Opinión

Cuadros de espiritualidad, mes de julio de 2017, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, mes de julio de 2017, por la laica Araceli de Anca

«…el amor que no nace de la Pasión (de Cristo) es un amor casi nulo», dice san Francisco de Sales (Tratado del Amor de Dios. Lib XII, cap. XIII).

El Apóstol de las gentes y otros escritores afamados por la santidad de su vida me ayudarán a confeccionar este Cuadro de espiritualidad en torno a la Pasión de Jesucristo.

San Pablo, dirá: «…no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» (I Corintios 2, 2), y en otro lugar, que, «el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (cfr. I Corintios 1, 18).

Después, el siervo de Dios Baltasar Álvarez comentará: «No creamos haber hecho provecho alguno en los caminos de Dios, si no logramos tener siempre en nuestros corazones a Jesús crucificado» (Citado por san Alfonso Mª de Ligorio. Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, Parte 4ª Del Poder y tiene la Pasión de Jesucristo).

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San Alfonso Mª de Ligorio, contemplando a Jesús en la Cruz con los brazos abiertos, presto a abrazarnos, nos pregunta: «¿Cómo teméis que no os perdone, si para perdonaros ha muerto?

                               ¿Teméis no merecer el perdón?, ¿es que no confiáis en la penitencia merecida por vuestros pecados? Pues alegraos, porque, mirad, la penitencia ya la ha hecho Jesucristo por vosotros en la cruz. Basta que os arrepintáis de corazón de haberlo ofendido» (o.c. Parte 4ª Meditación: El Calvario), y esto es algo que ya había dicho el Apóstol: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios» (II Corintios 5, 20-21).

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Y es también ahora san Alfonso quien manifiesta que mientras los mártires por la Fe gozaron del Consuelo divino durante su martirio, Jesucristo se vio desasistido de él hasta el último instante de su Vida; así, expone que Jesús, estando pendiente de la Cruz, «se vio abandonado de todos y que todos concurrían a hacerle más dolorosa su muerte, se volvió al Eterno Padre para conseguir algún consuelo, pero el Padre, por verlo cubierto de los pecados todos de la humanidad y satisfaciendo por nosotros a la divina justicia, también lo abandona; lo que hace que Jesús se lamente con un clamoroso grito: ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'»

 

 (o.c. Parte 4ª Meditaciones: El Calvario).

 

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«…recapitular en Cristo todas las cosas».

 

Nos asomamos a los albores de la Creación y observamos: allí se están como preparando los materiales para una gran construcción, al tiempo que se deja ver una espléndida actividad del Espíritu de Dios, de Quien dice el Libro del Génesis que «se cernía sobre la superficie de las aguas» (1, 2).

Y Dios crea al hombre y a la mujer… y los crea con dones preternaturales, pero Adán y Eva pecan: Todo se trastorna: el mundo se sume en la desgracia y, la peor de todas, el Espíritu divino se ausenta de la tierra. No obstante, Dios promete un Redentor: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón», le dice a la serpiente diabólica (Génesis 3, 15).

¡El Plan de Salvación acaba de ser anunciado!

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Y Cristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Redentor, el Mesías prometido, traerá a la tierra nuevamente al Divino Espíritu, una vez reconquistado en el Ara de la Cruz.

San Juan Pablo II dirá que «la Redención realizada por el Hijo en el ámbito de la historia terrena del hombre –realizada por su ‘partida’ a través de la Cruz y la Resurrección- es al mismo tiempo, en toda su fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo»

 

(Litt. Enc. Dominum et vivificatem, nº 11).

 

De modo que «El Espíritu Santo es el Espíritu enviado por Cristo, para obrar en nosotros la santificación que Él nos mereció en la tierra», escribe san Josemaría Escrivá (ES CRISTO QUE PASA, nº 130).

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¡Gracias damos a la Santísima Trinidad, Dios Uno y Trino, por su Plan salvífico!, del que sabemos que «La acción de Dios en favor de los hombres es común a las tres divinas Personas, y, por tanto, el proyecto eterno de Dios tiene su origen en la Santísima Trinidad» (Sagrada Biblia EUNSA – Nota a Efesios 1, 3).

El Padre celestial, escribe san Pablo, es Quien «nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio que se había propuesto realizar mediante Él (Cristo) y llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Efesios 1, 9-10).

«Instaurar todas las cosas en Cristo» fue el lema de san Pío X al comienzo de su Pontificado: «…hacer que todos los hombres vuelvan a someterse a Dios» (E supremi apostolatus).

 

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Si fue Jesucristo quien nos abrió las Puertas de la Gloria, será con la Gracia del Espíritu Santo con la que podamos traspasar esas Puertas del Reino de los Cielos.

 

Semillas prometedoras de abundante fruto acaricia en su mano el sembrador;/ semillas que no sin dolor morirán/ para dar paso a la espiga, al árbol, a la flor;/ y de la espiga y la flor… al fruto esperado por el sembrador.

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Si nosotros morimos a nuestro yo tal como muere la semilla y tal como Cristo murió en la Cruz, lo que mereció que el Espíritu Santo volviera a la tierra…, nos llenaremos de los Frutos de ese Espíritu divino, y su «sabor» y su «olor» impregnarán nuestra vida.

La Iglesia, dice san Juan Pablo II, «partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como ‘aquél que es dador de vida’, aquél en el que el inescrutable ‘Dios uno y trino se comunica a los hombres’, constituyendo en ellos la fuente de vida eterna» (Litt. Enc. Dominum et Vivificantem, 18-V-1986, nº 1).

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«Por el Espíritu Santo –dirá san Basilio Magno- se nos restituye el paraíso, por Él podemos subir al reino de los cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de llamar a Dios con el nombre de Padre, la participación de la gracia de Cristo, el derecho de ser llamados hijos de la luz, el ser partícipes de la gloria eterna y, para decirlo todo de una vez, la plenitud de toda bendición, tanto en la vida presente como en la futura; por Él podemos contemplar como en un espejo, cual si estuvieran ya presentes, los bienes prometidos que nos están preparados y que por la fe esperamos llegar a disfrutar» (De Spiritu Sancto, 15).

 

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Es Dios quien busca al hombre y todo lo suyo.

 

Pregunta el salmista:

«¿Quién subirá al monte del Señor?

                               ¿o quien estará en su lugar santo?:

                               El inocente de manos y de corazón limpio,

                               el que no tomó en vano su alma» (Salmo 23, 3-4).

 

Y ¿quién podrá subir a la Cruz de Jesús?, preguntaría yo ahora.

Podrá subir -se me contestaría- quien por albergar un corazón limpio, tenga Sabiduría para descubrir cómo alzarse hasta Ella.

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El deseo de alzarnos hasta la Cruz de Cristo lo manifestamos cuando le decimos que nos unimos a Él, y que nuestro trabajo y nuestro dolor y, cómo no, nuestras alegrías, todo, lo unimos también a su Santa Cruz. Unión que nosotros, solos, jamás podríamos alcanzar. Será entonces Jesucristo, Dios y Hombre, Quien, allegándose a nuestra pequeñez, asuma nuestros afanes, dolor,  sufrimientos y gozos, y lo incorpore a su Cruz.

Santa Cruz…, Sacrificio de Cristo en la Cruz que se renueva en cada Santa Misa, ¡Misterio divino!

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«…en Jesucristo –dice el Santo Padre san Juan Pablo II- Dios no sólo habla al hombre, sino que ‘lo busca’. La Encarnación del Hijo de Dios testimonia que Dios busca al hombre. De esta búsqueda Jesús habla como del hallazgo de la oveja perdida. Es una búsqueda que ‘nace de lo íntimo de Dios’ y tiene su punto culminante en la Encarnación del Verbo. Si Dios va en busca del hombre, criado a su imagen y semejanza, lo hace porque lo ama eternamente en el Verbo y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo. Por tanto, Dios busca al hombre, que es su ‘propiedad particular’ de un modo diverso de cómo lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre»

(San Juan Pablo II Litt apost. Tertio Millennio adveniente, 10-XI-1994, nº 7).

 

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¿Querer morir por no padecer?, no; por Amor de Dios, padecer y no morir, que ése es el deseo de los Santos.

 

Sería ciencia-ficción, seguro que sí, y muy cómodo, que al ofrecer a Dios nuestras contrariedades, de pronto nos viéramos libres de ellas.

No, no quiere Dios que sea así; Él quiere que por Amor a Él, aceptemos nuestra vida tal como viene y que la amemos, porque toda ella, prevista ya por Dios, entró en los Planes de su Providencia divina; y es muy de su agrado que nuestros trabajos, sufrimientos, y también, cómo no, nuestras alegrías, se las presentemos en nuestra oración con todo amor –o cuando menos con resignación-, porque sin amor –o sin resignación- sería como lanzar sonidos al vacío.

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Y Cristo asumirá en su Cruz eso que le presentó nuestro amor, pero lo más seguro es que no nos evite las contrariedades, ni la enfermedad, ni la pobreza, ni las penas…, así como tampoco a Él, el Padre eterno le evitó sufrimiento, ni Cruz. No obstante, podemos rogarle –y la Virgen será nuestra mejor intercesora- que alivie nuestras penas o nos conceda cuanto quiera, le pedimos.

Y porque, en efecto, Cristo asumirá nuestros sufrimientos, alegrías y oración, entramos en la tarea de corredimir con Él en aquel misterioso completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su Cuerpo, que es la Iglesia (cfr. Colosenses 1, 24), que dice san Pablo.

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Podemos estar seguros, escribe el Apóstol: «Si morimos con él (con Jesucristo), también viviremos con él;/ si perseveramos, también reinaremos con él;/ si lo negamos, también él nos negará» (II Timoteo 2, 12).

 

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Más que importante, ¡Trascendente!, es estar «conectados» con Dios por el Amor.

 

Tremendo el agravio que hubieron de sufrir la escoba y el escobón -antiguos inventos que tanto ayudaron en la tarea de recoger un elemento tan incordiante como es el polvo- al ver disminuida su indiscutida competencia ante el moderno aspirador, óptima solución para poner en fuga tamaña suciedad.

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Pues bien, así como el polvo no hemos de recogerlo mota a mota, pero sí con cierta frecuencia, tampoco es necesario ofrecer nuestras obras a Dios a cada paso, a cada momento que transcurra, ¡nada más lejos!; lo que se nos pide es la óptima solución de  ofrecer nuestra vida y todo lo nuestro a Dios para unirlo a la Santa Cruz de Cristo, aunque desde luego sea muy conveniente actualizarlo varias, o incluso muchas veces al día, según lo pida nuestra devoción, tal como lo recomiendan los maestros de espiritualidad.

Y en la Cruz está Jesucristo que será Quien lo asuma todo: nuestra vida, trabajos, sufrimientos, alegrías, contrición…, y lo asumirá siempre, mas siempre que haya Amor de Dios en nuestro corazón, pues el Amor es lo que nos «conecta» y une con Dios; Amor que cuanto mayor sea mayor será la fluidez con la que pasen nuestras cosas al Corazón Sagrado de Cristo.

Amor de Dios, de inmenso valor corredentor, que comienza ya a caldearse en el ofrecimiento de obras que el fiel cristiano acostumbra a hacer cada mañana.

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Y nos interesa hacer buen acopio del Amor de Dios, de mérito corredentor, para cooperar en la Salvación de nuestros hermanos los hombres, porque, como dirá san Pablo, «la caridad de Cristo nos urge» (II Corintios 5, 14).

 

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«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramentado del amor», dice san Juan Pablo II (Litt. Dominicae cenae, 3).

 

Nos encontramos en la noche histórica del primer Jueves Santo. La Pasión de Jesucristo, se presenta inminente. El Señor va a orar al Huerto de los Olivos y pide a sus Apóstoles que le acompañen en este doloroso momento y que oren también ellos «para no caer en tentación» (Lucas 22, 40). Se adormilan por la tristeza. Mientras, a Jesús se le aparece un Ángel del Cielo que le conforta (cfr. Lucas 22, 43): el apoyo que el Señor quería encontrar en sus Apóstoles hubo de dárselo el Ángel.

Y apoyo, también ahora, quiere Jesús de nosotros. Quiere que le hagamos compañía junto al Sagrario donde Él se encuentra verdadera y realmente presente, y que estemos vigilantes orando continuamente (cfr. Lucas 12, 37).

Y porque hay Ángeles alrededor del Sagrario adorándole, ¿pensaremos que también quiere, ahora, recibir de ellos la compañía y la oración que no recibe de nosotros?

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¡Cuántos Sagrarios olvidados!, ¡cuántas horas Jesús solo!

Si pudiéramos ver la Gracia que allí, como comprimida, nos ofrece… no pasaríamos de largo por los Sagrarios.

Será la oración el arma capaz de romper estos Tabernáculos y sacar a chorros la Gracia para todo el mundo.

¡Divina paradoja!, aunque nosotros somos los beneficiados de esa su Gracia, Jesús nos agradecerá que aliviemos su Corazón de aquella carga de Amor, cuando por la oración se la arrebatamos.

Por eso una obra de misericordia bien podría ser ir a estar junto al Señor Jesucristo en el Sagrario, abriendo rendijas en ese Tabernáculo con la oración, para que, derramando Él su Gracia por esas rendijas, se mitigue su sed de Amor a favor de la Iglesia, del mundo y de las almas todas.

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«Oh, cuán abundantes gracias han sacado los santos de esta fuente del Santísimo Sacramento –dice san Alfonso Mª de Ligorio-, donde el amoroso Jesús liberalmente concede todos los merecimientos de su Pasión» (Visitas al Santísimo Sacramento, 1).

 

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«Toda mi esperanza, oh Dios, estriba en tu gran misericordia. Danos lo que mandas, y mándanos lo que quieras», dice san Agustín

 (Hipona, 399).

 

Y esperanza supone paciencia y confiar en la Providencia divina, en que todo terminará con un desenlace feliz, el cual no será siempre un feliz desenlace humano, pero sí un feliz desenlace sobrenatural.

«No estropeemos la flor abriéndola con nuestros dedos –escribe G. Chevrot-. La flor se abrirá y el fruto madurará en la estación y en la hora que sólo Dios sabe. A nosotros nos toca sembrar, regar… y esperar» (El pozo de Sicar, p 4).

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Y esperar de Dios un desenlace feliz es tener en nuestro corazón lo que dice el salmista: «Encomienda al Señor tu camino, confía en Él, que Él hará» (Salmo 36, 5).

«Buscaba remedio –escribe santa Teresa de Jesús-, hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotras, no la ponemos en Dios» (Libro de la Vida c. 8-12).

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San Vicente de Paúl dirá: «Estemos sobre aviso para no fundarnos sobre la protección de los hombres, porque cuando el Señor ve que nos apoyamos en ella se aparta de nosotros» (Prácticas de amor).

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Aceptar el sufrimiento como un exquisito regalo de Jesús es una gran manera de agradecer el Amor de Dios.

 

                               Almas santas compondrán este Cuadro de espiritualidad.

Fray Luis de León iniciará este Cuadro con Cantos de Amor divino: «No hay madre así solícita, ni esposa así blanda, ni corazón así tierno y vencido, ni título ninguno de amistad así puesto en fineza, que le iguale o le llegue (a Cristo). Porque antes que le amemos nos ama; y ofendiéndole y despreciándole locamente, nos busca; y no puede tanto la ceguedad de mi vista, ni mi obstinada dureza, que no pueda más la blandura ardiente de su misericordia dulcísima. Madruga, durmiendo nosotros descuidados del peligro que nos amenaza (…) o por decir verdad, no duerme ni reposa.

                               Que en la verdad, así como en la divinidad es amor, conforme a san Juan: ‘Dios es caridad’; así en la humanidad, que de nosotros tomó, es amor y blandura. Y como el sol, que de suyo es fuente de luz, todo cuanto hace perpetuamente es lucir, enviando, sin nunca cesar, rayos de claridad de sí mismo; así Cristo, como fuente viva de amor, que nunca se agota, mana en continuo amor; y en su rostro y en su figura siempre está bullendo este fuego; y por todo su traje y persona traspasan y se nos vienen a los ojos sus llamas».

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«Las llagas (de Cristo) –escribirá el Abad Roberto- son el precio de la redención: son monumentos levantados al amor» (In Zach. li.5).

Por lo que exclama san Lorenzo Justiniano: «¡Oh Caridad inefable, sólo tú has tenido poder bastante para atar a todo un Dios y conducirlo a la muerte por el amor del hombre!» (Ling.vit de Car., C.6).

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Cierra este Cuadro de espiritualidad un alma muy santa con esta confidencia: “Yo te buscaba entre rosas, Jesús adorado, mas las rosas callaban; pero me condujiste por medio de acerbas espinas, y escuché tu dulce voz que me decía: ‘Aquí estoy, hijita mía; no olvides nunca que mi verdadero amante es el que vive en este mundo rodeado de dolor, y por encima de él sabe permanecer en mi amor’. Desde entonces fui feliz” (Mª Ignacia Escobar. Máximas espirituales).

 

 

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