Juan Pablo II

Cuatro perfiles del magisterio de Juan Pablo II en su primera visita apostólica a España (31 octubre a 9 noviembre 1982)

La familia, los jóvenes, los laicos y los sacerdotes

         Hace ahora 30 años que el Papa Juan Pablo II realizaba su primera visita apostólica a nuestro país. Fueron diez intensos y memorables días, entre el 31 de octubre de 9 de noviembre. Fueron varios miles de kilómetros los recorridos por Juan Pablo II, testigo de la esperanza, como rezaba el lema oficial del viaje.

Fueron 18 ciudades pertenecientes a 11 comunidades autónomas las visitadas por el Sucesor de Pedro. Ningún ciudadano español estuvo a más de 250 kilómetros de algún lugar visitado por el Papa. Fueron cerca de 60 discursos los pronunciados por este excepcional maestro de la fe. Fue la visita del pastor a su grey, a toda su grey, a todo su pueblo.

 ¿A qué vino hace 30 años Juan Pablo II a España?

         Juan Pablo II venía a España -según sus propias palabras pronunciadas nada más llegar al aeropuerto de Barajas- a confirmar en la fe, a confortar en la esperanza y a “alentar las energías de la Iglesia y las obras de los cristianos para que sigan siendo -como a lo largo de la historia- árbol cuajado de frutos de amor a Dios y al hombre. Para que los cristianos combatan batallas de paz y amor, estén comprometidos en la solidaridad con los hombres y sean el momento actual generosos y perseverantes en obras de servicio, para el bien de todos los españoles y de la iglesia universal”.

         Cuando concluían aquellos diez apasionantes días y en Santiago de Compostela se despedía de España, Juan Pablo II, agradecido y emocionado por el éxito de este espléndido viaje, afirmaba: “Con mi viaje he querido despertar en vosotros el recuerdo de vuestro pasado cristiano y de los grandes momentos de vuestra historia religiosa. Sin que ello significase invitaros a vivir de nostalgias o con los ojos puestos sólo en el pasado, deseaba dinamizar vuestra virtualidad cristiana. Para que sepáis iluminar desde la fe vuestro futuro y construir sobre un humanismo cristiano las bases de vuestra actual convivencia”.

 La hora de la familia

         En la plaza de Lima de Madrid, en la tarde del martes 2 de noviembre de 1982, Juan Pablo II presidía una multitudinaria misa de las familias, en la que participaron en torno a millón y medio de personas. En su hermosa y exigente homilía de aquella eucaristía, Juan Pablo II llamó a las familias a vivir el proyecto cristiano del matrimonio y de la familia, que sintetizó en cuatro grandes retos e interpelaciones:

         1.- La familia cristiana se construye desde el matrimonio, que es sacramento, imagen del amor de Jesucristo a su Iglesia, visibilización del amor de Dios. La gracia sacramental del matrimonio debe ser renovada constantemente. Un camino adecuado y fecundo para la renovación de la gracia de este sacramento es la constante conversión del corazón.

         2.- El matrimonio cristiano es una comunión de amor indisoluble, que exige plena fidelidad, de modo que cualquier ataque a la indisolubilidad matrimonial, a la par que es contrario al proyecto original de Dios, va también contra la verdad y la dignidad del amor conyugal.

        3.- El matrimonio es asimismo una comunidad de amor indisoluble ordenada la vida, como continuación y complemento de los mismos cónyuges. En este contexto, el Santo Padre aludió  con estas claras y enérgicas palabras al aborto: “Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida, aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad. ¿Qué sentido -añadió- tendría hablar de la dignidad del hombre si no se protege a un inocente o si se llega incluso a facilitar los medios o servicios, privados o públicos, para destruir vidas humanas indefensas?”

        4.- El servicio conyugal a la vida no se limita a su transmisión física. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. Se trata de un deber y de un derecho primario, insustituible e inalienable. La familia debe ser la primera escuela, el primer templo, el primer seminario. Los padres son los primeros e insustituibles testigos de la fe y de los valores.

 

Medio millón de jóvenes

         “Es este -habla Juan Pablo II- uno de los encuentros que más esperaba en mi visita a España y que me permite tener un contacto directo con la juventud española en el marco del estadio Santiago Bernabeu, testigo de tantos acontecimientos deportivos”. Era el atardecer del miércoles 3 de noviembre de 1982. Más de medio millón de jóvenes españoles se encontraban con el Papa de los jóvenes.

         En aquella bulliciosa y alegre vigilia, Juan Pablo II propuso a los jóvenes españoles un programa de lucha para vencer el mal con el bien. Es el programa de las bienaventuranzas, que el Santo Padre desglosó y concreto del siguiente modo:

                                                    Vencéis al mal con el bien

 

“**  Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder;

 

** cuando sois limpios de corazón entre quien juzga o actúa sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía;

 

** cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o de una nación por otra;

 

** cuando con misericordia generosa no buscáis la venganza sino que llegáis a amar al enemigo;

 

 ** cuando en medio del dolor y las dificultades no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano.

 

** Entonces -concluía el Papa- os convertiréis en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje”.

 

         Para que este programa de lucha para el vencer el amor con el bien sea efectivo se requieren -indicaba el Papa- dos condiciones: el amor y el conocimiento de Dios, revelado y expresado en Jesucristo, el amigo que no falla. En definitiva, viviendo la amistad con Jesucristo: “Haced experiencia de esta amistad con Jesús. Vividla en la oración con El, en su doctrina, en la enseñanza de la Iglesia que os la propone”.

 Siete claves en Toledo para el apostolado seglar

         En Toledo en la luminosa mañana del jueves 4 de noviembre, el Papa celebró la eucaristía del apostolado seglar. En sus palabras, Juan Pablo II definió y trazó los siguientes caminos de la identidad del laicado y de su vocación al apostolado seglar:

         1.- La vocación cristina es por su misma naturaleza vocación al apostolado.

         2.- Esta vocación al apostolado es expresión, a su vez, de la común vocación a la santidad de todos los cristianos, cada uno a través de su estado y circunstancias de vida.

         3.- Esta vocación al apostolado se concreta, se perfila y se desarrolla en la Iglesia y a través de la Iglesia, de la que los laicos no sólo forman parte sino que son la misma Iglesia.

         4.- El apostolado de los laicos requiere una primera actitud de testigo de la fe, profesa y viviendo la misma que fe que predica y dejándose convertir dócilmente por el Espíritu Santo. Sólo puede dar quien tiene. La primera premisa del apóstol es su condición de testigo. Nuestro mundo necesita más a los testigos que a los profetas.

         5.- La tarea primordial de los seglares católicos es la de impregnar y transformar todo el tejido de la convivencia humana con los valores del evangelio, con el anuncio de una antropología cristiana que de estos valores deriva.

         6.- Los ámbitos donde se ha desarrollar esta tarea apostólica de los laicos es en la familia, en el mundo del trabajo, en el campo de la política y de la economía, en el mundo de la cultura, en el apostolado personal y a través de las formas asociadas del apostolado seglar, tal y como recomendó el Concilio Vaticano II.

         7.- Por último, el Papa recordaba a los seglares españoles que “no puede existir apostolado alguno sin la vida interior, sin la oración, sin una perseverante aspiración a la realidad”. El alma de todo apostolado es la oración.

Sacerdotes de cuerpo entero”

         El lunes 8 de noviembre de 1982 -hace 30 años- que en Valencia, en la alameda de la ciudad del Turia, el Papa Juan Pablo II, en la penúltima jornada de su primer viaje apostólico a España, ordenaba presbíteros a 141 diáconos. Uno de ellos es quien esto escribe.

         Conservo, por ello, en el corazón y en la mente bien grabados los recuerdos de aquella mañana del Cenáculo y del Pentecostés de mi sacerdocio. Cada año, al llegar esta fecha del aniversario, he vuelto a releer páginas que entonces escribí, he vuelto a evocar vivencias que entonces experimente, he vuelto a mirar imágenes y fotografías de aquel paso imborrable de la gracia, he vuelto a orar con los salmos, las plegarias y los sentimiento de aquella hora, de aquel día de gracia. Y también he vuelto a escuchar en el corazón, en la memoria del tiempo pasado y en el compromiso del tiempo por venir:

         “LLamados, consagrados, enviados. Esta triple dimensión explica y determina vuestro estilo de vida. Estáis <puestos a parte>, <segregados> pero no separados. Así os podéis dedicar plenamente a la obra que se os va a confiar: el servicio de vuestros hermanos. Comprended, pues, que la consagración que recibís os absorbe, os dedica radicalmente, hace de vosotros instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, prolongación de su misión para la gloria del Padre. A ello responde vuestro don total al Señor. El don total que es compromiso de santidad… Sois imagen de Cristo sacerdote y  víctima, de redentor crucificado… Mostraos en todo como <ministros de Cristo>… Ser uno más en la        profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sino dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos”.

         “Sacerdotes de cuerpo entero”… Era el lema, la frase, el slogan, el estribillo. Han pasado treinta años. Y hoy, como en aquella venturosa mañana valenciana, sacerdote ya para siempre, sacerdote -ojalá- de cuerpo entero, oro con el salmista: “Te doy, Señor, de todo corazón. Delante de los ángeles, cantaré para ti”. Dios, que comenzó en mí la buena obra, El mismo la lleve a término. A  Él la gloria y la alabanza por los siglos.

 

 

                                                                                                                                                      

 

Jesús de las Heras Muela

 

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Jesús de las Heras Muela

Jesús de las Heras Muela nació en Sigüenza el 17 de Diciembre de 1958. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos (Facultad de Teología de Burgos, 1982), Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid, 1992) e Historia de la Iglesia (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, 1992), habiendo realizado los cursos de doctorado de estas dos últimas disciplinas.

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