Cartas de los obispos Última hora

Cuestión de principios

Entre idas y venidas hice casi 1400 kilómetros para bautizar a Gabriel. Y creo que valió la pena, no sólo por lo que hemos aprendido en el catecismo, y en clases de teología, sobre la filiación divina, la gracia, o la pertenencia la comunidad, sino también por disfrutar de toda una familia unida en la fe, en este tiempo de pandemia, para bautizar a su hijo, rodeado de los abuelos, tíos y primos del neófito.

Fue una verdadera fiesta, donde los niños fueron detrás de los padrinos mientras tiraban caramelos para participar a todos de la celebración del bautismo. También algunas personas mayores se agachaban, a duras penas, para recoger el dulce maná que saltaba por los suelos entre los gritos de la chiquillería. Esto solo lo podemos vivir ya en algunos pueblos pequeños. Me sorprendía revivir las mismas escenas de cuando yo era un chavalillo y no teníamos nada de nada y un puñado de caramelos sí que era todo un festín.

Hacia la mitad de la iglesia estaban en un banco media docena de adolescentes siguiendo la ceremonia, pues nunca habían visto un bautismo. Lo que antes era habitual, hoy al ver a unos jovencitos que no pertenecían a la familia, siguiendo la celebración del sacramento con gran interés, te produce satisfacción y un cierto espíritu de esperanza. Porque lo habitual es lo contrario. Los párrocos viven muchos de los sacramentos comunitarios que aún celebramos (bautismos, comuniones y confirmaciones) con bastante desasosiego. Los padres y los padrinos, ya en la mayoría de los casos, mantienen una especie de cenizas religiosas que no les implica para nada en el gran acontecimiento que están celebrando. Y ante las preguntas iniciales, ¿Por qué pedís a la iglesia el bautismo? ¿Vosotros padrinos ayudareis a sus padres en esta tarea de la fe? responden con un automatismo falto de toda ilusión y esperanza.

Al final, cuando vemos como las familias bautizan y no participan de la vida comunitaria y de las celebraciones; hacen las primeras comuniones y la mayoría de las criaturas también la última; y son confirmados y no se les vuelve a ver por la parroquia quizás hasta la boda, si se da el caso… no podemos por menos de preguntarnos ¿en qué iglesia vivimos? ¿qué iglesia estamos manteniendo? Realmente a todas estas personas de las que hablo, fundamentalmente de los padres, ¿les toca el corazón su iglesia? O no es más que un templo ya casi abandonado, o unos caramelos saltando por los suelos. Cambiar es cuestión de principios.

+Antonio Gómez Cantero
Obispo de Teruel y Albarracín

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