Opinión

Cuadros de espiritualidad, octubre 2016, por Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, octubre 2016, por la laica Araceli de Anca Abati

El deseo expresado del salmista de que todos escuchen la voz de Dios en su eterno «hoy» (cfr. Salmo 94, 7) vendrá a ser,   remedando a san Agustín, esa sed de Dios de que el hombre tenga sed de escuchar su Palabra.

 

Y para atender a la Palabra divina, necesariamente Dios habrá de atraernos hacia Sí:

Dios nos atraerá suavemente.

Nos atraerá con lazos humanos, como plásticamente lo describe el Salmo: «Por detrás y delante rodeásteme, y puestas sobre mí tienes las palmas» (Salmo 138, 5), y como leemos en el Libro de Oseas: «…ellos no reconocieron que Yo de ellos cuidaba. Con vínculos de afecto los atraje, con lazos de amor. Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer» (Oseas 11, 3-4).

Y Dios nos atraerá con lazos sobrenaturales especialmente en la oración y en los Sacramentos: canales divinos por donde fluye la Gracia, encuentros personales con el Señor.

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Dios nos atraerá «agresivamente» usando la pedagogía del palo.

En la Escritura Santa encontramos muchas citas que reseñan el modo con el que, a veces, Dios nos trata para que nos convirtamos a Él.

                               «Cuando el Señor hacía en ellos mortandad le buscaban -recuerda el salmista-, y, convertidos, a Él iban de nuevo y recordaban que era Dios su roca y era redentor suyo Dios Altísimo» (Salmo 77, 34-35).

                               «Y golpeará el Señor a Egipto -dice Isaías-, mas tanto sólo para enseguida curarle, y se convertirán al Señor, que se les aplacará y los sanará» (Isaías 19, 22).

                               «Porque el Señor no rechaza para siempre -afirma Jeremías-; aunque aflige se compadece con gran Misericordia, porque no goza afligiendo o apenando a los hombres» (Lamentaciones 3, 31-33).

                               «En su angustia -dirá el Señor por el profeta Oseas- me buscarán diciendo: Venid, volvamos al Señor; pues él dilaceró, mas nos curará; hirió, pero nos vendará» (Oseas 6, 1).

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Dios nos atraerá -conforme al Misterio amoroso de su Providencia- derramando Gozo divino en nuestro corazón o, por el contrario, con aflicciones y sufrimientos, ¡con su Santa Cruz!

– De los gozos que Dios nos concede, leemos en un Salmo:                                          «Bienaventurado el pueblo que sabe clamar con júbilo; y caminar, ¡oh Señor!, a la lumbre de tu rostro» (Salmo 88, 16)

– Y de la Cruz con la que Dios nos bendice, insta la Sabiduría divina en el Libro del Eclesiástico: «Todo cuanto te aconteciere recibe, y en medio de los dolores sufre con constancia, y lleva con paciencia tu abatimiento: Pues al modo que en el fuego se prueba el oro y la plata, así los hombres aceptos a Dios se prueban en la fragua de la tribulación» (Eclesiástico 2, 4-5).

 

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Del morir de bienestar, en el decir de san Juan Pablo II, al morir de los mártires, todo un abismo de rechazo o de                 aceptación de la Cruz redentora de Cristo.

 

Alguien dijo que a Dios le podemos pedir todo, menos pedirle cuentas.

Pues ¡no!, no podemos pedir cuentas a la Infinita Inteligencia del Ser Supremo: no podemos, preguntar inquisitoriamente a Dios por qué obligó con la Ley de la gravedad a que cayeran los cuerpos a tierra y que el agua de los ríos a corriera hacia el mar…, ni tampoco pedirle explicaciones de por qué no dotó a los hombres como a los pájaros de alas para elevarse a las alturas.

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Pues menos aún podremos pedir cuentas a Dios del porqué de sus Misterios, entre otros del Misterio del dolor, de por qué permite el sufrimiento en el mundo. Y porque no le vamos a pedir cuentas, lo sabio será, buscar el porqué de su sentido, el cual, si tenemos visión sobrenatural, veremos en él una bendición que Dios nos da con su Cruz, y, en consecuencia, desecharemos decididamente la idea de que el sufrimiento es una desgracia.

De modo que si el sufrimiento lo aceptamos como permitido por la mano amorosa de Dios, lo inmediato será agradecérselo y unirlo a los infinitos Méritos de la Pasión de Jesucristo, ¡a su Santa Cruz!, con la firme Esperanza de que en la Vida Eterna se nos transformará el dolor en gozo.

¡Gracias, Señor, porque con Cristo, por Él y en Él, nuestro dolor y toda contrariedad recibirá valor purificador y redentor!

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                               «…cuan equivocados estamos al rechazar el dolor  -escribe santo Tomás Moro- (…), o al tolerar de mala gana el castigo merecido por nuestros pecados: porque vemos a nuestro Salvador padeciendo por su propia voluntad toda esa gama de tormentos corporales y mentales, y no porque los hubiera merecido por una ofensa suya, sino exclusivamente para liberarnos de la maldad que sólo nosotros cometimos» (La agonía de Cristo, cap. La Humanidad de Cristo).

 

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Es muy reconfortante tener esperanza en la existencia de la          Otra Vida y saber que Allí reina la justicia, el amor y la paz.

 

Lo triste que es carecer de esperanza lo ha experimentado el ser humano a través de la Historia.

Cuando no se tiene Esperanza en la Vida Eterna -Virtud teologal- se intentará hacer de esta tierra un paraíso, siendo fácil entonces caer en egoísmos y actitudes hedonistas. Y del olvidar que el verdadero Paraíso se encuentra en el Cielo, nacen:

– los movimientos colectivistas, los que aunque digan ser de salvación social, la realidad es que desprecian los derechos individuales, esclavizando a fin de cuentas a las personas en pro del colectivismo

– y los movimientos liberalistas a ultranza, los que al sublimar egoístamente los derechos individuales, despreciando el bien común -por no entender que sobre la propiedad privada grava una hipoteca social, en el decir de san Juan Pablo II (cfr. Séptima Encíclica, nº 41)- provocan los llamados cuartos mundos de pobreza.

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La Doctrina cristiana nos dice que por la virtud de la Esperanza tenemos la firme confianza de alcanzar la Vida Eterna y los medios de conseguirla, apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.

La Fe nos dice lo fundamental que es tener Esperanza: «…hemos sido salvados por la Esperanza» (Romanos 8, 24); y es Jesucristo, Dios y Hombre, quien ofrece la Salvación de Vida Eterna en el Cielo. Por eso quien lo rechace -después de conocerle, o pudiendo ir a su encuentro le esquive-, rechazando adorarle en cuanto Dios, servirle como a su Señor y amarle como a su Redentor, rechazará en consecuencia su Salvación eterna.

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En el Prefacio de la Misa de Jesucristo Rey Universal, leemos: «…Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno (…) consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo (…) sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu Majestad infinita un Reino eterno y universal: el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz».

 

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Mantenernos alerta en lo pequeño para evitar que poco a poco caigamos en lo que luego difícilmente tendrá remedio.

               

                               Estemos alerta, pues así razona san Agustín: «Mira cómo el agua del mar se filtra por las rendijas del casco, y poco a poco llena las bodegas, y si no se la saca sumerge la nave (…). Imitad a los navegantes: sus manos no cesan hasta secar el hondón del barco; no cesen tampoco las vuestras de obrar el bien. Sin embargo, a pesar de todo, volverá a llenarse otra vez el fondo de la nave, porque persisten las rendijas de la flaqueza humana; y de nuevo será necesario achicar el agua» (Sermón 16).

Y en ese mantenernos alerta en lo pequeño, atención a la pornografía blanda, porque «la llamada pornografía blanda -leemos en el Documento del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales del año 1989- puede paralizar progresivamente la sensibilidad, ahogando gradualmente el sentido moral de los individuos (…). La pornografía -como la droga- puede crear dependencia y empujar a la búsqueda de un material cada vez más excitante y perverso».

Además de crear obsesiones insanas, la pornografía socava la vida familiar, pues considera la sexualidad como «una búsqueda frenética del placer individual, más que como una expresión perdurable del amor en el matrimonio».

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Y en lo grande, mantenerse en guardia más y más contra el pecado grave al que lleva la pornografía.

Aunque «Nadie puede considerarse inmune» ante los efectos de la pornografía, los niños y los jóvenes son especialmente los más vulnerables. Además de que existe una relación entre pornografía y violencia sádica.

«…una cierta pornografía es ya abiertamente violenta en su contenido y expresión», de modo que quienes ven o leen tal material «corren el riesgo de incorporarlo a su comportamiento. En el peor de los casos puede incitar a agresiones sexuales graves, pues uno de los efectos de la pornografía es considerar a los demás como objetos en vez de personas» (o. c.).

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La Escritura Santa, con su divina sabiduría, nos pide acabar con lo dañino, que hoy calificaríamos de blando, de poca importancia.

                               «Vosotros, oh amigos, cazadnos esas raposillas, que están asolando las viñas; porque nuestra viña está ya en flor»

(Cantar de los Cantares 2, 15).

 

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Maltratar al mensajero divino cuando zarandea nuestra conciencia es una siniestra falacia.

 

Penosa práctica la de aquellos hombres de la antigüedad: mataban al mensajero portador de tristes noticias; cobarde y vengativa costumbre que, no pudiendo remediar la tragedia, arremete contra el indefenso anunciante. Es lo que le ocurrió al profeta Jeremías cuando transmitió al antiguo Pueblo de Dios la advertencia divina:

                               «Esto dice el Señor: Si no me oyereis para caminar en mi Ley (…) reduciré este templo a la situación de Siló y a esta ciudad la entregaré en maldición a todas las naciones de la tierra (…). Y cuando hubo Jeremías acabado de hablar todas las cosas que le había mandado el Señor que dijese a todo el pueblo, le prendieron (…), diciendo: Muera sin remedio» (Jeremías 26, 4-8).

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Jesucristo, el Enviado del Padre, el más insigne Mensajero, profetiza de Sí mismo en la parábola de los viñadores homicidas que sería muerto, ¡sacrificado!, como así fue. Cuando el dueño de la viña -el Padre celestial- le envió a su viña -el mundo-, los viñadores -sus enemigos- sacándolo fuera de la viña -el Monte Calvario, situado fuera de la ciudad de Jerusalén-, lo mataron (cfr. Lucas 20, 13-15).

Desde entonces, ¡cuántos enviados de Cristo, «mensajeros de la salvación», morirán mártires!… «Mirad -dice Jesús- que yo os envío como ovejas en medio de lobos» (Mateo 10, 16); y es algo que comprobamos a través de la Historia: los enemigos de Cristo, siniestramente maltratarán o matarán a muchos, por creer que si los hacen callar para siempre, acallando también sus conciencias, cesará en ellos el sometimiento a la Voluntad divina.

Y cuando no puedan dar muerte al mensajero, se aturdirán con músicas estridentes, con frenéticos activismos, o lo que es aún peor… silenciarán los mensajes divinos, secundando doctrinas ajustadas a sus perversos deseos (cfr. II Timoteo 4, 3).

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No soportaron los judíos que el protomártir Esteban les hablara de la Persona divina de Cristo ni de su Doctrina, por lo que «a voz en grito -narran los Hechos de los Apóstoles-, taparon sus oídos y se lanzaron a una contra él y sacándole fuera de la ciudad le lapidaron» (7, 57-58).

«No extingáis el Espíritu -predicará san Pablo-, ni despreciéis las profecías; sino examinad todas las cosas, retened lo bueno y apartaos de toda clase de mal» (I Tesalonicenses 5, 19-22).

 

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«El Señor me apoyó y me fortaleció (…), me librará de todo mal, y me salvará para su reino celestial», nos confía san Pablo (II Timoteo 4, 17-18).

 

Santo Tomás Moro, dice en su última obra, escrita en la cárcel: «Si enfrentado en lucha cuerpo a cuerpo con el diablo, príncipe de este mundo, y con sus secuaces, no hay modo posible de escapar sin ofender a Dios, tal hombre -en mi opinión- debe desechar todo miedo; yo le mandaría descansar tranquilo lleno de esperanza y de confianza, ‘porque disminuirá la fortaleza de quien desconfíe en el día de la tribulación’ (Proverbios 24, 10). Pero el miedo y la ansiedad antes del combate no son reprensibles, en la medida en que la razón no deje de luchar en su contra, y la lucha en sí misma no sea criminal ni pecaminosa. No sólo no es el miedo reprensible, sino, al contrario, inmensa y excelente oportunidad para merecer. ¿O acaso imaginas tú que aquellos santos mártires que derramaron su sangre por la fe no tuvieron jamás miedo a los suplicios y a la muerte?»

 (La agonía de Cristo, cap. La angustia de Cristo ante la muerte).

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                               «…los mártires santos de Cristo -continúa diciendo el santo Canciller inglés- sintieron miedo ante una muerte espantosa. (…). El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios. Sin embargo, huir por miedo a la tortura o a la misma muerte en una situación en la que es necesario luchar, o también, abandonar toda esperanza de victoria y entregarse al enemigo, esto, sin duda, es un crimen grave en la disciplina militar (…), no importa cuán perturbado y estremecido por el miedo esté el ánimo de un soldado si a pesar de todo avanza cuando lo manda el capitán (…). De hecho, debería recibir incluso mayor alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo, sino también su propio temor; y esto último, con frecuencia, es más difícil de vencer que el mismo enemigo» (o. c.).

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                               «Que el valeroso corazón del Apóstol san Pablo  -termina razonando santo Tomás Moro- no era impermeable al miedo es algo que él mismo admite cuando escribe a los corintios: ‘Así que hubimos llegado a Macedonia, nuestra carne no tuvo descanso alguno, sino que sufrió toda suerte de tribulaciones, luchas por fuera, temores por dentro’. Y escribía en otro lugar a los mismos: ‘Estuve entre vosotros en la debilidad, en mucho miedo y temor'» (o. c.).

Miedos… temores… pero a pesar de todo, san Pablo no duda recibir su premio en el Cielo: «He luchado en el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe; por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que desean con amor su venida» (II Timoteo 4, 7-8).

 

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Aquel buscar de uno de los científicos más importantes de la antigüedad clásica «un punto de apoyo para mover el mundo», el cristiano lo encuentra en la Fe y en la oración.

 

Si de nuestra fuerza física, que reside en el cuerpo, quizá no lleguemos a desarrollar ni un cincuenta por ciento, exceptuando atletas y guerreros… y de nuestra capacidad intelectual que reside en el cerebro empleamos como máximo, dicen los expertos, un veinte por ciento…

…de la energía espiritual que reside en el alma, ¿qué porcentaje es el que utilizamos?… poco, me temo; y es una pena, porque ¡cuánto podríamos disfrutar de las bellezas del Arte, de la Naturaleza, del Amor, de la Verdadera Sabiduría!

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Y en cuanto a la inmensa riqueza de energía sobrenatural que Dios nos ofrece, se podría decir que apenas la rozan ni siquiera los que tienen una Fe viva en Cristo.

Jesús nos lo hace notar: «…si tuvierais fe como un granito de mostaza, podríais decir a este monte: trasládate de aquí allá, y se trasladaría y nada os sería imposible» (Mateo 17, 20).

San Juan Crisóstomo llena de Esperanza nuestra debilidad como plásticamente lo explica: «Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra cosa que el mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar» (Catena Aurea, Vol. I, p.427).

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Si a pesar de nuestra debilidad, que es mucha, el Señor nos envía como corderos en medio de lobos (cfr. Mateo 10, 16), no temeremos. Y no temeremos porque, tal como escribe san Juan: «…ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (I Juan 5, 4). ¡Con Dios podremos!, y podremos porque Él se ha hecho nuestro punto de apoyo para mover el mundo y nuestros quehaceres más inquietantes.

Con el rey David nos abandonamos en el Señor: «Tú eres, oh Dios, mi fortaleza» (Salmo 42, 2).

 

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La Iglesia -continuadora de la misión de Cristo- tiene el deber y el derecho de predicar la Fe y dispensar los Misterios divinos. Y será el testimonio cristiano el “imán” poderoso para atraer las almas a la Iglesia y a Cristo.

 

Sombras y luces se proyectan en la tarea de comunicar el mensaje cristiano a las gentes de todas las latitudes:

Sombras que se ven en «la ruptura entre Evangelio y cultura (que) es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo», como decía el beato Pablo VI.

Luz que se abre entre las sombras son los trabajos de la inculturación de la Fe: «No basta usar los medios de comunicación social para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia -ha escrito san Juan Pablo II-, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta ‘nueva cultura’ creada por la comunicación moderna»

(Redemptoris missio, nº 37).

Luz sin sombra alguna es la que despide la Fe, por la que acuden a la Iglesia toda clase de gentes, como antaño los israelitas acudían a los Profetas para indagar sobre la Verdad y el Bien y la Voluntad de Dios en sus vidas.

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Sin lugar a dudas, el cristiano puede y debe solicitar de los ministros de la Iglesia, doctrina que le ayude a esclarecer el camino a seguir en las encrucijadas de la vida.

Pero -explica el Concilio Vaticano II- si los laicos deben esperar de los sacerdotes luz y fuerza espiritual, «sin embargo, no crean que siempre sus pastores estarán tan especializados que les puedan dar en cada uno de los problemas que vayan surgiendo, aunque sean graves, una solución concreta e inmediata, ni que ellos han sido enviados para eso: más bien, dirigidos por la sabiduría cristiana y siguiendo fielmente la enseñanza del Magisterio asuman por sí mismos el puesto que les corresponde» (Const. Gaudium et spes, nº 43).

Y teniendo en cuenta que muchos cristianos, en casos de soluciones divergentes, tienden fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico, sin embargo habrán de entender que «a nadie le es lícito arrogarse en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia» (o. c.).

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«La primera forma de Evangelización es el testimonio -dirá el santo Padre-.

 El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el ‘Testigo’ por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio que él da de Cristo»

(Carta Encíclica Redemptoris Missio, nº 42).

 

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Los iconos de Dios.

Abro el diccionario por la palabra icono y leo que icono es un término griego para denominar la imagen de Jesucristo, la Virgen o los Santos.

Pronuncio esa palabra y veo que si por razones de fonética tiene una bella sonoridad, gran belleza encierra el sentido que san Juan Pablo II da cuando llama Icono de Dios a Jesucristo, Icono de la Iglesia a la Virgen y a nosotros también nos llama iconos.

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Así, de la Carta Apostólica Orientale lumen, leemos:

«…la historia de la salvación no es más que la historia del amor de Dios a la criatura que ha amado y elegido, queriéndola ‘según el icono del icono’ -como expresa la intuición de los Padres orientales, es decir, creada a imagen de la Imagen, que es el Hijo, llevada a la comunión perfecta por el Santificador, el Espíritu de amor» (nº 15).

Y en otro punto de la misma Carta -citando a san Ireneo- expresa cómo «Dios se ha hecho hijo del hombre, para que el hombre llegase a ser hijo de Dios (…). En este camino de divinización nos preceden aquellos a quienes la gracia y el esfuerzo por la senda del bien hizo ‘muy semejante’ a Cristo: los mártires y los santos. Y entre éstos ocupa un lugar muy particular la Virgen María (…), icono de la Iglesia, símbolo y anticipación de la humanidad transfigurada por la gracia, modelo y esperanza segura para cuantos avanzan hacia la Jerusalén del cielo» (nº 6).

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Comprenderemos entonces que cuanto más se parezca la imagen a la divina Imagen, cuanto más ese icono humano, que somos nosotros, reproduzca al divino Icono, será porque nos estamos haciendo santos, cada vez más santos, muy santos.

San Pablo dice de Jesucristo que «es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura» (Colosenses 1, 15).

Y de nosotros -iconos del Icono, imágenes de la Imagen- dice el Apóstol que el Señor «a los que de antemano conoció también los predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo»

(Romanos 8, 29).

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Si yo camino con Cristo conoceré la Verdad.

 

Guiarán mi pluma palabras del Evangelio dichas por el Señor Jesús, tomando en primer lugar aquellas que dice de Sí mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14, 6).

Dices, Señor, que eres el Camino, y explicas por qué: porque «nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14, 6).

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Dices, Jesucristo, que eres la Verdad, y lo dices porque el que te sigue «no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»…, y si dices que tu «juicio es verdadero«, lo confirmas al asegurar: «Yo soy el que doy testimonio de mi mismo, y el Padre, que me ha enviado, también da testimonio del mí» (Juan 8, 12-18); y cuando dices que Tú, Señor, estás en el Padre y el Padre en Ti (cfr. Juan 14, 11), lo creemos porque al ser Tú, Persona divina -eres el Hijo de Dios, aunque también Hijo del Hombre-, “no puedes engañarte ni engañarnos”.

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Y dices, Jesús, que eres la Vida, y lo aseguras porque como Vida divina que eres, nos haces vivir por Ti y en Ti cuando te recibimos en la Eucaristía. «Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre –nos dices-, así, aquél que me come vivirá por mí» (Juan 6, 57).

Vida que recibimos de Cristo, que iniciada en el Bautismo y alimentada a lo largo de nuestra vida con la Sagrada Comunión, es animada por el Espíritu: «Cuando por fin Cristo es glorificado -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica-, puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su gloria, es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica. La misión conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos y hacerles vivir en Él» (nº 690).

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