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Cuadros de espiritualidad, mes de octubre de 2017, por la laica Araceli de Anca

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Cuadros de espiritualidad, mes de octubre de 2017, por la laica Araceli de Anca

Alentaremos el fatigoso combatir en la vida cristiana empapándonos en la virtud teologal de la Esperanza

De Hernán Cortés testifican los historiadores que en la conquista de Méjico destruyó y quemó las naves, con sus toneles y mercancías, para evitar la tentación de que la tropa se volviera atrás.

Pues imitando al conquistador, ahora yo también quemaré mis naves para hacerme con bienes superiores. Pero si quemo proyectos ilusionantes lícitos para hacer de mi vida una ofrenda a Dios, sería insensato que me agarrara a mi tonel particular, que eso es conservar caprichos terrenos…, que eso es ¡agarrarme a gozos fugaces!

¿Que cuesta quemar las naves?…, ¿qué merece la pena tal sacrificio?… ¡desde luego!

El salmista nos da cumplida respuesta. Nos recordará que valió la pena el sacrificio de los deportados de Sión, cuando relata cómo “Al marchar iban llorando, llevando sus semillas./ Al volver vienen cantando, trayendo sus gavillas” (Salmo 125, 6).

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El optimismo, virtud humana, hemos de transformarlo en Esperanza, virtud sobrenatural, pues el optimismo podrá venirse abajo ante fuertes contratiempos, pero la Esperanza cristiana, que supone abandonarse en la Providencia divina, no se perderá por la frustración de ningún acontecimiento humano, y menos por el desaliento: tentación de la que se ha de huir como se huye del demonio.

La Esperanza, dice santo Tomás, “es una expectación cierta de la eterna bienaventuranza”, la unión definitiva en el Cielo con el Amor de los Amores. Y Esperanza es tener también seguridad en la eficacia sobrenatural de los medios humanos para alcanzar, por la divina Misericordia, esos bienes eternos. Y como esperar en Dios es confiar en Él, cuanto más nos abandonemos en Él, más se compadecerá nuestro Padre Dios de nosotros, hijos suyos, siempre necesitados.

“Encomienda al Señor tu camino –anima el salmista-, confía en Él, que Él hará” (Salmo 36, 5).

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San Agustín se dirige al Señor: “¡Toda mi esperanza, Dios, estriba en tu gran misericordia! ¡Danos lo que mandas y mándanos lo que quieras!” (Confesiones, 399).

 

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Aquellos que viven la infancia espiritual no es que sean niños de corta edad, sino niños en la sencillez de su corazón

(cfr. San Juan Crisóstomo. Catena Aurea, vol III, p. 20).

 

 

-No puedo, dice el perezoso.

-Sí puedo, dice el pequeñín…, y corre a hacer aquéllo…, pero no puede, le superan las cosas; unas, porque no las alcanza por su pequeña estatura; otras, porque no las abarca su “saber y gobierno”; y casi todas, porque son para él cosas muy grandes, aunque más grande sea su corazón.

Santa Teresita del Niño Jesús, haciéndose eco de la predicación del Señor: “si no os volvéis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mateo 18, 3), ha despertado en las “almas pequeñitas” la Esperanza de alcanzar una gran santidad en la práctica del abandono en las amorosísimas Manos del Padre celestial.

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Pues si de “almas pequeñitas” hablamos, hay unas muy particulares, que aunque se sienten como abandonadas por todos, son felices al gozar de una gran paz. Son almas éstas que andan tan a la expectativa de lo que Dios quiere en cada momento…, tan abandonadas están en Él…, que parece como que no tuvieran voluntad propia, porque la suya es solamente la de Dios.

Esas almas no ven el fruto de su trabajo, pero se alegran cuando Dios alguna vez les concede verlo. Cuando místicamente lanzan al pozo su cubo saben que se llenará de agua, pero al subirlo no lo ven porque es como arrebatado, no pudiendo saber nunca cuanta agua –frutos sobrenaturales- recogieron. No les importa, porque Dios así lo quiere. Sin consuelos humanos seguirán con alegría llenando el “cubo” ante la mirada amorosa y paternal de Dios, su Espectador divino.

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Con el Salmo, las almas pequeñitas cantarán alegres:

“Aunque camine por valles oscuros,

                               no temeré males, porque Tú estás conmigo;

                               tu vara y tu cayado, me sosiegan.

                               (…)

                               Tu bondad y misericordia me acompañan

                               todos los días de mi vida;

                               y habitaré en la casa del Señor por una eternidad”

(Salmo 22, 4-6).

 

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Tanto cuanto el hábito ayuda al monje, recordándole su entrega a Dios…, tanto el vestir con pudor ayuda al hombre y a la mujer a mantenerse en la Presencia de Dios.

 

“Las mujeres necias siguen las modas, las pretenciosas las exageran, pero las mujeres de buen gusto pactan con ellas”, dice Madame du Chatelet.

¿Y cómo visten las mujeres inteligentes?…

Sabiendo que el vestido es la manifestación de las maneras… y las maneras el espejo de las ideas…, vestido y maneras mostrarán la impronta de sus inteligencias.

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“Léese en la ‘Pasión de santa Perpetua y santa Felicidad’ –considerada justamente como una de las joyas más preciadas de la antigua literatura cristiana- que, cuando en el anfiteatro de Cartago la mártir Vibia Perpetua, lanzada al aire por una ferocísima vaca, cayo sobre la arena, su primer cuidado y su primer ademán fue arreglarse bien su túnica, que se le había abierto al costado, para recubrirla, más solícita del pudor que del dolor”.

“La moda y la modestia –dice el Papa Pío XII- deberían andar y caminar siempre juntas, como dos hermanas, pues ambos vocablos tienen la misma etimología, del latín ‘modas’, que es tanto como recta medida, más acá o más allá de la cual no puede ya encontrarse lo justo” (Alocución 6-X-1940).

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Así conjuntados, pudor y modestia harán el buen servicio de arropar a la pureza, de la que dirá san Ambrosio:

“Este huerto (de la pureza) no lo asaltan los ladrones, porque lo defiende el muro infranqueable del pudor. Y como en la heredad cercada de recia valla rinden copiosos frutos la vid y el olivo, y difunde la rosa sus perfumes, así en este místico jardín abundan los frutos de la religión” (Trat. Sobre las vírgenes, I, 45).

 

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En el decir de san Juan Pablo II “la virtud engendra virtud. La gracia atrae gracia” (Homilía en Zaragoza 6, XI-1982).

 

“Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos –dice san Juan Crisóstomo-, mientras que externamente se desarrollan con aspecto próspero, se hacen blandos y fanganosos, y fácilmente les hiere cualquier cosa; sin embargo, los árboles que viven en las cumbres de los montes más altos, agitados por muchos vientos y constantemente expuestos a todas las inclemencias, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos de frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro”

(Hom. Sobre la gloria en la tribulación).

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Y nosotros no creceremos en la virtud de la Fortaleza si no es resistiendo y atacando; resistiendo según cómo y por dónde sople el viento de la tentación y atacando para conseguir el bien.

Entre otros defectos, la Fortaleza evitará el activismo, que se nutre de una secreta pereza y el voluntarismo, que se empeña en cumplir y no en agradar al Amado: nuestro Dios y Señor.

“…el alma –hemos leído- se fortalece en el bien en la medida en que practica las virtudes; cuanto más trecho recorre, más claro se le hace el camino”.

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“La energía genera energía –decían los escolásticos-. Un acto engendra habilidad. En lo espiritual: refuerzo mis músculos espirituales y me entreno para repetirlo con más facilidad”

 (Aceprensa, nº 51/1991).

Así, “Una gracia lleva consigo otra”, pues como dice Jesús “al que tiene, se le dará” (Marcos 4, 25).

 

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Toda la vida sobrenatural del cristiano es participación de la Vida divina en Cristo: ¡No otra vida sino la Vida suya, presente en nosotros!

 

Más importante que un embajador, a quien se le rinden honores porque representa a las autoridades de su patria…, más importante que él, digo, es un cristiano, porque más que representar a su Señor Jesucristo, él es miembro de su Cuerpo Místico, siendo con Él, el mismo Cristo.

Así, santo Tomás, afirma que en cierto modo somos consubstanciales con Cristo (cfr. In Joann. Ev, 1, 16: lect. 10, 1). Y san Cirilo de Jerusalén, que “estamos firmemente persuadidos de que recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo (…) para que lleguemos a ser concorpóreos y consanguíneos con Él. Así, al pasar su Cuerpo y su Sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo” (Catecheses mystagogicae IV, 22. 1).

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Y si nosotros porque somos el mismo Cristo, sus concorpóreos, sus consanguíneos, ¡consubstanciales a Cristo!, viviremos en Él, tal como lo experimenta san Pablo: “…vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2, 20).

Son la oración y los Sacramentos, canales que nos llevarán a la unión con Cristo: quien recibe los misterios o sacramentos de Cristo recibe al mismo Cristo, porque “lo que era visible en nuestro Salvador –dice san León Magno- ha pasado a sus misterios” (Sermo 74, 2).

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San Agustín, con explosiva alegría, escribe: “Felicitémonos y demos gracias: hemos llegado a ser no solamente cristianos, sino Cristo (…). Admiraos y regocijaos: ¡hemos sido hechos Cristo! (In Joann. Ev., 21, 8).

 

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Jesucristo, aunque oculto, se encuentra presente, ¡y glorioso!, en la Sagrada Eucaristía, tal como está en el Cielo.

 

Del discurso que el Apóstol de las gentes, san Pablo, dirige en el Areópago a los Corintios, que más que hablar de la inmortalidad del alma habla de ‘la resurrección de la carne’, reflexiona José María Cabodevilla: “El Hijo de Dios bajó del cielo y ‘se hizo carne’. Cuando regrese allí, en la mañana radiante de la Ascensión, ya no subirá en las mismas condiciones, ya no volverá igual que cuando vino. En su persona, se aprecia una diferencia notable. ‘Bajó purus del cielo y subirá al cielo carnatus’, escribe san Zenón.

                               Desde aquel día, hay en la gloria, en el mismo seno de la Trinidad, una novedad inaudita, un cuerpo de carne, algo que parecería imposible en ese purísimo espacio divino, algo así como una ‘amapola’ plantada en una inmensa superficie de cristal” (Revista Alfa y Omega, 10-V-1997).

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En el día de la Ascensión nuestros sentimientos, mostrándose encontrados, le dicen al Señor: Nos alegramos Jesús por tu glorificación, pero no podemos reprimir un vacío en nuestro corazón porque ya no verán más nuestros ojos tu Presencia física.

Con Fray Luis de Granada lanzamos esta pregunta: “…¿cómo puede ser provecho nuestro ausentarse este Señor de nosotros, y dejarnos en este mundo solos sin su presencia, faltarnos sus palabras, que eran palabras de vida, sus ejemplos, que eran tan grandes estímulos de virtud, y sus milagros, que eran tan grandes testimonios de fe, como todo lo demás? ¿Cómo puede ser esto provecho nuestro?”

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A tales preguntas contestará, para estímulo nuestro, el mismo ilustre escritor:

“Oye ahora la respuesta, para que veas la parte que te cabe de esta gloria, y entiendas que no menos debes al Señor por este misterio que por todos los otros. Para lo cual primeramente has de presuponer que así como este Señor, cuando descendió del cielo a la tierra, de tal manera descendió a la tierra, que no dejó el cielo, así también cuando subió de la tierra al cielo, de tal manera subió al cielo, que no desamparó la tierra. Porque, aunque subió según la humanidad, no subió según la divinidad, porque ésta en todo lugar está presente. Ni aun de tal manera subió con la humanidad, que del todo nos dejase sin ella, pues cuando subió al cielo nos dejó su sacratísima carne en el Santísimo Sacramento”.

 

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“…espera en el Señor -exclama el salmista-; pues en el Señor está la misericordia, en Él, la redención abundante” (Salmo 129, 7).

 

La Redención fue llevada a cabo por Jesucristo.

Rememoremos los tiempos del Antiguo Testamento: los sacrificios de toros y corderos en honor del Señor como purificación por los pecados, pasaron a la historia una vez cumplido el cometido de ser figura del Sacrificio de Cristo (cfr. Hebreos 10, 1-9).

Así, irrumpiendo en la historia, Jesucristo, para satisfacer por nuestros pecados a la Justicia divina, vino a redimirnos con su Vida, Muerte y Resurrección, ya que “no se redimirá el hombre a sí mismo”, como dice la Escritura Santa (Salmo 48, 8)…

…y Cristo será desde entonces la única Víctima aceptable por el Padre.

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Corredención singular la de la Virgen, a quien Jesucristo quiso asociarla a la Obra de la Redención.

A la Bienaventurada Virgen María, que como manifiesta san Pío X, “fue asociada por Cristo a la obra de la salvación humana, de ‘congruo’, como dicen, nos merece lo que Cristo mereció de ‘condigno’ y es la ministra principal de la concesión de las gracias” (Enc. Ad diem)… y Pío XI afirma que “La Virgen dolorosa participó juntamente con Cristo en la obra de la redención” (Letras Apost. Explorata res. Denzinger nº 1978 a y nota)…

…la llamamos la Reina de los Mártires, pues, participando con el mayor de los sufrimientos, se hizo Corredentora con Cristo. Ella no es salvada en la Iglesia, sino que es causa de Salvación en la Iglesia.

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Corredención del bautizado por su acción apostólica.

Por Gracia de Dios recibida en el Bautismo, nosotros, por Cristo, con Él y en Él, también podemos y debemos corredimir, pues por un misterioso designio divino, Dios ha querido que nos ayudemos unos a otros a ganar méritos para el Cielo, con nuestra vida ordinaria, con nuestro trabajo ofrecido, con nuestros sufrimientos, y también con nuestras alegrías, ¡con nuestra vida entera! lo que conocemos como la “Comunión de los santos”.

Y podemos corredimir siempre que estemos en amistad con Dios y en y desde ese instrumento de redención universal que es la Iglesia (cfr. Conc. Vat. II Lumen gentium, nº 9).

 

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