Opinión Rincón Litúrgico

Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2016, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de junio de 2016, por la laica Araceli de Anca

«¡Cuán preciosos son los dones de la Cruz y la Eucaristía¡ Son los dones de los verdaderos amigos de Dios», dijo Nuestro Señor a una religiosa (Dom Vital Lehodey. El Santo Abandono, 3ª Parte, cap. VII).

Empezaré por preguntarte a ti, que quizá te tengas por asceta consumado: ¿Te entristeces cuando la enfermedad te impide ofrecer a Dios los sacrificios que acostumbras?, escucha a Dom Vital Lehodey y te ayudará a comprender otras facetas del ascetismo cristiano:

«¿La enfermedad me impide ayunar, guardar la abstinencia? -se pregunta y se contesta el citado escritor-. Puedo cantar las alabanzas divinas en mi corazón, imponer una severa abstinencia a mi juicio y a mi voluntad, hacer ayunar a mis ojos, a mi lengua, a mi corazón, a todos mis sentidos por una mortificación más exacta…

…No os quejéis; que nuestro Señor os quiere hacer participar de su mismo alimento, que quizá no conocéis… ‘Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre a fin de consumar la obra que me ha confiado'» (3ª Parte, cap. VII).

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Atiende, ahora, la reprimenda que hace este mismo autor a los que no saben aprovechar las circunstancias de su vida para santificarse, a los que no saben «hacer de la necesidad, virtud»:

«¡Cuán miserablemente se engañan los esclavos de su propia voluntad, que no tienen suficiente confianza en Dios, su Padre, su Salvador, el Amigo verdadero, para permitirle santificarlos y hacerlos felices! Nosotros, al menos, amemos a nuestro dulce Maestro, tan sabio y tan bueno; hagamos con ánimo esforzado todo lo que Él quiere; aceptemos con confianza todo cuanto Él dispone: éste es el camino de elevadas virtudes, el secreto de la dicha para el tiempo y para la eternidad» (o. c. Conclusión).

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En las confidencias que Nuestro Señor hacia a aquella religiosa, citada en el título de este Cuadro de espiritualidad, se dan los remedios para vivir sabiamente el ascetismo cristiano:

«La Cruz hace amar y desear la Eucaristía, y la Eucaristía hace aceptar la Cruz al principio, amarla después y, por fin, desearla. La Cruz purifica el alma, la dispone, la prepara para el divino banquete; y la Eucaristía la alimenta, fortifica, la ayuda a llevar su Cruz, la sostiene en el camino del Calvario» (o.c. 3ª Parte, cap. VII).

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Si a mayor Gloria de Dios, mayor es nuestro fruto sobrenatural, ¡cuánta Gloria no habrá dado a Dios la Santísima Virgen!

Es lógico. Si de un manzano, de un peral, de un cerezo, ávidos de agua, por fin, generosamente, la reciben del cielo, seguro es que de sus árboles se recogerán abundantes frutos.

Y si de un grupo de voluntarios, abierto a generosas obras de fraternidad, la sociedad espera muchos beneficios…

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…con mayor razón se esperará de un cristiano, abierto al Don divino de la Gracia, abundante fruto sobrenatural.

Y con mucha mayor razón todavía esperamos incontables gracias y frutos sobrenaturales de la Santísima Virgen, porque a través de Ella Dios hará grandes cosas (Lucas 1, 49).

Reto para el cristiano es imitar a la Virgen que tanta Gloria dio a Dios. Así también nosotros cuanto mayor fruto procuremos en las almas, tanta mayor Gloria estaremos dando a Dios, pues dice Jesús: «En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Juan 15, 8).

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San Bernardo que glosa la cita evangélica: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lucas 1, 30)… se pregunta él mismo: ¿Cuánta gracia? Una gracia llena, una gracia singular (…). Es tan singular como general, pues tú sola recibes más gracia que todas las demás criaturas. Es singular, por cuanto tú sola hallaste esa plenitud; es general, porque ‘de esa plenitud reciben todos'»

(Hom. en la Anunciación, 3).

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Hacer con Dios; co-gestionar con Dios; co-operar con Dios.

No, Dios no necesita nada de nosotros; pero aun cuando no nos necesite nos hace el honor de querer necesitar de algunas cosas nuestras, pues es Voluntad suya co-gestionar con nosotros sus obras divinas: quiere que participemos en la Obra de la Creación, de la Redención y de la Santificación.

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Dios quiere que participemos en la Creación.

El labrador, dueño de un campo de buena tierra, sabe que Dios creó esa tierra, que él la recibe para sacar fruto, y que a su tiempo del cielo recibirá la lluvia, el frío o el calor.

¿Misión del labrador?, co-gestionar con Dios: con su trabajo y un puñado de semillas para que al final se produzca el milagro. En la recolección recogerá espuertas y espuertas.

Dios quiere que participemos en la Redención.

Jesús está predicando; se hace tarde y los discípulos (y yo en este momento me veo entre ellos) le instan a que despida a la muchedumbre para que se compren algo de comer. No, que ellos mismos les den de comer, les dice. Pero los discípulos sólo tienen cinco panes y dos peces (que éste es nuestro pequeño aporte en el hacer de Jesús)… y se produce el milagro: comieron cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (cfr. Mateo 14, 15-21).

Dios quiere que participemos en la Santificación.

Un poco de agua derramada sobre la cabeza del pequeñín… y se produce el milagro en el bautizado: la infusión del Espíritu Santo en su alma, el pecado original borrado y la recuperación de la Filiación divina.

Una mezcla de aceite y bálsamo consagrados en la frente del confirmado… y el milagro: abundancia del Don de Fortaleza del Espíritu Santo y mayor fuerza para ser testigo de Cristo y propagar y defender su Fe.

Unas palabras de perdón del Cristo-sacerdote… y el milagro: se borran las faltas del pecador, por graves que sean, y mayor abundancia de Gracia.

Un poco de pan y vino en la Santa Misa… y el milagro: en la Consagración se transubstancia ese pan y ese vino en el Cuerpo y Sangre del Señor.

Y también, en el día a día, con nuestra lucha ascética -espíritu de servicio, oración, acabar dignamente las tareas de nuestros trabajos- se produce otro milagro: el de co-gestionar con Dios nuestra propia santificación.

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Completa este Cuadro de espiritualidad el diálogo del Señor con Jeremías, a quien en su pequeñez le hizo Profeta de naciones.

«‘…antes que salieras del seno (materno) -le dice el Señor a Jeremías- te consagré, como profeta entre las naciones te he constituido’.

Yo (Jeremías) contesté: ‘¡Ah, Señor Dios, he aquí que no sé hablar, porque soy un adolescente’.

El Señor me respondió: ‘No digas soy un adolescente, sino anda a doquiera que Yo te enviare, y habla todo cuanto Yo te dijere’.

(…) Después extendió el Señor su mano y tocando mi boca me dijo:

‘He aquí que pongo mis palabras en tu boca.

Mira, Yo te pongo hoy sobre naciones y sobre reinos,

para desarraigar y derribar,

para destruir y arruinar,

para edificar y para plantar'» (Jeremías 1, 5-10).

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Las funestas consecuencias del trastocar los fines por los medios.

Tío Gorio, el particular personaje que recrea Gabriel y Galán en Alma Charra, no entiende de fines y medios; él tiene hacienda e hijos; por lo demás, que nadie le obligue a pensar demasiado.

El tío Gorio «No cree que Dios le da la hacienda para los hijos, sino que le da los hijos para la hacienda. No pongamos al tío Gorio en duras alternativas que se vienen a las mientes. No le hagamos contestar ningún dilema».

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Pues bien, de este trastocar los fines por los medios, la vida nos ofrece numerosos ejemplos. Así hemos leído:

«Ahí tenemos al amor y al sexo. Sin duda el sexo es un importante soporte del amor conyugal, pero está tratando de alzarse como el contenido exclusivo del vocablo.

No cabe duda sobre la importancia del ritmo en la música, mas, la melodía debe ser esencial. Sin embargo, vemos cómo el ritmo va desplazando a la melodía en gran cantidad de obras modernas, en algunas de las cuales hasta ha desaparecido.

Igual sucede con la democracia y los partidos que, llamados a ser su soporte, acaban sacrificándola en ocasiones, al primar la prevalencia de los intereses del partido.

Esta desviación se produce también en la familia. Los medios materiales son, sin duda, un importante soporte de la convivencia familiar y es legítimo e indispensable esforzarse por allegar los bienes necesarios. Ahora bien, lo que constituye un error, que está pagando muy caro la sociedad, es renunciar a la convivencia amorosa en el seno de la familia para tener más o para atender necesidades artificiales, que nos va creando la publicidad consumista, cuando la verdadera VIDA es eso que pasa por nuestro lado sin que nos demos cuenta, porque estamos ofuscados por obtener unos medios que, realmente, no son necesarios en absoluto».

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Pasando ahora al Trascendente Fin de los fines: dar gloria a Dios, diremos que cuando convertimos los medios en fines -medios que deben ser trampolín para alcanzarlos- ponemos en alerta la «guarda del corazón», a fin de obligarle a pasar todos sus afectos por el Corazón de Cristo, para que no se apropie del amor que debe a Dios sobre todas las cosas.

Casiano dirá: «Nada más familiar y más íntimo como mi pobre corazón. Y también ningún enemigo más grande para mí como él»

(Colaciones 18, 16).

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La Iglesia es, según expresión de los Padres de la Iglesia, el lugar «donde florece el Espíritu» (San Hipólito, t.a.35).

Comenzamos este Cuadro de espiritualidad recordando aquello de que «el agradecimiento es la memoria del corazón».

Y afirmo yo, ahora, que una de las cosas más dignas de ser recordadas es agradecer el Amor divino que se desenvuelve y nos envuelve en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

Daremos gracias al Señor, Dios nuestro, porque en esta Iglesia de Cristo:

– el Padre Eterno nos acogerá en sus inmensas Manos,

– Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre, nos introducirá dentro de su Corazón Sagrado,

– el Espíritu Santo nos arropará con sus divinas Alas.

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Pues bien, quien se decide por Dios, amándole y guardando sus Mandatos, demostrará inteligencia, pues Jesús prometió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Juan 14, 23).

¡Cuánto nos das, Señor! a costa de llevar la dulce carga de hacer tu Voluntad, la que con toda seguridad podremos llevar si nos ayudamos de los Sacramentos -Medios de Salvación- que se encuentran en la Iglesia: Ella misma, Sacramento de Salvación.

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«Como Sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo -se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica-. Ella es asumida por Cristo ‘como instrumento de redención universal’ ‘sacramento universal de salvación’, por medio del cual Cristo ‘manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre’. Ella ‘es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad’ que quiere ‘que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo» (nº 776).

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No consiste la vida cristiana «en pensar mucho, sino en amar mucho», dice santa Teresa (Castillo interior, cap. IV, 1,7).

Lo pienso, y no creo equivocarme: qué gran catequista hubiera sido aquel gitanillo olvidado en las páginas de un libro de espiritualidad, que cuando le preguntaron por qué había que recibir a Dios en la Comunión -Jesús presente en la Hostia Sagrada-, él contestó que “porque para amarle hay que rozarle”.

Y hay que «rozar» y tratar a Jesús y a nuestros semejantes con el corazón en vivo, porque si la espiritualidad no se humaniza se convierte en un espiritualismo frío y, por tanto, la evangelización poco fecunda: no seríamos creíbles si no nos interesáramos por las grandes o pequeñas cosas de los catecúmenos, si no nos importara, por ejemplo, la salud de quien sufre alergia en primavera, o no preguntáramos, a otro, por su perro que fue atropellado.

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Dios, que nos dio un corazón para expresar nuestros sentimientos, quiere que le amemos a la manera con que amamos a nuestros semejantes: como a nosotros mismos: de corazón, con toda el alma, con cariño, tal como manifiesta Jesús a la pregunta de un doctor de la ley mosaica: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo 22, 37).

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«Nuestro grado de unión con Dios -hemos leído- se manifestará en la comprensión con los demás, en el modo de tratarles y de servirles. En los lugares donde discurre la mayor parte de nuestra vida deben conocer que somos discípulos de Cristo por la forma amable, comprensiva y acogedora con que nos dirigimos a todos (…).

La caridad como todas las virtudes, es para vivirla. ‘Obras son amores y no buenas razones’. ¡Obras, obras!, solía decir el beato Josemaría. Es el Señor quien se muestra amablemente exigente y pide obras, hechos, porque ‘no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos’(Mateo 7, 21)» (F.Fernández Carvajal. P.Beteta. Hijos de Dios, cap. VIII).

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«Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos

a perdonar», dice san Juan Crisóstomo (In Matth. homiliae, 61).

Está claro que vamos a hablar de perdón:

En primer lugar: del perdón que nos concedemos entre nosotros.

¿Que a veces nos cuesta perdonar?, lo experimenta con frecuencia nuestro corazón herido; ahora bien, si somos cristianos, tenemos que perdonar aunque nos cueste, y si nos cuesta, mayor mérito ante Dios.

«Hay dos modos de perdonar -dice santo Tomás de Aquino-. Uno es el de los perfectos, y consiste en que el ofendido vaya al encuentro del ofensor: ‘Busca tú la paz’ (Salmo 33, 15). El otro es el de la generalidad de los mortales, al que están obligados todos, y consiste en conceder el perdón a quien lo pide: ‘Perdona a tu prójimo que te hizo daño, y entonces, cuando tú lo pidas, serán perdonados tus pecados’ (Eccli 28, 2)» (Escritos de catequesis. El Padrenuestro).

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En segundo lugar, aun siendo el más trascendente, hablaremos del perdón que Dios nos concede.

Cada vez que Dios te perdona, Él, «en verdad -escribe san Ambrosio-, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello (…), te dará un beso, que es la señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él, sin embargo, te besa; tú temes, en fin el reproche, pero Él te agasaja con un banquete»

(Expositio Evangelii secundum Lucam VII, 212).

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Por último, hablaremos del perdón que Dios nos concede a través de la Iglesia por el Sacramento de la Penitencia.

Tener la seguridad de que nuestros pecados serán perdonados por Cristo en el Sacramento del Perdón nos llena de Esperanza, porque ahí recuperamos la Gracia divina; y es perdón que se nos concede tanto por las ofensas cometidas directamente contra Dios como contra el prójimo, pues todas son pecados que ofenden a Dios, como lo revela el Salmo 50: «…sólo contra ti (Señor), pequé, haciendo lo que es malo»

(Salmo 50, 6).

Y son pecados que nos perdonará Cristo, mediante el sacerdote, en el Sacramento de la Confesión, porque «La Iglesia nada puede perdonar sin Cristo -dirá el beato Isaac-, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia» (Sermón 11).

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«Cree para entender; entiende para creer», es un aforismo que dejó acuñado san Agustín.

Maneras de llegar a entender:

Una es escuchar… y de escuchar hemos leído que alguno «hablaba poco y escuchaba mucho, aprendiendo en cada minuto todas esas maravillosas cosas vírgenes que jamás llegan a saber los que -por el contrario- hablan mucho y escuchan poco» (Felipe Ximénez de Sandoval. El hombre y el loro)

…otra manera de entender es saber leer; de lo que a su vez hemos leído: «Los griegos llamaban ‘sofomoros’ a los ignorantes cultivados, es decir, a aquellos que seguían inmersos en un perenne estado de estupidez intelectual, a pesar de los muchos libros que habían leído. Y es que la lectura indiscriminada y acumulativa no equivale a hacer a una persona culta. Convirtieron ‘el acto de leer en un auténtico desperdicio'» (ACEPRENSA 79/96).

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Pues bien, pasando ahora al terreno sobrenatural al plano de la Fe, diremos que para creer y «entender» las cosas de Dios se necesita una buena dosis de humildad, y humildad para creer, aun sin entender, que, como dice Lope de Vega, «no fuera Dios quien es si fuera Dios entendido» (Rimas sacras).

«…el humilde -dice Georges Chevrot- en lugar de definir a Dios, se deja apresar por él, y lo escucha en el interior de su conciencia, que es donde Dios se da a conocer a quien lo busca»

(Las Bienaventuranzas, cap. X).

Así, san Agustín necesitó humildad para comprender que del Misterio de la Santísima Trinidad sólo debía creer aunque no lo pudiera entender. Y de lección le sirvió lo que un Ángel le dijo en una ocasión, mientras paseaba por la playa, viendo como un niño quería vaciar en un agujero el agua del mar: más fácil es que ese niño consiga esa tarea, que tú entiendas el Misterio trinitario.

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Sobre lo que debemos creer, y para saber cómo lo hemos de entender, hay que escuchar al Magisterio de la Iglesia.

Ahora bien, cuando la Iglesia aprueba como Verdad de Fe algo que fue creído según el sentir de los fieles –«sensu fidei»-, es porque se cumple el que esa Verdad se ha creído siempre: por todos los fieles, en todos los tiempos y en todas partes… y no porque en un momento dado se «opine» por «mayoría»: lo que viene a ser muy distinto.

Así dice el Cardenal Ratzinger, más tarde Benedicto XVI: «El instrumento de la teología es el argumento, y no el número de los que apoyan una opinión» (Palabras ante el manifiesto de Colonia. Año 1989).

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En nuestra vida espiritual, anteponer la lógica de Dios a lo que nos dicte la propia experiencia.

Comenzaré preguntando: ¿cuándo se vio que un animal hablara?; en los anales de la historia únicamente se encuentra una sola experiencia que la lógica humana no puede explicar; nos lo narra la Sagrada Escritura: detenida en el camino la burra de Balaam por el Ángel del Señor, se tumbó debajo de Balaam y éste la golpeó con el bastón; entonces «El Señor abrió la boca de la burra que dijo a Balaam: -¿Qué te he hecho para que me hayas golpeado ya tres veces? (…) -¿No soy yo tu burra, sobre la que has montado siempre hasta el día de hoy?»

(Números 22, 28-30).

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Que la vida animal se deje llevar del simple instinto, es natural, porque los animales carecen de inteligencia para ir más allá de sus instintos.

Que la vida humana esté guiada por la razón y la intuición, es comprensible, porque el hombre fue dotado con un alma inteligente que le permite progresar, valiéndose de la propia experiencia y de la ajena.

Que la vida sobrenatural vaya animada por la Lógica de Dios y el sentido de lo divino es inteligible, porque la Sabiduría divina regala los Dones del Espíritu Santo en el Bautismo que proporcionan al alma como un instinto sobrenatural para vivir las cosas de Dios.

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Jesús pide a Pedro que eche las redes para pescar; Pedro, ante la voz de su experiencia de pescador se resiste, pues es entrado ya el día: «Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado» (Lucas 5, 5).

Pero otra voz le grita la Lógica de Dios; ante su reclamo, abandona los criterios de su experiencia de pescador, y cede inmediatamente; Señor, «no obstante, sobre tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían» (Lucas 5, 5-6).

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Repetimos en un salmo responsorial: «Bienaventurado el pueblo a quien eligió el Señor en herencia para sí» (Salmo 32, 12).

Cuadrillas de extorsión, bandas de mafiosos, tribus urbanas agresivas…

¿Podrá decirse que cada uno de estos grupos forman pueblo? No, a lo más que llegan es a ser guarida, en el concepto más despectivo de la palabra.

Y ¡no! porque no toda reunión de personas puede constituir un pueblo, ni llamarse con ese digno nombre.

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Pues bien, si vemos que los hombres se agrupan para vivir, no es sólo para recibir ayuda mutua, sino por razones de comunicación humana, pues pesa sobre ellos una inevitable soledad. Soledad que paliarán buscando la compañía de sus semejantes. Sin embargo, no deberán ansiar con exceso compañías que les alejen de la comunicación-diálogo con Dios, que eso es oración: vocación que Dios ha querido para todo ser humano.

Soledad que por fortuna para el cristiano se verá disminuida en la medida en que aumente su unión con Cristo, pues Él -nos dice san Pablo- «está en vosotros y es la esperanza de la Gloria» (Colosenses 1, 27).

Y ahora pregunto: ¿Cristo, al igual que nosotros, sufriría también soledad humana?, sí, de alguna manera la sufrió, porque de ella algo sabemos por la confidencia que hizo a los Apóstoles en la Última Cena: «…me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo» (Juan 16, 32)

Después, nosotros en nuestra soledad, apoyándonos en Cristo Jesús, porque estamos con Él, también el Padre estará con nosotros.

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Y tú, cristiano, no encontrarás mejor comunicación con Dios que dentro del Pueblo de Dios, en la Liturgia de la Iglesia. O, tantas veces, en el diálogo personal con Cristo.

«No hay otro camino de oración cristiana que Cristo -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica-. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos ‘en el Nombre’ de Jesús.

La santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre» (nº 2664).

Y para encontrar ese Camino, nada mejor que ir junto a Santa María, pues si «Jesús, el único Mediador -dice el mismo Catecismo-, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre, es pura transparencia de Él: María ‘muestra el Camino’, ella es su ‘signo’, según la iconografía tradicional de Oriente y Occidente» (nº 2674).

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