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Cuadros de espiritualidad, mes de marzo 2018, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de marzo 2018, por la laica Araceli de Anca

Si quieres dar fruto sobrenatural –misión para la que nos escogió el Señor (cfr. Juan 15, 16)- sé humilde, vive fielmente la Doctrina de Cristo y únete a Él con y por Amor.

                                “Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; y si quieres ser muy santo, sé muy humilde”, decía san Josemaría Escrivá citando a san José de Calasanz.

 

Si quieres dar frutos sobrenaturales de santidad y apostolado, sé fiel a Cristo; si quieres dar más frutos, sé más fiel a tus compromisos cristianos, y si quieres dar muchos frutos, sé muy fiel a Cristo y a su Doctrina.

“Del compromiso de los laicos coherentes y bien formados es lícito esperar una renovada primavera para la Iglesia en el tercer milenio” (10-XII-1995), asegura san Juan Pablo II, y explica que si somos dóciles a la acción del Espíritu Santo vendrá esta “nueva primavera de vida cristiana” (Litt. ap. Tertio Millennio adveniente, nº 18).

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Y si queremos que esta nueva primavera venga cargada de frutos sobrenaturales, vivamos unidos a ese Espíritu de Cristo; si queremos dar muchos frutos sobrenaturales, vivamos muy unidos a Cristo y si queremos dar muchos más frutos, vivamos mucho más unidos a su Espíritu.

Y seremos optimistas ante los frutos que deseamos, porque si no dejamos a Cristo Él nunca nos dejará, pues “Cristo es el amigo que nunca defrauda”, como dice san Juan Pablo II (Discurso 18-V-1988).

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“Por medio del don de ciencia nos enseña el Espíritu Santo a no hacer nuestra voluntad sino la de Dios”, dice santo Tomás de Aquino

(Sobre el Padrenuestro 1.C, 141).

 

                                Acertó, ¡sí!, aquél que al comprobar que hay muchos que desperdician los dignos valores de la vida que habrían podido ser merecedores de bienes sobrenaturales, dijo: “La vida va pasando a nuestro lado, mientras estamos haciendo otra cosa”.

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Pues para que no pase la vida inútilmente por nosotros, un autor espiritual dará la solución en clave de docilidad:

“Parecería –dice- que la mejor manera de ser dócil al Espíritu es estar siempre dispuesto a ‘hacer lo que sepamos que es la voluntad de Dios’ (…). Pero hay otra forma de docilidad mayor, que es ‘dejar hacer’ a Dios. Y es que en ella es menor el protagonismo humano” (Salvador Muñoz Iglesias. El Espíritu Santo, Cap. VIII, 2).

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Ya san Agustín rogó a Dios: “Dame, Señor, lo que mandas, y manda lo que quieras” (Confesiones 10, 29).

 

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Distinguir entre la Cruz, el aparente sentirnos abandonados por Dios y el abandonarnos nosotros en Dios.

 

Primer Viernes Santo de la historia. En Jerusalén, por la calle de la Amargura vemos caminar a Jesús… Antes le vimos maltratado. No se quejó de los golpes de la flagelación ni de la corona de espinas. Crucificado ya en el Calvario tampoco se queja de la Cruz ni de los clavos. Pero sí se ha quejado, y solo por un momento, a su Padre celestial, pero jamás de su Padre amadísimo… “Dios mío, Dios mío –gritó-, ¿por qué me has desamparado?”

(Marcos 15, 35).

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Se dice que a Dios podemos pedirle todo menos pedirle cuentas, tal como en el Libro de Jeremías nos hace considerar el Señor: “¿Quién me pedirá cuentas?” (Jeremías 50, 44).

Nosotros también podemos quejarnos a Dios como Jesús, pero, como Él, jamás de Dios, porque esas quejas, ¿no serán un pedir cuentas a Dios cuando decimos: “Por qué, Dios mío, me mandas esto, por qué se me pone todo tan mal”?

                               Estas quejas, si las llevamos por Amor, vendrán a ser materia de oración y si se las ofrecemos, entonces Jesús unirá a la suya nuestras cruces. De modo que si las aceptamos con amor, Dios no tendrá que cargar además con nuestras penas.

Más aún, si fuésemos conscientes del inmenso valor redentor y purificador que adquieren nuestros sufrimientos (cruces grandes o pequeñas) cuando los unimos a la Cruz de Cristo, vibraríamos de Gozo –Don del Espíritu- y hasta le pediríamos más cruz. Y así es cómo entra en el Plan de su Providencia ¡todo!, tanto la alegría de su gozo como su Cruz bendita. Cruz por la que a veces sentiremos un peculiar “abandono” de especial oscuridad. “Abandono”, “noche oscura del alma” que viene directamente de Dios y no a través de las criaturas ni de las Causas segundas.

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De cualquier modo, con cruz o sin cruz, sufriendo o no “noches oscuras” del alma, recibiremos todo como caricias de Dios; y como el hijo que confía en su padre, nos abandonaremos en las Manos de nuestro Padre celestial como se abandonó Jesús en la Cruz. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46).

San Pablo, consciente de tanto regalo que Dios da a los cristianos, escribirá: “…a vosotros os ha sido concedida la gracia por Cristo, no sólo para que creáis en Él, sino también para que padezcáis por Él” (Filipenses 1, 29).

 

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El Espíritu Santo, “Señor y dador de vida” (Credo Niceno), es Quien cumple en nosotros la obra de la Santificación.

 

El Espíritu Santo en la Creación.

Si en el inicio de la Creación vemos al Espíritu de Dios, que “se cernía sobre la superficie de las aguas”, velando por el mundo y viendo que era bueno cuanto había sido creado (cfr. Génesis 1, 2 y 25)…

…sin embargo, ¿todas estas criaturas merecerían más tarde el cielo? No todas. Las que carecieran de libertad y responsabilidad como el árbol y el ciervo, no lo merecerían por la imposibilidad de hacer actos meritorios. Y el hombre, con los solos valores humanos, tampoco podrá ganarse el Cielo, a menos que lleven el sello del Amor de Dios.

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El Espíritu Santo en el alma en Gracia.

Pues bien, el Espíritu divino, más que cernirse ahora sobre las aguas, actúa dentro del corazón del ser humano. No debería entonces el hombre cansarse de darle gracias, porque la misión que Cristo vino a cumplir a la tierra va a ser, como escribe san Juan Pablo II, “‘realizada constantemente’ en los corazones y en las conciencias humanas -en la historia del mundo- por el Espíritu Santo” (Dominum et vivificantem, nº 24).

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El Espíritu Santo en la Iglesia.

                               Y del Espíritu de Dios, que desde el comienzo fue el alma de la Iglesia naciente (cfr. Prefacio de Pentecostés), dirá el Santo Padre que Él “es Quien, a través de los signos visibles, audibles y tangibles de los sacramentos, nos permite ver, escuchar y tocar la humanidad glorificada del Resucitado.

                               El Espíritu Santo da al cristiano la docilidad, la libertad y la fidelidad. El Espíritu Santo infunde audacia; impulsa a contemplar la gloria de Dios en la existencia y en el trabajo de cada día. Estimula a hacer la experiencia del misterio de Cristo en la liturgia, a hacer que la Palabra resuene en toda la vida”

(San Juan Pablo II Jornada Mundial de la Juventud 1998).

 

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En el perdón de las ofensas, como en toda actuación humana, aconseja san Pablo: “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos”

 (Efesios 5, 1).

 

Que no, que no está bien, ni nunca lo estuvo, que si un agricultor agranda sus lindes a costa de la tierra ajena, la familia del agraviado, en venganza, siembre de sal la finca del invasor o mate a su primogénito, como fue costumbre en alguna época histórica.

Y así fue cómo la ley penal del Talión -costumbre practicada en pueblos antiguos y claramente formulada en el Antiguo Testamento en el ojo por ojo y diente por diente (cfr. Éxodo 21, 23-25)- fue un avance en la justicia social, porque puso freno a aquellas venganzas desmedidas.

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Cuando irrumpe Jesucristo en el mundo irá más allá de la venganza justa, porque nos dice que si tu hermano –y hermanos somos todos- “peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: me arrepiento, le perdonarás” (Lucas 17, 4).

Así, Cristo sólo exigirá para perdonar nuestros pecados un arrepentimiento sincero, pues si no fuera así jamás ningún hombre podría obtener el perdón de Dios con el Amor suficiente para reparar el gran agravio cometido contra Quien es el Ser infinito.

De este modo vemos que el buen ladrón se dirigió al Señor con corazón arrepentido clavado como él en la cruz, y que el Señor le abrió con su perdón las Puertas del Cielo, diciéndole: “…hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23, 43).

Y nosotros, viendo el comportamiento de Cristo nuestro Modelo, ¿no perdonaremos cuando notemos muestras de arrepentimiento sin el requisito explícito de que se nos pida perdón, al que sin duda tenemos derecho?

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Perdona tú, y perdone yo, cuando no recibamos la satisfacción suficiente por el agravio recibido buscando curación de nuestro ser ofendido en las Llagas de Jesús. “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”, escribe san Mateo retomándolo del profeta Isaías (Mateo 8, 17).

 

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¡Cuánto nos ama el Señor! Para nuestra completa felicidad, más que llevarnos junto a Él, quiere que seamos consumados en la Unidad divina (cfr. Juan 17, 23).

 

Si los antiguos filósofos y poetas paganos conocían por inteligencia natural -chispa de la inteligencia divina- lo cercano que se halla Dios del hombre, expresando que “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Actas 17, 28)…

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…sin embargo, profundizar en esa cercanía y saber que Dios está en todas las cosas por “esencia, presencia y potencia”, sólo podemos saberlo a la Luz de la Sabiduría divina.

Inefable cercanía concedida gratuitamente por Dios al hombre y que san Agustín la refleja así en sus Confesiones: “Tú, Dios mío, estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más excelente mío” (Lib. 3, cap. 6).

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Jesucristo, que es la misma Verdad (Juan 14, 6), en pocas palabras expresa que esa cercanía ¡más que cercanía! es consumación en la unidad, al decir: “En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (Juan 14, 20).

 

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