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Cuando el «enemigo» saca lo mejor de nosotros mismos

Los capellanes castrenses acompañarona los militares en la Operación Balmis

La Junta de Hermandades y Cofradías de Tarancón había anunciado en enero que Mario Ramírez Torrero sería el pregonero de la Semana Santa en esta localidad. Es el capellán castrense más joven de España, ordenado el mismo día en que cumplió 24 años, el 5 de mayo de 2018. Tanto las cofradías y hermandades como el pregonero tenían toda la ilusión del mundo, ya que la vocación de este joven presbítero había crecido a la sombra de la religiosidad popular de su pueblo, tocando en la banda de una hermandad y preguntando a su madre qué significaba cada misterio que salía en procesión. Pero el páter Ramírez pasó aquellos días enfundado en su uniforme militar y una estola de residencia en residencia de mayores de la provincia de Cádiz. Acompañaba a la sección NBQ (siglas para defensa nuclear, biológica y química) del Tercio Antiguo de infantería de marina de San Fernando, donde está destinado como vicario parroquial.

«De un día para otro. Nos pilló por sorpresa todo. Al día siguiente de cerrar el culto público nos encontramos una pintada en la parroquia castrense llamándonos cobardes. En aquel momento me veía en la incertidumbre de qué hacer, porque de un lado nos ordenaban cerrar el culto por la pandemia, pero había quien no lo comprendía. Los dos primeros días me quedé parado, pero luego me dije que tenía que hacer algo y comenzamos las retransmisiones por Facebook, que tuvieron muy buena acogida». Así relata Ramírez los primeros momentos del estado de alarma. Una semana después recibió la llamada del cuartel por si quería colaborar en la desinfección de las residencias. Con su «sí», Ramírez se convirtió en uno más dentro de la Operación Balmis, como se llamó al despliegue de efectivos militares en medio de la pandemia.

Aún pasaron varios días hasta que la unidad a la que iba a acompañar Ramírez obtuvo el material necesario. Y, cuando por fin pudo acompañarles, se encontró en las mejores manos. «Son los encargados de protegernos ante desafíos nucleares y biológicos. Tenían todo perfectamente preparado: trajes, protocolos antes de entrar y e salir… son profesionales. Yo entraba dentro y era el momento de ver a los abuelos con toda la dureza de estar aislados, no poder relacionarse. Ellos mismos te lo comentaban», recuerda Ramírez.

La presencia de los capellanes castrenses fue, en muchas residencias, la única de un sacerdote durante el confinamiento. Lo explica el páter: «Tenían su propio capellán pero no podía entrar nadie de fuera. Me sentí un privilegiado en ese sentido, gracias al uniforme. En algunas residencias pude dejar a algunos trabajadores algo de material para celebrar de alguna manera con los mayores la liturgia de la Palabra».

Reconciliar en el dolor

En aquellos momentos de dolor, Mario ha encontrado algunas situaciones que le han llevado a decir con más seguridad que «Dios existe». Como una madre con la que pudo hablar, ya muy mayor, y que había perdido el contacto con su hijo tras pelearse. «Le quedaba la espinita de reconciliarse. Encontré a su hijo por Facebook y pudimos hacer una videollamada y charlar… ¡Madre mía!», recuerda emocionado. Y aquello no fue lo único. También se ha encontrado, cuenta, a muchas personas que, por malas experiencias, habían experimentado un progresivo alejamiento de la Iglesia o de la fe. «Por ejemplo a raíz de un divorcio. Gente ya mayor que necesita reconciliarse, charlar y volver. Son cosas que te chocan», confiesa. Y eso que, en cada residencia, solo pudo estar una vez. «No dábamos abasto, había muchas peticiones de desinfección», recuerda.

Él mismo, con la experiencia que fue ganando a marchas forzadas, llegó a dar una mejor atención. «Al principio, como me veían solo con el uniforme, no se creían que soy sacerdote. Así que luego me ponía la estola por encima», relata. Estos momentos de dureza, cree el joven páter, implican «algo de radicalidad» en la fe, haciendo que desaparezcan las medias tintas. «O se cree, o no se cree», afirma, aunque sabe que no es fácil. «Si te fías de Dios, incluso ante la muerte, y crees en Él sabiendo que dentro de su plan de redención ya contaba con todo esto, tu fe se vuelve más sólida», explica. Y destaca una valoración positiva: «Es muy bonito que cuenten con la Iglesia».

Aventuras… pero fuera

Cuando Mario entró en el Seminario Castrense, ya había completado un año en el Seminario Mayor de Cuenca. Pero no se veía como cura rural porque le atraía la aventura. Pensaba en situaciones como la que espera vivir a partir del 17 de julio, cuando partirá con el Tercio para acompañar pastoralmente a los militares destacados en la misión EFPVII-Letonia, en el país báltico. Allí vivirá en el cuartel durante seis meses, y ya tiene pensadas varias de sus actividades: cursillos prematrimoniales, lectura de la Biblia y por supuesto celebración de la Eucaristía. También viajará con toda la intención de avanzar en el ecumenismo, en un país donde hay un alto porcentaje de protestantes y ortodoxos.

«Pero nunca me imaginé una pandemia como esta. Pensaba en viajar, navegar… siempre hacia el exterior. En España hemos gozado de paz y de calma, y nunca esperas que te golpee un tipo de guerra como esta», explica. Porque, aunque el enemigo sea invisible, Mario cree que hablar de «guerra» sí está justificado, siempre que se use «como analogía». «Es un agente que no depende de nosotros, descubre qué limitaciones tenemos y nos hace sacar lo mejor de nosotros», explica.

Los soldados, esenciales y mileuristas

El trabajo del páter Mario ha ido mucho más allá de las residencias. Como vicario de la parroquia vaticana castrense de San Francisco, se ha implicado muy activamente en la gestión de Cáritas. Una de las mayores sorpresas que ha tenido que afrontar es el tener que ayudar a muchos militares de tropa que, a pesar de tener trabajo y haber sido esenciales en el combate contra la pandemia, han tenido que pedir para comer. «Al principio se ponía en contacto conmigo gente, incluso a través de redes sociales, con necesidades. Te parece inverosímil, pero sucede», explica. Y, más tarde, se encontró con la necesidad de los soldados: «Cobran un sueldo de unos mil euros, y si tienes hijos y tu pareja se ha quedado en paro, a ver cómo pagas la hipoteca y además la comida. Es muy duro para ellos entrar en esta situación».

Precisamente, Cáritas diocesana Castrense es la más joven de España, y en estos meses ha experimentado un gran crecimiento. Lo explica su delegado a nivel nacional, el páter Benito Pérez Lopo. Una de las iniciativas estrella ha sido «El granero de José», en referencia al pasaje del Antiguo Testamento en el que José le advierte al faraón que vendrán 7 años de sequía tras 7 años de abundancia, lo que permite a Egipto prepararse para la carestía. «Este fondo nace con una intención de permanencia: hoy es la crisis del COVID, mañana una inundación, pasado un terremoto», comenta Lopo. Hasta el momento, ha recaudado 55.000 euros y ya se han aprobado ayudas para 15 familias, varias de ellas de militares. «El factor común es el de la necesidad inmediata. Las ayudas de la administración tardan y una familia necesita un ordenador para la educación de su hijo de un día para otro, por ejemplo», comenta.

El crecimiento de solidaridad se ha plasmado, también, en la creación de seis nuevas Cáritas parroquiales en Barcelona, Valencia, Valladolid, Navarra y Badajoz. «Esto nos ha dado mucho empuje», valora Pérez. En su caso, es párroco, además, en Madrid, de Nuestra Señora de la Dehesa, en un barrio junto a la carretera de Extremadura donde la gente ya es mayor. Esa realidad ha significado vivir momentos muy marcados por las ausencias. «En el barrio hubo un brote de coronavirus, y algunos vecinos fallecieron. Y, al abrir las puertas del templo, ver que no estaban algunos habituales», recuerda el sacerdote. Personas que frecuentaban y apoyaban la parroquia, como Alfredo Ramírez, que no fallaba ni un solo día para rezo del Rosario, por ejemplo.

Entre el día en que se tuvo que cerrar la puerta al culto y la fecha en la que se reabrió, el trabajo del páter Benito al frente de Cáritas fue incansable. Además de la gestión a nivel nacional, desde Cáritas parroquial ha derivado ayuda no solo al barrio, sino a otros sitios donde había necesidad en Madrid, como el Cottolengo, la parroquia de San Andrés, en Villaverde, las residencias de las Hermanitas de los Pobres o el Banco de Alimentos.

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