Editoriales Ecclesia

Cuando se ataca a una iglesia y a un creyente, se ataca a la libertad y a la concordia – editorial Ecclesia

Cuando se ataca a una iglesia y a un creyente, se ataca a la libertad y a la concordia – editorial Ecclesia

La capilla de la Universidad Autónoma amaneció, el viernes 23 de junio, atacada con el lanzamiento de artefactos incendiarios. Algo similar aconteció el año pasado. Ahora, la imagen de la Virgen María y, sobre todo, la de san José, al igual que numerosos cristales rotos y la pintada «La Iglesia que ilumina es la que arde» quedaron como testigos de la infamia.

Horas antes, el jueves 22, sor Rosario, de las Esclavas de la Inmaculada Niña de Granada, fue atacada en las calles granadinas por un individuo, que le propinó, al grito de «¡esto por ser monja!», un puñetazo en el rostro, provocándole rotura de nariz e hinchazón en el rostro, amén de numerosos dolores. La religiosa no llevaba hábito, aunque sí la medalla de su congregación religiosa, de modo que ella supone que el agresor conocía su trabajo diario: «Nos vería llevar y traer a los niños y sería de la zona», declaró sor Rosario.

«La universidad –ha escrito el arzobispado de Madrid, tras el suceso de la madrugada del 23 de junio- debería ser el lugar por excelencia de búsqueda de la verdad y confrontación racional de ideas; un lugar donde siempre se defienda la verdadera libertad, cuya expresión más auténtica se manifiesta en la libertad religiosa como subraya la Iglesia y se reconoce en los Derechos Humanos».

En efecto, el derecho a la libertad religiosa (artículo 16 de la Constitución Española; artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos) no significa la imposición de las creencias y de las prácticas religiosas por sagradas o por mayoritarias que estas puedan ser. El derecho a la libertad religiosa consagra tanto el derecho a creer como el derecho a no creer; y, además, por esta misma lógica, lo que consagra también es el derecho  y el deber a respetar las legítimas creencias o increencias de los ciudadanos. Es así de sencillo.

Cuando arde una iglesia o una religiosa es agredida, son también la libertad, los derechos humanos, la dignidad inviolable de las personas y la convivencia y la tolerancia las que arden y las que son violadas. ¿Quién quiere seguir jugando con fuego? ¿Por qué?

A estas y con la que está cayendo en Cataluña…, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) presentó el martes 27 de junio, en el Congreso de los Diputados, una moción por la que insta al Gobierno a que presente una ley orgánica de libertad religiosa, ideológica y de culto, que sustituya a la actual, que fue aprobada en 1980 y que, a su juicio, está «obsoleta». La moción pretende la desaparición de símbolos religiosos de escuelas y edificios públicos, que los funerales de Estado sean laicos, que los cargos públicos no participen en ritos religiosos durante su actividad, que el Estado no sea recaudador de las donaciones y que éstas no corran a cuenta de los impuestos de los ciudadanos o –entre otros decimonónicos reclamos e imprecisiones y falsedades varias- que ninguna confesión religiosa esté exenta de pagar tributos.

Por su parte, entre las conclusiones del reciente congreso federal del PSOE para la elección de Pedro Sánchez como secretario general de la formación, el segundo partido político de España aboga por la supresión de la clase de Religión –no olvidemos que es optativa y no olvidemos que es elegida por el 65% de los alumnos-, la despenalización y regulación de la eutanasia y la reducción de los supuestos privilegios de la Iglesia católica en materia económica y fiscal (por ejemplo, el IBI). ¡Menos mal que, al menos, el PSOE de Pedro Sánchez dijo ser contrario a la maternidad subrogada (vientres del alquiler)!

A estas alturas de la historia, 40 años después de la Transición democrática en España, donde la llamada, décadas atrás, «cuestión religiosa» se logró superar mediante la Constitución de 1978 y su apuesta por la aconfesionalidad del Estado,  no se comprende por qué, para algunos, la religión –y, muy particular, la Iglesia católica, que es libre y pacíficamente profesada, según el CIS, por no menos del 70% de los españoles-, pueda ser objeto continuo de debate político y de agresiones, más o menos intermitentes.  Y más aún cuesta entenderlo, si evocamos y actualizamos el servicio de la Iglesia a la concordia durante la Transición o, sin ir más lejos, en estos crudos últimos años de crisis económica.

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