2005 dejó Mozambique, donde era funcionaria y se encargaba de gestionar licencias para apertura de negocios como tiendas, hoteles o restaurantes. ¿Por qué, con ese puesto, quedarse en España? De aquí destaca los mejores sueldos, una sanidad «mucho mejor que en mi tierra», y algo muy importante para ella: «La gente agradable y acogedora que encontré al llegar me recordó a África, donde también somos hospitalarios». «La primera vez que vine fue de vacaciones para ver a mi hermana, no tenía intención de quedarme. Luego volví y renuncié a mi puesto».
«He trabajado un poco de todo. En guarderías, cuidando niños; en un hospital, cuidando a mayores a través de agencia; limpiando también en guarderías… pero lo que más tiempo me ha llevado es ser empleada de hogar», relata. En sus quince años en este país, esta es la segunda crisis que vive. Ya en la primera, relata, sus condiciones empeoraron: «Muchas extranjeras empezamos a cobrar menos de lo que correspondía por el trabajo… ¿pero qué podía hacer, si no? Tuve que trabajar sin contrato, porque tengo una niña y tengo gastos. Después, la gente empezó a pedirte menos horas. A casas a las que iba todos los días, de repente iba como mucho dos días cada semana».

Para ella, uno de los problemas que más afectan a su sector es no tener derecho al subsidio por desempleo. «Al final, te dejas de preocupar por exigir un contrato de trabajo, porque cuando te echen, no vas a tener derecho a paro. Sabemos que hay un número muy elevado de empleadas de hogar en esta situación», señala. Precisamente, la secretaria general de Cáritas, Natalia Peiro, reclamó el reconocimiento de este derecho el pasado 1 de junio en el Congreso de los Diputados durante su intervención en la Comisión del Congreso para la Reconstrucción. A veces, el hecho de quedarse sin contrato es solo una parte del impacto. «Si estás cuidando a una persona mayor y fallece, también duele, porque es alguien a quien has puesto mucho cariño. Es algo que me ha pasado», comenta. Precisamente, ese es uno de los temores con los que más están conviviendo las empleadas del hogar a causa del COVID-19.
Vivi es consciente de que trabajar sin contrato, como lo hace ella, «en el futuro te va a perjudicar porque no cotizas», y que muchas veces es responsabilidad de las empleadas. «Si desde el primer día todas rechazamos trabajos sin contrato, funcionaría. Pero si unas lo exigen y otras no, no hay manera», señala. Todo el contexto previo se ha agravado a causa de la pandemia, tuvo que dejar de ir a limpiar casas, y solo al comienzo de la desescalada ha sido capaz de retomar algunos trabajos. Entretanto, con el apoyo de Cruz Roja y Cáritas ha podido «ir tirando». También con la ayuda de algunos de sus empleadores. «Muchas de las casas en las que trabajo son amigos, y en este tiempo me han ayudado y me han hecho algún ingreso, aunque no haya podido ir a trabajar, por eso tengo que estar agradecida», subraya. Pero sabe que hay situaciones peores. «Conozco a algunas personas a quienes les han hecho firmar la baja voluntaria, con la promesa de llamarles cuando acabe la pandemia», explica.

Precarias, pero organizadas

Karla Chavarría es hondureña y, como Vivi, tenía un puesto en la administración pública de su país. Ahora es una de las cabezas visibles de la Asociación Extremeña de Personas Trabajadoras del Hogar, que desde hace un tiempo quiere impulsar. «Pusimos “personas” para incluir también a los hombres, que también los hay, aunque la gran mayoría seamos mujeres», puntualiza. Sacar adelante la asociación no está siendo nada fácil. En el camino, han recibido ayuda de Cáritas, Acción contra el Hambre y la Asamblea Feminista. «Pero es un proceso muy laborioso y no siempre es fácil reunirnos, ya que los horarios de trabajo de las internas hacen muy difícil encontrar huecos para reunirse. Y luego, el coronavirus nos ha obligado a parar». Pero, aunque no han logrado completar la institucionalización, sí trabajan ya en apoyar a las trabajadoras domésticas. «La gente me llama para buscar trabajo, o para otro tipo de asesorías. Si tiene que ver con papeles, les remitimos a alguna asociación de Derechos Humanos; si se trata de violencia de género, a algún colectivo feminista. Estamos haciendo un esfuerzo extra para solventar la situación actual», explica.
Ella, al cuidar de una persona mayor, ha mantenido su trabajo. «Pero me he visto obligada a abandonar mi domicilio y entrar como interna, me ha resultado traumático», explica. Además, ha tenido que cancelar un viaje a Honduras. «Me iba el 2 de abril para visitar a mi familia, y quedó en el aire. En Semana Santa, teníamos previsto reunirnos allí mi hermana, que vive en Estados Unidos, mi sobrino y yo. Pero el coronavirus ha sido impredecible», se lamenta. Ahora no sabe cuándo volverá a tener la oportunidad de llevar a cabo esa reunión familiar, si es que tal oportunidad llega.
Mientras tanto, Karla insiste en pedir que se reconozca la labor esencial que las empleadas de hogar están realizando durante la pandemia. «Dejamos a los nuestros para cuidar a los vuestros», dice. Es una frase que ha adoptado como eslogan, y que ella experimenta. Ese reconocimiento, cree, debería venir con una regularización. «Si un migrante es una persona productiva y lo puede hacer sin quitarle a nadie la posibilidad, porque los españoles no quieren este tipo de empleos, ¿cuál es el problema? Las familias descargan la responsabilidad afectiva, de cuidados y de todo, en nosotras. Por eso, estamos pendientes de que España siga el ejemplo de Italia y Portugal», afirma.
Esta hondureña vive, además, en dos mundos que no siempre se entienden a la perfección: el feminista y el católico. En los dos se siente ella y en ambos es muy activa. «Claro que saben que soy cristiana, y puede que no compartan algunas cosas, como yo tampoco comparto todo, pero hay respeto, y por ejemplo ellas no comparten que se manchen templos ni mofan de ello», explica. «También creo que por parte de otros grupos hay un poco de renuencia o temor porque piensan que las feministas son muy revoltosas. Yo pienso que hay que tratar de generar confianza», comenta. A la vez, ya desde que vivía en Honduras pertenecía a los Cursillos de Cristiandad, en los que también participa en España. «Es cierto que gracias al confinamiento he podido sumarme más a las reuniones, porque al hacerlas por Skype me ha resultado más asequible. El movimiento te prepara para que seas sal y luz, porque el mundo no cambia, quien cambia eres tú», subraya. Y también reconoce que, a veces, «en la Iglesia hay un divorcio entre lo que predicamos y lo que hacemos». Aun así, se queda con destacar el acompañamiento de la «Madre Iglesia».
Ángel Martín, como delegado espiscopal de Migraciones de Coria-Cáceres, conoce bien a Karla. Insiste en la importancia de potenciar el asociacionismo. «Primero recibimos, tratamos de integrar y, a partir de ahí, promover en lo que se pueda», explica. Además, es párroco del Espíritu Santo, en Cáceres, y destaca que, en el caso de las mujeres migrantes, suele ser más difícil encontrar trabajo, debido a las cargas familiares. Desde la Iglesia, explica, intentan acoger la interculturalidad: «Nos ha dado un vuelco: hemos descubierto que abriéndonos a los inmigrantes, hay mucha vida. Se van haciendo celebraciones y fiestas, y siempre se ofrecen los salones parroquiales». Destaca, por ejemplo, las cenas de Nochebuena, que empezaron por casualidad. «Había gente que iba a pasarla en soledad, y dije que eso no. Llevamos ya tres años, nos juntamos unas 50 ó 60 personas, no solo cristianas. Luego, quien quiere, se queda a la misa del Gallo», relata.

Bailar es descansar

Una inmigrante para asumir la delegación diocesana de Migraciones. La misionera scalabriniana Leticia Gutiérrez, a quien todos conocen como hermana Lety, salió hace dos años de Guadalajara (México) con destino a Guadalajara (España). No tenía un plan específico para prestar atención especial a las trabajadoras del hogar, pero la realidad se impuso. «Por el simple hecho de ser mujer, y también por haber construido con ellas el Dancing Day». Así se llama el grupo que se reúne en los locales de la parroquia San Pascual Bailón. «Y me di cuenta de que la mayoría eran trabajadoras del hogar. Lo bueno es que ellas mismas han ido trayendo a otras que se han sumado al grupo», cuenta. Como su propio nombre indica, el grupo comenzó con clases de baile: bachata, salsa, merengue… aunque en los últimos meses han realizado otras actividades. «Ellas han decidido hacer yoga, que es un espacio para el descanso. Tienen que mover personas muy dependientes, y así pueden hacer estiramientos», explica.
Sin embargo, estas reuniones presenciales se vieron interrumpidas con el inicio del estado de alarma. Por suerte, el grupo continúa vivo a través de WhatsApp. Les ha servido para compartir preocupaciones: «Muchas somos de América Latina, y la pandemia ya ha llegado allá». También, para orar «desde la espiritualidad de cada una», ya que no todas son católicas. «Bueno, yo les empecé a mandar el Evangelio del día, a ver a quién le servía, y cuando me retrasaba, ya me preguntaban por él». Una de las que se lo reclamaba es Agustina Pérez, de República Dominicana, que ha sido profesora de bachata en Dancing Day. De hecho, una de sus aportaciones para animar a las compañeras en estos dos meses ha sido grabarse bailando y enviarlo por el grupo. En otras circunstancias muy diferentes a las actuales, ella estaría de baja por accidente laboral. Lleva ya siete meses en terapia por el mal estado de sus lumbares a raíz del sobreesfuerzo de su trabajo como empleada de hogar. «Cuidaba a un señor en silla de ruedas, y Guadalajara es todo el rato cuesta arriba, cuesta abajo, ¡sí que hice piernas!», comenta con humor. Pero aquel empujar y empujar, «y el no tener la formación para realizar bien el trabajo», le llevaron a lesionarse la espalda. Ahora, cada vez que tiene que hacer un esfuerzo extra, le duele.
Y aunque ha parado de trabajar por obligación, dedica buena parte de su tiempo a reivindicar mejoras para las trabajadoras del hogar. Pertenece a la Red Europea de Lucha Contra la Pobreza y Exclusión Social (EAPN) de Castilla-La Mancha. Aquello le ha llevado, incluso, a plantear sus peticiones en las cortes regionales, en Toledo. Ahora mismo, sus preocupaciones y pensamientos se dirigen a las ayudas de emergencia excepcional para los afectados por COVID, pensadas precisamente para trabajadoras del hogar, consideradas trabajadoras esenciales por su labor de cuidados, pero en situación de vulnerabilidad. Las ve necesarias y se pregunta cómo llegarán a quienes no tienen cuenta bancaria. Por otro lado, cree que no es suficiente. «Yo prefiero que me enseñen a pescar en vez de que me den un pescado. ¿Cómo se soluciona eso? Fomentando los cursos para el empleo, tanto online como presenciales. Con esa capacitación tenemos que crear conciencia de que ahora nos toca a todos trabajar para levantar el país. Hacen falta cursos de búsqueda de empleo, de gerocultora, o de hostelería, donde hay demanda. Yo misma me lesioné por no tener el conocimiento», señala.

Al futuro, con esperanza

Muchos interrogantes quedan en el aire para el futuro. ¿Llegará el día en que Modesta se quede en España o, al final, volverá a Nicaragua? ¿Cuándo —se ve muy cerca— se materializará del todo la asociación de Karla? ¿Podrá Vivi volver a trabajar con un buen contrato? ¿Cuándo se recuperará la espalda de Agustina?
La mejor respuesta a ellos, la esperanza. Es algo que remarca Agustina, y que vive desde su fe cristiana evangélica. «Confío en que Dios, y la oración, tiene poder. ¿Sabes cómo me veo? Como “El mujerón”. En 2018 creé un grupo de WhatsApp que se llama “La Esperanza”, y ahí hablo de mis objetivos: de regularizarme, de conseguir empleo, ser cada día mejor persona y ayudar a otros a avanzar, también a quienes no saben nada al llegar a España».

La Iglesia: acompañar y sensibilizar

Emilio Muñoz cuenta cómo llegaron de manera un poco imprevista al mundo de las empleadas del hogar en el Secretariado de Migraciones de la diócesis de Huelva. «Habíamos empezado a trabajar en el mundo de la Trata, pero es un sitio donde muchas veces la intervención que se puede hacer es muy limitada. Pero vimos que el trabajo del hogar está muy relacionado, que es un gancho muy fácil para la mafia», explica. Y se encontraron con un mundo de «precariedad institucionalizada», desarrollada legalmente a través de la legislación en los últimos 40 años. Las empleadas del hogar, tal y como se llama a este tipo de trabajos en la Seguridad Social, donde tienen un régimen especial, son un colectivo de «precariedad institucionalizada». Es muy difícil, por ejemplo, llegar a regularizar a una persona, porque piden un contrato de doce meses a jornada completa, eso es muy difícil. Esto se presta a abusos y a seguir trabajando en economía sumergida. Más ahora, con la crisis que viene, en la que aquellos que contratan van a tener, en muchos casos, menor poder adquisitivo». Para Emilio, una de las soluciones más efectivas sería un cambio legislativo «en el que la Seguridad Social acoja el trabajo en el hogar como un empleo normal».
Claudia Favela es técnica de la línea de mujer de la Fundación Ellacuría, en Bilbao. Forman parte del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), desde donde decidieron organizar un encuentro virtual formativo el 4 de junio sobre la situación de las trabajadoras del hogar durante la pandemia. «Hemos ido recogiendo varias problemáticas. Son trabajadoras esenciales, pero con vulnerabilidad, especialmente en el caso de las que se encuentran en situación irregular administrativa, ya sean internas o externas», señala. Como uno de los principales problemas, apunta al «coste emocional» que ha conllevado incluso para aquellas que han mantenido el empleo. «El confinamiento es difícil para la sociedad, y aún más para quienes no están en su casa y cuidan de una persona mayor», comenta. Esa dificultad psicológica se ve agravada al ver cómo, en estos momentos, la pandemia azota con especial intensidad a Latinoamérica, de donde proceden la mayor parte de empleadas del hogar y tienen sus familias.
Entre aquellas que se han quedado sin recursos, ni siquiera ha llegado para todas la ayuda excepcional, y ha sido necesario articular otras vías. La presidenta de la Fundación Ellacuría, Kontxi Claver, explica que, en el País Vasco, el Gobierno ha comenzado a gestionar un fondo específico, ayudado por entidades colaboradoras como ellos o como Cáritas, que «ha permitido dar una respuesta a personas con necesidades básicas». Espera, además, que esta iniciativa se pueda contagiar en otras autonomías.

Las familias con empleadas de hogar buscan confianza

Siempre que hay una empleada del hogar, hay una familia que contrata. Una de ellas es la de Griselda Gama, médica y con cinco hijos. Desde hace cinco años trabaja con ellos Jennifer, como interna, en una experiencia que definen como «bastante bien, dentro de que no deja de ser un trabajo más comprometido que el que se puede tener en una oficina». Griselda insiste, sobre todo, en la responsabilidad que supone «estar al cuidado de personas». En su caso, esas personas son sus hijos.
Destaca que, en ocasiones anteriores, ha tenido alguna mala experiencia. Lo peor, según ella, «la falta de responsabilidad, porque si un día no aparece sin avisar y te dejan tirada con un bebé de ocho meses, organizarse es muy difícil». Un aspecto importante cuando la conciliación familiar depende de ello, en la experiencia de Griselda.
Este análisis coincide con el de Teresa de la Puerta, que prefiere dar un nombre ficticio. Con 38 años y madre de cuatro hijos, destaca que la relación con una empleada tiene un componente muy particular: «Dejamos a su cargo en ocasiones a lo que más queremos: nuestros hijos». Teresa señala que la relación que se establece en estos casos debe construirse sobre el pilar de la confianza. «Pensamos que, según la tratemos a ella, tratará a nuestros hijos, por lo que siempre hemos intentado que se sienta como en su casa».
Esta madre se queja de que «el Estado trata a las familias como meras empresas que tienen que responder económicamente a los niveles que marca la Seguridad Social». Al mismo tiempo, quiere llamar la atención sobre cómo las familias que contratan se convierten en dependientes de la empleada.
Griselda califica el esfuerzo económico, directamente, de «brutal». «Para hacerlo legal, es mucho gasto. Y más en este tiempo de confinamiento que, como no podía salir, ha habido días que no podía librar. Te puedes imaginar que el desgaste no ha sido solo económico, sino también mental y físico», expresa. En su caso, multiplicado por la dureza de ser médica en medio de una pandemia y encargarse de la compra de la familia, para que nadie más tuviera la necesidad de salir. «Un empleado de hogar no deja de ser un trabajador que tiene todos sus derechos, así que hay que pagar según dice la ley. Pero la responsabilidad es cuidar niños, no vender un producto, muy diferente», reflexiona.

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