Opinión

Cuadros de espiritualidad, mes de mayo 2017, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de mayo 2017, por la laica Araceli de Anca

Jesucristo, Sacerdote y Víctima, y Glorioso Rey, «es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13, 8).

                    Nos lo dice la Fe apoyada en la Palabra divina revelada: el Plan de Salvación que fue comunicado al antiguo Pueblo de Israel mediante signos y figuras (el cordero pascual, el tránsito del Mar Rojo…), después en la Iglesia sería plenamente realizado con la Muerte y Resurrección de Cristo.

Así, Cristo «fue como cordero llevado al matadero –reflexiona Melitón de Sartes-, y, sin embargo, no era una oveja. En efecto, ha pasado la figura y ha llegado la realidad: en lugar de un cordero tenemos a Dios, en lugar de una oveja tenemos a un hombre, y en el hombre, Cristo, que lo contiene todo. El sacrificio del cordero, el rito de la Pascua y la letra de la ley tenían por objetivo final a Cristo Jesús, por quien todo acontecía en la ley antigua y, con razón aún mayor, en la nueva economía»

(Homilía Pascual, nn 4-6).

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Pues bien, los cristianos, cuando recibimos en la Sagrada Comunión a Jesús Sacramentado con las disposiciones necesarias, nos convertimos en cristóforos: portadores de Cristo, en quienes Él, en y por nosotros, sale al encuentro de los hombres en todos los caminos.

«Bajo la figura de pan se te da el Cuerpo –predica san Cirilo de Jerusalén-, y bajo la figura de vino, la Sangre; para que, al tomar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, llegues a ser un sólo cuerpo y una sola sangre con Él. Así al pasar su Cuerpo y su Sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y, como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina» (Catequesis mistagónica 4, 3).

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El Himno de Laudes de la Liturgia de las Horas de la fiesta del Corpus Christi, canta a Jesús, Pastor y Alimento de nuestras almas:

«Oveja perdida, ven/ sobre mis hombros, que hoy/ no sólo tu pastor soy,/ sino tu pasto también (…)./ Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,/¿Cuál dará mayor asombro, o el traerte yo en el hombro/ o el traerme tú en el pecho?/ Prendas son de amor estrecho/ que aun los más ciegos ven».

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Hacemos sufrir a Cristo cuando hacemos sufrir a los demás…, por lo mismo le amamos y servimos cuando amamos y servimos a los demás.

 

                        Con esta semblanza, la Sabiduría divina se describe a Sí misma: «Yo, como terebinto, extendí mis ramas,/ y mis ramas son célebres y graciosas./Yo, como vid, retoñé con gracia,/ y mis flores son frutos hermosos y ricos (…)/ me arraigué en un pueblo glorioso,/ y en la porción de mi Dios, que es su heredad,/ y en la plenitud de los santos mi mansión» (Eclesiástico 24, 22-23 y 24, 16).

Ramas de Sabiduría divina son que se extendieron, y siguen extendiéndose por todo el mundo.

De modo semejante, del Árbol de la Cruz de Cristo que extendió sus ramas por el mundo entero –arraigando primero en el Pueblo cristiano- se colgaron los sufrimientos y los gozos de quienes sufren o se alegran con el gozo divino.

«La pasión del Señor –explica san Juan Pablo II- continúa en el sufrimiento de los hombres, continúa particularmente en el martirio de sacerdotes (…) y laicos empeñados en primera fila en el anuncio del Evangelio (los cuales) han pagado con su vida el precio de su fidelidad a Cristo» (26-III-1997).

Y por la misma razón que Jesús puede sufrir en sus miembros, puede ser aliviado por ellos; de modo que cuando hacemos sufrir a nuestro prójimo o le aliviamos, estamos haciendo sufrir o aliviando al Señor, aunque no seamos conscientes, con tal de estar en amistad con Dios.

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Como ramas de aquel terebinto…, también la caridad, que arraigó en el Pueblo cristiano enraizado y edificado sobre Cristo (cfr. Colosenses 2, 7), se extenderá por todo el mundo, cuando los que hacen el bien se comprometan, personal o colectivamente, en labores humanitarias.

Y aquellos que hicieron el bien se lo hicieron a Jesús en los demás: «…¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? –le preguntarán al Señor en el Juicio Final- (…) y el Rey (Jesucristo) en respuesta les dirá: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 37, 40).

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Sabemos que Jesucristo recibe en el prójimo afrentas o amor, porque «Él mismo, Hijo de Dios, por su encarnación se unió en cierto modo con todos los hombres», como dice el Concilio Vaticano II.

Y que la Gracia obra de un modo invisible en los corazones de los hombres de buena voluntad, lo sabemos porque también lo dice el mismo Concilio: «Pues habiendo muerto Cristo por todos y siendo una sola la vocación última del hombre, a saber la vocación divina, debemos creer que el Espíritu Santo da a todos la posibilidad de asociarse, en forma sólo de Dios conocida, a este misterio pascual (…).

                   Por lo tanto, por Cristo y en Cristo queda iluminado el misterio del dolor y de la muerte que fuera de su Evangelio nos abruma. Cristo resucitó, destruyendo la muerte con su muerte y nos dio la vida para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abbá, Padre!» (Gaudium et spes, nº 22).

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Dijo el Señor a Abram lo que después dirá a cada uno de nosotros: «…anda en mi presencia y sé perfecto» (Génesis 17, 1).

 

Prestamos atención, aguzamos el oído y escuchamos a uno que dice:

-¡Qué poco delicado!, le estoy hablando y tuerce la vista para otro lado…

-¡Qué poquito me quiere!, jamás se digna mirarme a la cara; y como no me mira no sabe si mi expresión es de tristeza o de alegría, o si mi aspecto es saludable o enfermizo.

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Si decimos que una persona amada es una persona contemplada, y esto es verdad, ¿no nos esforzaremos nosotros en contemplar a Dios, más y más, en el interior de nuestro corazón y en el Sagrario a Jesús en la Sagrada Eucaristía, a Él, que hemos de «amarle sobre todas las cosas»?

Y si Dios tiene fijos sus ojos «sobre los caminos del hombre –como leemos en el Libro de Job-, y contempla todos sus pasos» (34, 21), ¿será mucho pedir que yo vuelva mis ojos hacia el Señor, que le contemple, que viva en su Presencia y que le diga que le quiero?

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Escribe san Alfonso Mª de Ligorio: «‘Mis delicias  son estar con los hijos de los hombres’ –se lee en el Libro de los Proverbios-. El paraíso de Dios, por decirlo así, es el corazón del hombre. Dios os ama: amadlo. Sus delicias son estar con vosotros: que las vuestras sean estar con él y pasar el tiempo de vuestra vida junto a aquél con quien esperáis pasar la eternidad en su amable compañía» (Cómo conversar continua y familiarmente con Dios).

 

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La Misericordia y la Justicia divinas juegan siempre a favor nuestro.

 

                        Sabemos, porque nos lo dice la Escritura Santa, que Dios, después de perdonarnos los pecados, «pierde la memoria» de ellos, como vemos que dice Isaías: «Yo soy, yo soy quien borra tus delitos por mí mismo, y no me acordaré de tus pecados» (43, 25) «He borrado como una nube tus delitos y como niebla tus pecados» (44, 22)…

…y que por el contrario guardará para siempre en su divina memoria nuestras buenas obras, tal como ahora el Libro del Eclesiástico nos lo da a conocer: «Acepto es el sacrificio del justo, y no se olvidará de él el Señor» (35, 9).

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Pues por habernos creado Dios a su «imagen y semejanza» quiere que también nosotros guardemos memoria de todo lo que de Él recibimos: «Bendice, alma mía, al Señor y no te olvides de todos sus beneficios», invita a decir el salmista (Salmo 102, 2)…

…y que por el contrario, imitando al Señor, perdamos la memoria de las ofensas que nos hacen nuestros iguales. «No te digo que (perdones) hasta siete veces -dice Jesús a Pedro, y en él a todos-, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18, 22).

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En agradecimiento a nuestro Dios y Señor, por todo ello le ofreceremos nuestra vida y los quehaceres de cada día, que aunque pobres quehaceres sean, ¡es! cuanto tenemos…, porque después la Misericordia divina que juega siempre a favor nuestro, los premiará: «Da al Altísimo según lo que Él te ha dado y, con alegría –nos alienta la Escritura Santa-, ofrécele de lo que hallaren tus manos, porque el Señor es remunerador y te volverá siete veces más» (Eclesiástico 35, 12-13).

 

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La Justicia divina no nos castiga como merecen nuestras Faltas. A pesar de nuestras culpas salimos de Dios beneficiados

 (cfr. Salmo 102, 10).

 

Parafraseando a san Juan evangelista, que nos lo reveló (Juan 16, 20), podríamos decir que «de Dios venimos y a Dios volvemos«, como también alguien dijo.

Y el salmista llegará más lejos, pues él entrevé al Dios que nos hizo:

«Porque en Ti está la fuente de la vida,/ en tu Luz vemos la luz» (Salmo 35, 10).

«Nuestra alma espera en el Señor,/ porque Él es nuestro amparo y protector» (Salmo 32, 20).

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Pero mientras vivimos…

…es Voluntad divina que cada uno se afane en el papel que le ha tocado desempeñar en este trascendente «teatro del mundo».

Y representar lo más correctamente posible ese papel en la Presencia de Dios, será lo más sensato que podamos hacer, porque Él es nuestro principal Espectador, algo que el Libro del Eclesiástico lo da a conocer: nuestros caminos «están siempre ante Él, no están escondidos a sus ojos» (17, 13).

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Que aunque cometamos errores –cometiéndolos también los santos y los menos santos- al desempeñar el papel que nos corresponde representar en esta vida, Tú, Señor -nos lo dice tu Sabiduría divina-, «te apiadas de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para darles lugar a que hagan penitencia. Porque amas cuanto existe, y nada de lo que hiciste abominas; que si algo aborrecieras, ni siquiera lo crearas» (Sabiduría 11, 23-24).

 

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Al sediento del Amor divino, Cristo, el Señor, ahora y después en la Gloria, le dará a beber Agua de las Fuentes de la Vida

 (cfr. Apocalipsis 21,6).

 

Que para vivir en este mundo y para aspirar al otro, Eterno, necesitamos prepararnos…, es lo lógico, como lógico es que la mujer, y quizá también el hombre, prepare casa y ajuar para su boda; y que el hombre, y quizá también la mujer, se prepare para mantener a su familia. Y es asimismo lógico que la mujer adorne con esmero su persona, que el hombre cuide su aspecto y que ambos cultiven virtudes en bien de la entrega mutua y el buen entendimiento.

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Y quienes sean cristianos será lógico que, además, preparen su corazón para entregárselo a Dios con ilusión en el contexto de su vida cristiana, con la Esperanza de celebrar en el Futuro eterno las Bodas reales con Jesucristo, el Esposo divino.

Pues con especial ilusión prepararán su corazón quienes por vocación divina se ofrezcan a Dios «por Amor del Reino de los Cielos»: vocaciones vírgenes –que no son solteros o solteras sin amor y sin esperanza de ser amados- que se entregan por entero al Amor divino; almas que desde la Eternidad el Señor las destinó para que Cristo Jesús, ya desde esta tierra, fuera el Único dueño de sus corazones.

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Los enamorados de Dios oirán que les dice la Sabiduría divina: «Escuchadme, hijos santos y brotad como rosales plantados junto a las corrientes de las aguas.

                   Esparcid suaves olores, como el Líbano.

                   Floreced como azucenas; despedid fragancia y echad graciosas ramas; entonad cánticos de alabanza y bendecid al Señor en sus obras.

                   Engrandeced su nombre; alabadle con la voz de vuestros labios, y con cánticos de vuestra lengua, y al son de las cítaras; y diréis así en loor suyo: todas las obras del Señor son en extremo buenas» (Eclesiástico 39, 17-21).

 

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El Señor al venir a Salvarnos vino a Salvar lo que es de su propiedad: esa imagen suya que somos nosotros, partícipes de su Naturaleza Divina (cfr. II Pedro 1, 4).

 

Lo exige el corazón humano: un buen hijo salvará de la basura, pinturas, cuadros o esculturas que representen a sus padres. Y un buen hijo de Dios con mayor razón salvará los objetos que otros despreciaron: representaciones de Cristo y de su Santísima Madre, la Virgen, su Familia sobrenatural. Y defenderá hasta con la vida el Bendito Nombre de Dios y de su Iglesia.

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Pues si esto es así, Dios, que ama al hombre infinitamente más que el hombre a Él, con cuánto mayor celo salvará a esa criatura suya que creó a su imagen y semejanza, «icono del Icono –le llama san Juan Pablo II- (…), creada a imagen de la Imagen, que es el Hijo, llevada a la comunión perfecta por el santificador, el Espíritu de amor» (Carta Orientale Lumen, nº 15).

Así, Dios       redimirá al hombre, imagen de Jesucristo, que se encontraba por el pecado original sin otro futuro que la condenación eterna; y al redimirle le reconquistará la filiación divina.

Y redimirá Dios a todos los hombres, mas salvarse sólo se salvarán quienes acepten el Plan de Salvación.

Y salvará del infierno a esos hombres y mujeres «imagen suya» al serles restaurada «aquella semejanza divina» perdida por el pecado; de modo que, llevándoles al Cielo, llevará lo que es suyo: su «imagen» que esa es la «nueva criatura», partícipe de su Naturaleza divina (cfr. II Pedro 1, 4).

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Ahora ya entendemos por qué el salmista manifiesta su admiración ante el hecho de que Dios haya cuidado especialmente al ser humano, preguntándose: «…¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?, ¿qué es el hijo de Adán, para que te cuides de él?» (Salmo 8, 5).

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Desde lo profundo clama mi alma al Señor: ¡Dios mío, oye mi voz; en Ti espero porque sé que en Ti hay abundante Redención!

 (cfr. Salmo 129, 1-2 y 7).

 

De la mano del Profeta y Rey David trazaremos este Cuadro de espiritualidad.

Comencemos por el deseo que el hombre tiene de Dios.

                        «Cual desea la cierva las corrientes del agua,

                   ‘oh Dios!, así también te desea mi alma.

Sed tiene del Dios vivo

¡Cuándo iré a ver su rostro!» (Salmo 41, 2-3).

«Mi alma ha esperado en el Señor.

                   Más que los centinelas la aurora,

                   Espere Israel en el Señor» (Salmo 129, 5-6).

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Y viviendo con Fe en esa espera, medito en mi intimidad:

«Confío en el Señor. Mi alma ha confiado en su palabra.

                   (…)

                   Porque en el Señor hay misericordia,

                   y en Él se halla abundante redención» (Salmo 129, 5 y 7).

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Abundante Redención de la Misericordia divina, de la que con el corazón arrepentido esperamos su perdón.

Con el salmista nos dirigimos a Dios:

«Si de los pecados te acordases, Señor, ¿quién subsistirá? Pero en Ti está el perdón, y así mantenemos tu temor»

(Salmo 129, 3-4).

Y esperamos en ese Perdón de la Misericordia divina, tranquilizando «nuestro corazón, aun cuando el corazón nos reproche algo -insiste san Juan-, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo» (I Juan 3, 19-20).

 

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«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus fieles», revela el salmista (Salmo 115, 15).

 

Aprovechar, entonces, la vida para la mayor Gloria a Dios, a la vista de nuestra inexorable muerte, será lo más inteligente; y más, pensando en la brevedad de esta vida nuestra, como lo recuerda en sus Coplas Jorge Manrique:

«Recuerda el alma dormida,/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando» (Coplas a la muerte de su padre).

Cómo…

«Este mundo es el camino/ para el otro, que es morada/ sin pesar;/ mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada/ sin errar» (Ibidem).

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Y porque es breve la vida, breve es el tiempo con el que contamos para que el Espíritu Santo cincele –como así lo requiere el Plan divino de Salvación- la Imagen de Cristo en nosotros.

Breve tiempo que lo podemos convertir en eterno, porque poniendo un motivo de orden sobrenatural hasta en las tareas más sencillas, éstas pasarán a tener valor de eternidad. Cumpliéndose esta conversión cuando nuestra vida, por la Gracia santificante, la llenamos de actos de Amor de Dios, de reparación, de petición, de acciones de gracias al Dios Uno y Trino.

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Si somos fieles, «todos nosotros –dirá san Pablo-, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la Gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor»

(II Corintios 3, 18).

 

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Ver las cosas como Dios las ve.

 

Qué difícil nos resulta, cambiar el «chip» sobre la opinión de que nuestros razonamientos son siempre mejores que los de los demás o que nuestros juicios son los sensatos…

Como difícil le resultaría a san Pablo vivir aquello que en sus correrías apostólicas dejó escrito: «…si hacemos el loco, es por Dios; si somos sensatos es por vosotros» (II Corintios 5, 13).

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Situémonos cara a Dios: si la Gracia santificante inunda de Vida divina nuestro corazón…, la luminosidad de la Presencia de Dios nos impulsará a cambiar el «chip» de nuestras opiniones y puntos de vista por los de Dios. ¡Un cambio inteligente!, porque viendo entonces las cosas como Dios las ve, estaremos en condiciones de decir con el Apóstol: «…ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2, 20).

                   Y así, teniendo a Dios con nosotros, se transformarán nuestras obras humanas en frutos de calidad sobrenatural; Isaías lo dirá poéticamente: «…en lugar de zarza brotarán cipreses, y en vez de ortigas, mirtos, y ello servirá de renombre, de señal eterna que nunca desaparecerá» (Isaías 55, 13).

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Que nadie se deje llevar por puntos de vista humanos, ni viva, ni piense, ni obre para sí mismo, pues «…si vivimos, vivimos para el Señor –leemos en la Carta a los Romanos-; y si morimos, morimos para el Señor; porque ya vivamos, ya muramos, del Señor somos» (14, 8).

 

 

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