Opinión

Cuadros de espiritualidad, noviembre 2016, por Araceli de Anca, laica

Cuadros de espiritualidad, noviembre 2016, por Araceli de Anca, laica

La Virgen es, en la vida y en la muerte, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra.

Diremos que tal como en el amanecer de cada mañana, la aurora precede a la luz, preparando la vida del nuevo día…

…y en el ocaso del día, una tenue luz, prepara el sueño del descanso, del que alguien dijo ser un ensayo para la muerte…         …así, la Virgen nuestra Madre, es la bellísima Aurora que nos conduce a Cristo: «Luz del mundo».

Y es la Virgen -considera un escritor espiritual- la luz que iluminará nuestra alma en el ocaso de nuestra vida, durante ese tiempo que transcurre entre la muerte aparente y la muerte real: tiempo concedido por Dios para preparar el salto que da entrada a vivir la verdadera Vida en la Eternidad.

A la Reina y Madre de Misericordia, Madre de Dios y Madre nuestra, le pedimos que no falte ese día a la cita, que no rehuyamos su presencia y que ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.

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A la Virgen nos dirigimos con la oración que compuso ese escritor espiritual:

 «Señora y Madre mía: ¡Muestra que eres mi Madre!

         Cuando termine mi vida en este mundo, prepara mi encuentro con Jesús, llévame de tu mano al Padre, alcánzame del Espíritu Santo la eterna salvación.

         Y así, junto a todos los santos, pueda gozar siempre de Ti, sintiéndote como Madre. Amén» (Inscripción en el Mosaico de Nuestra Señora del Encuentro. Villanueva de los Infantes. Ciudad Real).

 

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¿Cómo siendo los trueques divinos tan rentables para el hombre, pueda haber alguien que se resista a aceptarlos?

 

Que muchos dan gato por liebre, desgraciadamente es así por nuestra miseria moral.

Y que a la inversa actúa Dios con nosotros, lo podemos comprobar cada día a poca visión sobrenatural que tengamos. Así, el Señor Dios nos dará, entre los innumerables Dones, su Misericordia a cambio de contrición, y el Cielo a cambio de arrepentimiento.

Por lo que se pregunta el salmista asombrado por todo cuanto recibe de Él: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha dado?/ Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor» (Salmo 115, 12-13).

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Y nos asombraremos ante la maravillosa oferta divina, que nos revela la Sagrada Escritura, jamás por nadie soñada: Dios nos envía a su propio Hijo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, Omnipotente Palabra, para Redención y Salvación nuestra, nacido de Santa María Virgen (cfr. Juan 1, 14)…

…para que después, en su Humanidad Santísima, Cristo Jesús, pudiera ofrecerse a la Trinidad Beatísima en el Calvario y luego en cada Eucaristía, por ser el mismo Sacrificio de la Cruz. Y por suerte para nosotros, su Pueblo Santo, el Padre quiso que nos ofreciéramos con Él, con el «Emmanuel, que significa Dios-con nosotros» (Mateo 1, 23).

«…te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: Pan Santo de vida eterna y cáliz de eterna salvación», reza una oración del Ofertorio (Plegaria Eucarística I).

¡Gracias, Dios mío por esa divina oferta!: Jesucristo, tu Hijo e hijo de María.

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¡Gran osadía!, cualquier cristiano, en todo momento puede ofrecer a la Santísima Trinidad a Jesucristo, como el Ángel en Fátima que invita a los videntes a repetir tres veces, antes y después de darles la Comunión: «Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes, con los cuales Él es ofendido.

         Y por los infinitos méritos de su Sagrado Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pecadores»

(Tercera Aparición del Ángel).

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Comenta san Agustín: El madero que en forma de cruz tiene fijos los miembros de Cristo, es también cátedra del Maestro que enseña (cfr. Trat. Evang, S. Juan, 119).

 

Ese madero, en donde se reciben las misteriosas caricias divinas de dolor como las recibió Jesucristo, y que encontramos en los acontecimientos, a veces regalado por Dios de un modo inesperado, como profetizó Isaías –«Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban» (Isaías 65, 1)-…, ese madero es señal de predilección divina, «porque a los que Dios quiere mucho -escribe santa Teresa de Jesús- lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, por mayores» (Camino de perfección, 18, 1).

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Sabemos que aun no habiendo nadie más predilecto del Padre celestial que Jesucristo, a nadie como a Él, ¡divino Misterio!, le dio una cruz tan severa.

Naturalmente que Jesús pudo haber pedido a su Padre que se la aliviara, pero sabemos que no quiso: «Padre mío (…), no sea como yo quiero, sino como quieras Tú» (Mateo 26, 39)…, y Jesús, cargando con la Cruz, porque quiso, con una total libertad, dio su Vida en Ella, como Él mismo lo dice: «Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente» (Juan 10, 18).

Y, si Cristo, nuestro Maestro y Modelo, dio la vida porque quiso, también nosotros debemos darla libremente:

Dando amor al que nos rechaza:

– en el trabajo, haciéndolo sin desánimo,

– en la vida familiar y social, viviéndola con alegría

¿Y en las contrariedades, enfermedades y catástrofes?… Entregaremos nuestra vida, abrazándolas, en la medida en que las aceptemos con paciencia.

Y para obtener mérito sobrenatural, estaremos en amistad con Dios, ofreciendo nuestros afanes y contrariedades en reparación de nuestros pecados o por la salvación de las almas.

Mas si hay protestas, resentimientos o amarguras se verá claramente que es porque nos resistimos a dar la vida y la entregamos a rastras.

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¡Ventajoso trueque!: quien entregue su pobre vida aquí, la volverá a encontrar después, pero gloriosa, Allá en el Cielo, pues dice Jesús: «…el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la encontrará» (Mateo 16, 25).

 

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Lo que cuenta es hacer lo que se debe, sin echar cuentas de si se hace o no con entusiasmo.

 

¡Claro que no! El enterrador no entierra con entusiasmo, pero entierra.

Ni el juez condena con ardor entusiasta, pero castiga al reo conforme a las leyes del momento.

Tampoco la mujer, cuidando a su hijo, permanece en vigilia con entusiasmo, pero allí la veremos en vela, luchando contra el sueño.

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Y quien al principio de su vocación divina, como puede ser la de curar leprosos, ve en cada enfermo a Cristo y esta realidad le llena de entusiasmo, cuando pasado el tiempo este entusiasmo se le venga abajo, no por eso dejará de curarlos, aunque no vea con claridad a Cristo y sólo vea una carne podrida que ha de limpiar y curar.

También a quien Dios en un principio le regala entusiasmantes dulzuras divinas en la oración y después la Providencia divina le prueba con arideces y desconsuelos, no dejará de ir a estar a solas con su Dios, aunque le falte la alegría de disfrutar de la Presencia divina.

Y quien a la hora de asistir a la Santa Misa se plantea no ir porque no le dice nada, se le podrá objetar: ¿desde cuando subir al calvario es entusiasmante?, porque seguro que si supiera que participar en la Santa Misa es asistir a la renovación del Sacrificio de la Cruz, ¡a la renovación de la Redención!, asistiría, sin duda, con entusiasmo o sin él.

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Aunque nosotros no hemos de hacer las cosas por entusiasmo, sino por Amor, si Dios nos lo da y lo aprovechamos, viviremos más intensamente el Amor-Caridad.

Y si perdemos el entusiasmo, le pediremos a Dios que no entre en nuestro corazón la apatía y la tristeza en nuestras obras y trabajos para no recibir su reproche: «Conozco tus obras, tu fatiga y tu constancia (…); que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre, sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido tu primera caridad. Recuerda, pues, de dónde has caído, arrepiéntete, y practica las obras de antes» (Apocalipsis 2, 2-5).

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Por la gracia santificante -sin dejar de ser nosotros siervos que se gozan en adorar a Dios-, el Señor nos tratará como a amigos, nos vinculará a su Familia divina (cfr. Efesios 2, 19) y nos desposará en la Iglesia para siempre, con Jesucristo Señor Nuestro.

 

Digamos que si unos hermanos, además del vínculo familiar llegan a ser amigos, es una maravilla: sobre la natural ayuda fraterna participarán del diálogo propio de la amistad…

Y ¡maravilla sobre maravilla! cuando unos cónyuges, además del vínculo matrimonial llegan a ser amigos.

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Pues Dios a nosotros, siervos suyos, por el Bautismo, nos da maravillosos dones sobrenaturales y vocación, siempre de modo irrevocable, como dice san Pablo (Romanos 11, 29), nos acogerá como amigos de Jesucristo y como hijos al hacernos hermanos de Jesucristo, hijos en el Hijo: amistad y filiación que no son tratamientos honoríficos, sino realidades concedidas por Dios al hombre a lo largo de la Historia, además del amor esponsal con el que nos distingue.

Así, Dios que concedió el honor de ser siervo suyo al Pueblo escogido de Israel, Pueblo que es ahora la Iglesia, Pueblo de Dios –«Recuerda esto Jacob, e Israel, pues eres mi siervo; yo te he formado, siervo mío eres tú» (Isaías 44,21)-…

…ahora, Jesucristo desde la Última Cena nos concede su amistad cuando dice a sus Apóstoles: «…os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15).

Después, Jesús recién resucitado, porque acaba de reconquistarnos la Filiación divina, nos llama hermanos: «…vete a mis hermanos -dice a María Magdalena- y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Juan 20, 17) .

Y para los que alcancen la Gloria eterna, el Señor consumará la promesa de los desposorios divinos; san Juan, en su Apocalipsis, nos dice que oye: «Escribe: Bienaventurados los llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Apocalipsis 19, 9).

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En la tierra, los que esperan ser llamados a las excelsas Bodas del gran Rey se gozan al escuchar que la Esposa del Cordero (cfr. Apocalipsis 21, 9), la Iglesia donde ellos se encuentran, es designada en el Cantar de los Cantares con los entrañables vínculos de: «amiga mía» (1, 8 y 14) «hermana mía, esposa» (4, 10) «hermana mía, amada mía, mi paloma, mi pura» (5, 2).

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«¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?», se pregunta la Iglesia en la Liturgia de la Vigilia Pascual.

 

Sabemos que Dios dotó al hombre con consciencia de existir, de saberse un ser individual, capaz de dar gloria a Dios personalmente; pero no así al árbol ni al animal irracional, porque, carentes de consciencia, darán gloria a Dios en el conjunto de la naturaleza de cada especie.

Y sabemos también que cuando Dios crea a Adán y a Eva, mucho antes, ya nos amaba a ti y a mí, porque nuestro ser se hallaba potencialmente en ellos, y a Dios todo le es presente; por eso a todos, el Señor dirá: «Te he amado con amor eterno, por eso te he guardado misericordia» (Jeremías 31, 3).

Y por eso, cuando pecan nuestros primeros padres se produce una tensión -hablando en términos humanos- entre la Justicia y el Amor divinos: la Justicia reclamará reparación, el Amor, un cauce para salvar al hombre.

¿Entonces…?, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad reconciliará Justicia y Amor: asumirá un cuerpo humano encarnándose en el seno virginal de Santa María; y nacerá en «la plenitud de los tiempos» (Gálatas 4, 4) el Mesías, el Señor Jesús, Dios y Hombre, el «Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros» (Mateo 1, 23). Y Él, Jesucristo, el Hijo del Hombre, como le gustaba llamarse a Sí mismo, satisfaciendo a la Justicia divina y al Amor divino con el Sacrificio de la Cruz, hará de quien esté en Él una nueva criatura (cfr. II Corintios 5,17): un hombre nuevo, al renacer nuevamente, ahora, a la Gracia del agua y del espíritu (cfr. Juan 3, 5) en el Bautismo. Y así es cómo Jesucristo reconciliará al hombre con Dios, abriendo la Puerta de la Salvación para quien quiera entrar por ella.

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Quien diga que los descendientes de Adán y Eva quedaron desvalidos, sin fuerza para ir a Dios, es porque no sabe o no quiere enterarse de que Jesucristo se hizo Fortaleza y Vida nuestra.

Así canta el rey David:

         «Yo te amo, Señor, fortaleza mía, Señor, mi Roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios, mi peña donde me refugio, mi escudo, la fuerza de mi salvación, mi alcázar» (Salmo 17, 2-3).

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Y así se expresa san Pablo:

«…por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron (…). Pero el don no es como el delito; pues si por el delito de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos» (Romanos 5, 12-15).

 

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La Trascendencia que encierra para nuestra salvación el estar atentos a los modos de pasar Dios por nuestra vida.

 

         Trayendo a nuestra memoria la figura del Patriarca Abraham, podemos considerar que si este personaje bíblico no hubiera vivido en la Presencia de Dios no hubiera pensando que aquellos tres varones que narra el Génesis eran precisamente una aparición divina -para algunos Santos Padres interpretada como un anuncio anticipado del misterio de la Santísima Trinidad-; así, Abraham se dirige a esos varones y les dice: «Señor, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego no pases de largo junto a tu siervo» (Génesis 18, 3).

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Si no encontramos a Cristo en la Eucaristía, dejando que pase de largo por nuestra vida…, si no le recibimos en el Sagrado Banquete Eucarístico, despreciándole a Él y la Vida eterna que contiene, nuestra resurrección en el último día, si antes no rectificamos, no será para la verdadera Vida de la Gloria (cfr. Juan 6, 50-58).

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Y si desatendemos los requerimientos de la Voluntad divina…, si insensatamente no permanecemos en Dios…, el Señor no llevará a cabo en nosotros aquello que tanto anhela y se nos revela por san Pablo: ser «transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor»

(II Corintios 3, 18).

Damos, pues, gracias a Dios porque, como dice Juan Francisco Pozo, «El Espíritu Santo formó a Cristo en las entrañas de María. De modo análogo, es Él quien hace ‘nacer’ a Cristo en cada cristiano» (La vida de la gracia, cap. III).

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El santo orgullo del humilde es dar digno testimonio de hijo de Dios, «hijo en el Hijo«.

 

Diremos que porque Dios quiso mostrar al ser humano como homus erectus, como lo definiría el antropólogo…, y Dios hizo bien todas las cosas, nosotros hemos de andar siempre con gallardía.

Y, además, si con gallardía hemos de andar al considerar que Dios nos creó a su imagen y semejanza…

…más gallardamente caminaremos por el mundo al saber que tenemos por hermano al «Deseado de todas las gentes» (Ageo 2, 8), a Jesucristo, ante quien porque es Dios, aunque Hombre también, «toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre», como escribe san Pablo (Filipenses 2, 10-11).

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Por eso, qué equivocado estaría quien creyera que es de humildes andar como «encorvados». Demostraría que no sabe que la humildad es andar en verdad, en el decir de santa Teresa, y la verdad es que Dios nos hizo obra maestra en el orden natural y obra divina en el sobrenatural, porque al introducirnos «por Cristo, con Él y en Él» en su Familia divina (cfr. Efesios 2, 19), nos permite participar, por la Gracia, en su misma Naturaleza (cfr. II Pedro 1, 4).

Por lo que, nada de andar como «encorvados» –encogidos-. Y si la humildad se alimenta testimoniando la maravilla de ser hijo de Dios con un digno comportamiento, incluso en el aspecto físico, cuánto más en el orden moral.

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¿Cómo no andar entonces con gallardía y cómo no sentir un inmenso orgullo?…

«¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? –se pregunta san Agustín- Teniendo un Hijo único le hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.

         Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios» (Sermón, 185).

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